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Make
Believe
Joanna Scott
Little, Brown and Company, 246 páginas
Ni pies ni cabeza
MANUEL TALENS
Cuando
me cae un nuevo libro entre las manos, lo primero que hago es mirar lo que
hay en la cubierta. Está claro que ninguna casa editorial cuyos
responsables estén en su sano juicio va a decir que el libro en cuestión
es mediocre ni otras inconveniencias por el estilo, ya que se trata de un
producto que nació para ser vendido y las reglas del juego indican que
hay que ensalzarlo. Pero en dicho juego, que todo posible lector advertido
debe conocer, hay un límite que nunca se debería transgredir. En esta
novela, cuyo título, Make Believe, es ya una premonición, dichos
límites no han sido respetados. Pase que alguien (un tal David Foster
Wallace) haya dicho que Joanna Scott es «the absolute cream of our
generation», género de comentario que, de tan gastado que está, lo deja
a uno más que escéptico, pero lo que hizo que se me pusieran los pelos
de punta fue la cita del New York Times Book Review: «We haven't
heard a voice like hers since Ovid wrote his Metamorphoses».
Caramba,
me dije, ¿cómo puede ser posible que una escritora de tal calibre ni
siquiera me suene, por mucho que haya ganado un Planeta, digo, perdón, un
Pulitzer? Una memez como ésa hizo que iniciara la lectura con el ceño
fruncido, porque un cosa es que el crítico del susodicho periódico, por
muy prestigioso que éste sea, escriba ditirambos absurdos para ganarse
los dólares de su artículo y otra muy distinta que una casa editorial
con visos de seriedad los transcriba en cubierta. Francamente, no me
imagino un libro en Europa con sandeces así (entre Ovidio y Scott, el vacío),
que al menos en este lado del charco provocarían la carcajada de más de
uno. Pero se ve que en los EE UU el público que compra libros es todavía
más tonto de lo que ya sabíamos. Tras esta introducción, que no predice
nada bueno, pasemos a mis comentarios.
Muy
mal debe estar el Pulitzer cuando se lo dieron años atrás a una
escritora tan zarrapastrosa como ésta, porque es verdad que entre las
distintas obras de un autor puede haber altibajos, pero siempre dentro de
un mismo grado de calidad literaria. Esta novela es mala hasta decir
basta, no tiene por dónde agarrarse a ella para tratar de salvarla. O
bien Joanna Scott ignora lo que es el punto de vista, o bien le falta
cultura suficiente como para haberse enterado de que el siglo XX pasó
sobre el arte de narrar como una apisonadora y hoy ya no se puede escribir
sin tener en cuenta tales cambios.
Pero
empezaré por la historia, que no tiene ni pies ni cabeza ni interés
alguno. Se diría un argumento de soap opera barata, de esas con
que el público estadounidense recibe su ración diaria de anestesia después
de la cena. Todo se resume a un niño, fruto de una pareja mixta (la madre
es blanca y el padre negro), que se queda huérfano cuando su padre muere
casualmente en un atraco y su madre de accidente poco después. Los
abuelos paternos, que ya lo cuidaban desde el principio, se quedan con él,
hasta que los maternos, que ni siquiera habían querido conocerlo por
motivos racistas, deciden contestar en los tribunales la custodia —ahora
por motivos religiosos (?)— y la obtienen. El niño, entonces no acepta
el cambio y su presencia hace que estalle la familia de los abuelos
maternos, con lo que todo entra dentro de un orden, ya que los buenos
ganan al final.
La
estructura de la novela es irregular: empieza con escenas cortas de tipo
guión cinematográfico, presentando a los distintos personajes para que
el lector se empape bien, y luego, a partir de la mitad del libro, se
pierde en elucubraciones que dejan en el lector la impresión de que han
sido añadidas para engrosar páginas. Todo esto, además, está teñido
de principio a fin por el defecto mayor que lo aqueja: el punto de vista
de la voz narradora, omnisciente hasta la náusea, de manera que conoce
los detalles más íntimos de los personajes, incluso de esos tan fugaces
que aparecen sólo durante unas líneas, y se permite juzgar sobre sus
acciones y su carácter. Por ejemplo, hablando de un tal Eddie:
He
measured the world against his own formidable strength of character and
impeccable decency. Such a man could only have a perfect wife. (pág. 12)
O
bien este otro ejemplo, sobre un personajillo que acaba de aparecer y que
no vuelve a salir después:
Truth
be told, he disliked Gordon Metzger, knew him to be a lousy doctor. (pág.
134)
¡De
manera que truth be told! En tanto que lector, dan ganas de
replicarle a la voz narradora que, si supiera narrar, no nos diría lo que
el personaje piensa, sino que lo haría actuar para que uno pueda
enterarse por su cuenta. En otra ocasión, su desfachatez es tal que se
permite contarnos lo que piensa alguien que se está muriendo:
Marge
would be happy because all she'd wanted as she drowned was to be free of
herself, to leave her singular life behind. (pág. 235)
Otras
veces la omnisciencia absoluta hace que Joanna Scott introduzca moralinas
en su narración:
Jenny
Templin had gotten herself into a ridiculous predicament, she had to admit
it. But she was just a hick girl who had come up to the city looking for
trouble. (pág. 58)… This was just the kind of trouble she'd come
looking for. (pág. 59)
Y
otras, se atreve incluso a explicarle al lector lo que significan los
gestos de algún personaje, para que se empape bien. Dos damas blancas están
en una tienda junto a Kamon, el chico negro. He aquí lo que sucede:
She
kept her back to him, but her friend followed Kamon with her eyes, that
ancient terror making her hands tremble just enough that a few drops
of coffee splashed out of her wobbly cup and she had to set it down. (pág.
147)
Se da
una paradoja en la ideología que transpira la novela. Al leerla, uno saca
la conclusión de que estamos ante una autora que pertenece a la
"izquierda políticamente correcta" estadounidense (es decir,
esa que no es ni chicha ni limoná), que es consciente de los fallos que
aquejan a aquel país, notablemente el racismo, el desmadre de las
reclamaciones multimillonarias ante los tribunales y la ausencia de un
sistema legal basado en la justicia, pero que para fustigarlos, en vez de
escribir una novela que fuese una especie de bomba de relojería, poniendo
al descubierto las contradicciones y la ausencia de solución mientras no
se cambien las estructuras —el camino que sí utilizan los escritores de
fuste, como Henry Miller o Richard Ford— se cree que cumple su papel
contándonos una historieta de negros buenos y blancos malos, algo
verdaderamente ridículo. Aunque parezca un chiste, el juez que decide la
custodia de Bo llega a su veredicto leyendo una novelucha. Se trata de un
juez que sólo aparece aquí como excusa para que todo cuadre. La voz
narradora, introduciéndose en las neuronas de dicho juez, nos aclara sus
creencias:
It
was merely a belief he had about the father's uncertain presence in the
life of his child, a belief that would determine his response to the
arguments presented by both sides. (pág. 138)
Los
personajes son meros fantoches, narrados, nunca activos. Ninguno llega a
tener carne, ya que todo lo que sabemos de ellos es a través de esa voz
narradora que lo sabe todo. Sin embargo, hay uno con el que a Joanna Scott
se le ha ido la mano en su deseo de criticar el fundamentalismo religioso:
Eddie. Esta caricatura de personaje, a mi entender, muestra de maravilla
la manera de pensar de una buena parte de la sociedad estadounidense,
obsesionada hasta la médula por el problema del Bien y del Mal, obsesión
que la hace tan distinta de la europea. Mientras que aquí somos mucho más
escépticos y tenemos claro que la ley es una cosa relativa, ellos creen
en la división absoluta entre Bien y Mal, y el Bien suele estar encarnado
en la ley. En el caso de esta izquierda políticamente correcta (de raza
blanca) a la que yo sostengo que pertenece Joanna Scott, si bien sabe que
algo no cuadra en una dualidad tan pueril, la ausencia de perspectiva
"desde la posición de los perdedores" hace que invierta de
manera maniquea los papeles del Bien y del Mal, pero sin salirse del
esquema. Por eso, aquí los médicos, los abogados y los blancos (es
decir, los que controlan el aparato) son los malos, mientras que los
negros, todos buenísimos, ganan al final como en cualquier novela rosa.
El
lenguaje es normalito, más bien un poco cursi. Unas veces expresado a lo
indio comanche, sin verbo personal, sino más bien en infinitivo (párrafos
aislados de las páginas 62 y 63), y otras abusando de diálogos plúmbeos
con el niño (páginas 118 y 119).
En
resumen, un verdadero desastre.
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