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Barrow's Boys
Fergus Fleming
Granta Books, Londres, 1998, 489 páginas
Aventuras en
estado puro
MANUEL TALENS
Uno de los placeres de informar libros
profesionalmente es la posibilidad, siempre más remota que cotidiana, de
toparse de vez en cuando con un libro apasionante que, de no ser por la
obligación de leerlo, nunca se nos
hubiera ocurrido ni siquiera hojear. Éste ha sido el caso con Barrow’s
Boys, que permaneció en mi mesilla de noche durante un mes sin que yo
me atreviera a hincarle el diente, y todo a causa de lo insulso y poco
apetecible de su portada, además de por sus dimensiones: un verdadero
ladrillo. Craso error de mi parte, ya que una vez iniciado no me ha sido
posible abandonarlo y en poco más de dos días he dado cuenta de él.
Me ha recordado las crónicas
de la conquista de América, que no eran sino aventuras en estado puro,
viajes, naufragios, salvajadas y heroicidades absurdas, con el pálpito de
lo vivido y la desmesura de lo pantagruélico.
Al leer Barrow’s Boys he sentido el mismo cosquilleo interior. Es cierto
que las cuatro o cinco culturas dominantes del mundo mantienen entre sí
barreras imperceptibles que tienen mucho de prejuicio y de chauvinismo, lo
cual hace que los españoles sepamos poco de Magallanes, de Jacques
Cartier o de Cook, y a ellos les pasa lo mismo con nuestro Bernal Díaz
del Castillo. Este libro, si apareciera en castellano, podría romper una
de esas barreras, pues transcurrido ya el tiempo que todo lo cura, ¿qué
más da si el descubridor de la Antártida había nacido en Londres en vez
de en Almendralejo, si a fin de cuentas, a través de estas páginas
cualquier lector siente la misma emoción que él sintió ante lo
desconocido?
Fergus Fleming no es
Dickens, ni falta que nos hace. Por la solapa sabemos que se trata de un
currante de la pluma, lo que la lengua inglesa llama un freelance
writer, es decir, alguien que escribe a destajo lo que le echen, para
periódicos y revistas, y eso proporciona a la larga una profesionalidad
que le falta a mucho escritor de ficciones. Barrow’s
Boys no es un libro de ficción, no es La
isla del tesoro, pero se lee con igual avidez. Se trata de una
reconstrucción histórica, digerida y puesta en orden por una rata de
biblioteca, que se ha tragado cientos de libros para resumirlos en 489 páginas
que abarcan cincuenta años de navegaciones y descubrimientos ingleses. Es
un mérito nada desdeñable, que yo podría comparar aquí con las magníficas
biografías que Salvador de Madariaga escribió de Colón y Hernán Cortés.
Para el lector español
que ya haya leído, por ejemplo, las Cartas
de relación de Hernán Cortés o La
verdadera historia de la conquista de la Nueva España de Díaz del
Castillo, pero que no conozca nada sobre los descubridores ingleses, Barrow’s Boys significará, además, el descubrimiento de un orden
intelectual contrapuesto a la habitual improvisación hispana. John Barrow
sale engrandecido en estas páginas como un cerebro privilegiado, capaz de
mantener con mano de hierro los hilos de la política de exploraciones del
Reino Unido durante cuarenta años, con una coherencia increíble y por
encima de los lores y del parlamento. Barrow es la figura en la sombra, el
director inflexible, parcial y casi siempre equivocado, pero fiel a una
ideología colonialista que convirtió a Inglaterra en una potencia
mundial sólo ensombrecida por el surgimiento definitivo del coloso
estadounidense. Y como peones de excepción, seguimos paso a paso las
expediciones casi siempre desastrosas de John Ross, de su sobrino James
Ross, de Franklin o de Lyon, inmersos siempre en unas aventuras que,
vistas desde el presente, ponen los pelos de punta por lo peligrosas y
descabelladas y, sin embargo, son perfectamente creíbles, puesto que están
apoyadas en citas bibliográficas precisas de sus propios diarios, que nos
muestran cómo estos insensatos regresaban una y otra vez a los mismos
sitios, tropezando siempre en la misma piedra, sin que ello pareciera
disminuir su ardor. Al igual que sucede con las “hazañas” de Cortés
o Pizarro, esta gente era capaz de ir de Fernando Poo a Rio de Janeiro y
de allí a cualquier otro sitio remoto con la misma inconsciencia y buen
ánimo que hoy cualquiera de nosotros sube al autobús. Fergus Fleming,
además, ha sabido combinar su relato con sabiduría, alternando los
episodios de hielo con arena, de Ártico con Sahara, de fríos
espeluznantes con temperaturas de 50º a la sombra y, así, pasamos de las
desdichas de John Franklin en la isla del Príncipe Guillermo —con
hombres congelados que parecen estatuas de sal o bien sangrando por el
escorbuto— a los padecimientos no menos terribles de Richard Lander,
enfebrecido por la malaria mientras trapichea con algún reyezuelo
africano o desciende en canoa por el cauce del río Níger. Las historias
que se van sucediendo están salpimentadas, además, de toda una serie de
cotilleos personales, obtenidos en la correspondencia de los implicados,
que incluyen devaneos amorosos, rencillas, envidias, batallas verbales a
golpe de cartas abiertas en la prensa de entonces, subidas fulgurantes en
la estima de la opinión pública, destrucciones malévolas de la reputación
de algún héroe por motivos espurios, lo cual reviste el hueso de las
aventuras con carne de la vida y hace que el lector avance en el libro con
miedo a que se termine, pues sabe que, al final, una vez que lea la última
página, se encontrará nuevamente tirado como un náufrago en la playa de
la realidad cotidiana.
El estilo es correcto, sin
aspavientos (como he señalado más arriba, Fleming es un currante). No
hay aquí metáforas ni construcciones complejas ni golpes de efecto. Todo
está narrado con sencillez, de forma lineal, en tercera persona del
imperfecto de indicativo, es decir, mirando el pasado desde el presente.
Fleming guarda siempre la distancia sin novelar y no se inventa diálogos
ni imagina situaciones ni especula nunca: todo está documentado hasta el
menor detalle.
Los personajes que, para
mi gusto, salen engrandecidos son: John
Ross, incapaz de aceptar las críticas que lo persiguieron toda la
vida tras el fracaso de su primer viaje. James
Ross, épico en los suyos al Polo Norte o en su descubrimiento de la
Antártida, John Franklin,
emotivo, paternal y bon vivant, Richard
Lander, perseverante en su deseo de ascenso social y Francis
MacClure, terrible y cruel con sus hombres, a la búsqueda de la fama
inmortal.
¿Cuáles son los puntos negativos? Para mi gusto (y esto es una apreciación
totalmente subjetiva e ideológica) a Fergus Fleming le falta capacidad de
análisis materialista. El hecho de trabajar con unos ingredientes por los
que han transcurrido ya dos siglos, cargados de una historia colonial
vergonzosa e iluminados hoy en día por la triste realidad de la
descolonización y del mundo dividido en dos bloques —los ricos y los
pobres—, hubiera permitido desmenuzarlo todo y sacar unas conclusiones
políticas que en este libro brillan por su ausencia. Fleming es, a todas
luces, un demócrata al estilo occidental, es decir, alguien que analiza
con ironía los pecados de los demás, que levanta la liebre de los
trapicheos económicos y pequeñoburgueses de los supuestos héroes de la
calle, que no se cree mucho que sean héroes, sino más bien gente movida
por los mismos condicionantes de cualquier vecino, sólo que quizá un
poco más valientes o decididos, y eso está muy bien, pero no ahonda en
la verdadera causalidad de lo que Marx llamó el motor de la historia: el
incipiente capitalismo del siglo XIX y la revolución industrial, que
permitieron a Inglaterra situarse a la cabeza del mundo a costa del
sufrimiento de mucha gente. Estos “muchachos de Barrow”, tan heroicos,
eran sin lugar a dudas unos privilegiados dentro de un inflexible sistema
de clases, que tenían muy claro que ellos estaban en la escala de arriba
y no se les ocurría ni por asomo que eso debiera cambiar. Además, les
importaban poco las calamidades que sus acciones pudieran causar a los de
abajo, ya fueran esquimales o negros africanos. De tales cosas, aquí no
se habla ni se hace proceso alguno de la Inglaterra imperial.
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