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Portada de 'Del asesinato considerado como una de las bellas artes', de Thomas De Quincey

 

 

 

 

 

 

 

 


Del asesinato considerado como una de las bellas artes
Thomas De Quincey
Traducción de Cristina Iborra Mateo
Malditos Heterodoxos!, Editorial La Máscara, Valencia 1999
142 páginas

PRÓLOGO AL LECTOR

MANUEL TALENS

 

El libro que el lector tiene en sus manos, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, es una obra maestra de humor negro que, asustada ante su propia grandeza, deriva en su conclusión hacia derroteros más serios y pudorosos. La muerte, ese hecho ineludible que nos espera a todos, aparece aquí como un espectáculo digno de ser visto y gozado, y eso es algo insólito —heterodoxo— en la Inglaterra victoriana, época en que fue escrita. El autor, Thomas De Quincey, se adelantó con ella a su tiempo, pues como veremos en seguida, utilizó una técnica más propia de la novela actual que de la pesada maquinaria narrativa decimonónica. Pero procedamos por partes.

 

1. EL AUTOR

Thomas De Quincey nació el 15 de agosto de 1785 en Greenheys, Manchester, y falleció el 8 de diciembre de 1859 en Edimburgo. Quedó huérfano de padre a muy corta edad y, tras una agobiante educación escolar, se trasladó a Londres con diecisiete años para tratar de legitimar su situación respecto a sus tutores. En la capital halló cobijo en casa de un fúnebre leguleyo, que le permitió dormir en las habitaciones frías y llenas de ratones de su despacho. Una vez arreglada su situación legal, De Quincey ingresó con dieciocho años en la universidad de Oxford, donde inició sus experiencias con el consumo de opio, algo absolutamente normal en la Inglaterra de aquella época. Al parecer, De Quincey se habituó a dicha droga debido a una dolencia de estómago. Corría el año 1804 y, con grandes altibajos, la opiomanía marcó ya para siempre su vida y su obra, permitiéndole hallazgos literarios sorprendentes bajo su influencia, pero convirtiéndolo asimismo, según propia confesión, en un «opiómano regular e inveterado» que sufría sus consecuencias. En 1816, con treinta y un años, se casó con una tal Margaret Simpson, que le dio ocho hijos, cinco de ellos varones.

Tras acabar sus estudios, la quiebra de los banqueros que manejaban su fortuna lo obligó a trabajar para ganarse la vida. Residió en diversas ciudades, primero en Grasmere hasta 1820, luego en Londres, donde había iniciado sus colaboraciones en los periódicos y, por fin, en 1828 se instaló en Edimburgo, lugar donde que permaneció hasta su muerte, salvo por una corta estancia en Glasgow.

Hombre de inmensa cultura, polígrafo y helenista, amigo personal de Coleridge, Lamb, Southey y Wordsworth, «maldito» como Baudelaire (que lo tradujo al francés), cultivó una amplia gama de géneros, la narrativa, la filosofía, la historia, el ensayo, el periodismo, la economía política, la crítica literaria… Sin embargo, no todo ello ha permanecido en el tiempo con la misma fuerza, quizás a causa de la prisa con que escribía para mantener a su numerosa familia. De los más de quince tomos en que fue reunida su producción completa después de su muerte, hoy se siguen reeditando —y traduciendo— con asiduidad unas cuantas obras, entre las que cabría citar La diligencia inglesa, Confesiones de un inglés comedor de opio y sobre todo, la que ahora nos ocupa, El asesinato considerado como una de las bellas artes.

 

2. LA OBRA

Del asesinato… está dividido en tres partes, que forman en realidad dos bloques diferentes. El primero de ellos consta del «Primer artículo», (febrero de 1827), y del «Segundo artículo», (noviembre de 1839). El bloque final lo constituye el «Post Scriptum de 1854».

Los dos artículos iniciales aparecieron en el Blackwoods’s Magazine. El «Post Scriptum», en cambio, es un añadido del autor para la edición de sus Obras Completas en 1854. Veamos ahora el contenido:

El «Primer artículo» está presentado por una voz narradora no identificada (se describe como «un hombre morbosamente virtuoso» y firma como X. Y. Z.), que deja constancia de la existencia en Londres de la Sociedad de Conocedores del Asesinato, cuyos miembros son todos «curiosos de todo lo relativo al homicidio, amateurs y dilettanti de las diversas modalidades de la matanza, aficionados al asesinato, en una palabra.» X. Y. Z. confiesa que si se ha decidido a publicar una de las conferencias mensuales de dicha Sociedad es con el fin de alarmar al público, y añade con ironía que «mi intensa virtud no puede permitir que ocurran tales cosas en un país cristiano». Viene a continuación la conferencia, un clásico ejemplo de humor negro, pronunciada en honor a Williams (el terrible asesino que luego reaparecerá en el «Post Scriptum»), pero que aquí es elogiado por el conferenciante como exaltador del «alto ideal del asesinato». La sutileza de la tesis expuesta consiste en desaconsejar el crimen violento como algo reprobable, pero, una vez éste cometido y, por lo tanto, imposible de evitar, el orador pasa a destacar los aspectos artísticos inherentes a cualquier carnicería. La sátira estriba en esa separación entre tratamiento «moral» anterior y «estético» posterior. Se da luego un largo repaso histórico por los anales del crimen, con divertidísimas alusiones a los asesinatos de grandes personajes, príncipes, filósofos, puyas envenenadas a Kant, Hobbes o Malebranche, la descripción detallada del homicidio de un panadero de Mannheim, una lisonja sin paliativos al sublime arte criminal de Williams; se recuerda el plan teórico «admirable» del señor Thurtell —el predecesor del conferenciante en la cátedra de la Sociedad— para asesinar a un hombre con un par de pesas de gimnasia… y la charla termina con un desmadre total: los principios del asesinato como obra de arte, que incluyen el que la víctima sea una buena persona, que goce de buena salud o que, si es posible, tenga también «hijos pequeños que dependan enteramente de su trabajo, para ahondar así el patetismo».

La voz narradora del «Segundo artículo», de 1839, es ya el conferenciante del «Primer artículo». El «hombre morbosamente virtuoso» ha desaparecido. Sin embargo, existe un pequeño desajuste entre ambos artículos, ya que a las pocas líneas se puede leer: «Todos mis vecinos se enteraron del pequeño ensayo de estética que publiqué y, por desgracia, tuvieron noticia del club al que pertenecía…» (la cursiva es nuestra). Hemos visto que el «Primer artículo» no fue hecho público por el conferenciante, sino por el «hombre morbosamente virtuoso» —y con motivos no muy amistosos hacia él—, pero desde que Cervantes se olvidó del asno de Sancho Panza, es cosa admitida que estos errores pueden ocurrir.

El tono satírico persiste, pues el narrador se defiende de ser un hombre violento afirmando que «soy demasiado tierno, y por culpa mía escapa gente —y hasta se pasa la vida sin un solo atentado— que no debiera escapar.» (la cursiva es nuestra). Y entramos en el meollo de la narración: una cena celebrada en 1812 en el club (la Sociedad de Conocedores del Asesinato), a la que asistió un curioso personaje, Sapo-en-el-agujero, descrito como un amante del arte del asesinato que años antes se había retirado del mundo —sumido en la melancolía— a causa del estado de chapuza y degeneración en el que estaba su práctica a causa de la Revolución Francesa. Sin embargo, reapareció lleno de felicidad en 1812, tras «el gran chef-d’oeuvre de exterminio compuesto por Williams en casa del señor Marr», y a instancia suya se convocó la cena en cuestión. Posteriormente, en 1838 —un año antes de la publicación de este «Segundo artículo», se celebró otra cena, dedicada esta vez a los asesinatos de los Thugs, a la que también asistió un decrépito Sapo-en-el-agujero. La cena discurre por derroteros dignos de los Hermanos Marx, con alusiones delirantes a Caín y Abel, a los irlandeses (¿una premonición del IRA?), al aconchabamiento mortífero entre cirujanos y pollinctores en la antigüedad, y termina con Sapo-en-el-agujero disparando frenéticamente pistoletazos y siendo echado a la calle a puntapiés.

En el «Post Scriptum» no queda claro si la voz narradora es el conferenciante del «Segundo artículo» o el propio De Quincey. Empieza con una autodefensa a ultranza de lo que llama su antigua extravagancia y ataca a  «estas gentes tan rústicas» que no supieron apreciarla, recordando a sus censores que aquellas bagatelles se proponían únicamente «llegar al borde mismo del horror». Y, tras enaltecer de nuevo los aspectos escénicos del asesinato, se lanza a la descripción, a fondo, de las fechorías de Williams y de los hermanos M’Kean.

Pero ahora asistimos a un cambio de tono radical. Esta vez la risa está ausente, las víctimas gozan de la compasión del narrador y tanto Williams como los M’Kean han perdido el aura de artistas sublimes.

 

3. DOS PASOS ATRÁS Y UNO ADELANTE

3.1.      Del humor negro a la autojustificación

Para el lector acostumbrado a aproximarse a la narrativa inglesa del siglo XIX a través de Dickens, este libro será sin duda insólito, y eso por tres razones. La primera es el fino humor que permea sus dos primeras partes, muy alejado del moralismo salvador de almas propio del autor de Oliver Twist. La segunda es su carácter fragmentario y asombrosamente «posmoderno» avant la lettre, pues muy al contrario de la novelística decimonónica europea —que buscaba ante todo crear mundos autónomos en los que cualquier cabo suelto estaba prohibido y cuya conclusión era casi siempre una especie de apoteosis en la trayectoria de los personajes—, Del asesinato… es el producto deshilachado de dos épocas distintas —una audaz y otra conservadora— en la vida de Thomas De Quincey, que no se preocupó de reescribir o engarzar los fragmentos en un todo unitario —o bien no supo o no quiso hacerlo—, sino que los puso uno detrás de otro, con tan mala (o buena) fortuna que le salió un híbrido en dos bloques antagónicos, uno de ellos formado por el «Primer artículo» y el «Segundo artículo», y el otro por el «Post Scriptum».

¿Qué había sucedido entre ambos bloques para tanta diferencia? Sencillamente que transcurrió el tiempo, con toda su carga de envejecimiento del autor, quien sin duda fue sensible a la avalancha de críticas airadas contra lo que sus contemporáneos consideraron una apología del mal gusto. El «Post Scriptum» significó, en la práctica, la retractación de un planteamiento innovador ante el asesinato en tanto que materia literaria y la autojustificación social de su autor cara a la posteridad. No de otra manera puede explicarse el radical cambio de tono operado entre ambos bloques, que del disparatado humor a flor de piel pasa a ser sombrío, y que de la subversión pasa a aceptar el canon social. En ambos bloques, no obstante, permanece el gusto por lo macabro, tan característico de Thomas De Quincey.

Es evidente que toda obra de ficción ha de ser analizada según el texto que recibe el lector, sin que las circunstancias vitales que influyeron en su creador a la hora de componerla tengan importancia, pero lo cierto es que el retroceso ideológico que ello supuso le sentó bien a Del asesinato…, convirtiéndola en un texto innovador con capacidad de perdurar. En términos materialistas, podría decirse que De Quincey aplicó con éxito a su criatura el célebre dictado de un Lenin aún inexistente: dos pasos atrás y uno adelante.

 

3.2.     Génesis novelesca

Estudiemos ahora la génesis de Del asesinato… ¿Se trata de una novela o de un ensayo? De hecho, la edición de la que procede esta traducción (Macmillan and Co, Limited, 1901) lleva el título genérico de The Confessions of an English Opium-eater and Other Essays. Y si realmente es una novela, como nosotros lo creemos, ¿fue desde el principio concebida como tal? Mucho se ha teorizado en este siglo a la búsqueda de fijar los límites novelísticos y no vale la pena volver a ello. Para nuestro propósito, es preferible ajustarse a la célebre definición de Camilo José Cela, según la cual, novela es todo aquello a lo que se le da el título de novela. Del asesinato…, tal como ha llegado al público lector, lo es, pues aunque hemos visto que sus dos primeras partes aparecieron con forma de ensayo como artículos periodísticos en 1827 y 1839, no hay que olvidar que se trata en ambos casos de pura ficción. La añadidura del «Post Scriptum» en 1854, con toda su carga de excelente narratividad, contaminó el producto final, arrebatándole las apariencias que pudieran quedarle de carácter ensayístico. Dicha contaminación, sin embargo, no fue suficiente para convertirla en una de las novelas al uso que se escribían en aquel tiempo, y eso debido a la divergencia de estilos y de propósitos. En dicho matiz, quizá, radicó su fortuna, prestándole un carácter fragmentario y una divergencia de puntos de vista infrecuentes entonces, que no han dejado de ganar adeptos conforme nos acercamos al siglo XXI.

 

3.3.      Los herederos de De Quincey y el paso del tiempo

Hay dos autores en lengua castellana que han reconocido su deuda  hacia Thomas De Quincey: Jorge Luis Borges y Guillermo Cabrera Infante. Ya en 1952, en uno de los textos de su libro Nuevas Inquisiciones («El Biathanatos»), el escritor porteño decía lo siguiente: «A De Quincey (con quien es tan vasta mi deuda que especificar una parte sería repudiar o callar las otras)…». No resulta difícil encontrar en Del asesinato… los fundamentos de dicha deuda. El amor de Borges por la mistificación literaria, sus intentos —casi siempre logrados— de dar por fidedignos libros que no existen, hasta el punto de crear una auténtica biblioteca paralela, se hallan ya in ovo aquí, y de manera muy evidente:

En la famosa colección de epigramas griegos compilada por Planudes se lee una historia fascinante del Burkismo: una pequeña joya de arte. No tengo a mano el epigrama, pero citaré el resumen que de él hace Salmasio en sus notas a Vopisco…

¡Sorprendente! Estos cuatro nombres falsos (Planudes, Burkismo, Salmasio y Vopisco), juntos y acumulados, crean un efecto de verdad: Borges at his best!

Cabrera Infante, por su parte, es menos explícito que Borges en su homenaje, pero no por eso deja de pagar su tributo. Tres tristes tigres, novela fragmentaria donde las haya, está compuesta utilizando una obra publicada con anterioridad, Ella cantaba boleros, que va alternando con nuevo material. Pero lo fragmentario, que en De Quincey fue —quizá— fruto del azar o de la presión social, en Cabrera Infante es pura creación, y es que el poco más de un siglo que existe entre ambas obras, salvando las distancias y las culturas, no transcurrió en vano. ¿Y cuál es el tributo «nominal» de Cabrera Infante hacia De Quincey? Se trata de juegos intertextuales, tan caros al cubano. Veamos, por ejemplo, como empieza el capítulo XI de «Bachata» (Tres tristes tigres):

CONFESIONES DE UN COMEDOR DE GOFIO CUBANO

Sobre el opio (*)

[…]

* Arsenio De Cuency comenzaba a opinar sobre cualquier cosa…

La influencia del humor negro de Del asesinato… ha pasado también a la plástica del cine. Baste citar la película de Frank Capra Arsenic and Old Lace [Arsénico por compasión] (1944) o la muy reciente del colectivo La Cuadrilla, Faustino, un asesino de la tercera edad (1997), en las que se hace mofa del mass criminal, presentándolo como una manera tremendista y caritativa de evitarle a la gente este valle de lágrimas. De Quincey se defendió de las críticas que le caían encima por su atrevimiento citando la boutade de Swift, en la que éste recomendaba solucionar el exceso de niños irlandeses cocinándolos y comiéndoselos. El «Primer artículo» y el «Segundo artículo» —añadió en el «Post Scriptum» de Del asesinato…— habían sido sólo «una pobre burbuja de buen humor», humor que faltaba por completo en el caso de Swift. Hoy en día, esa pobre burbuja de buen humor admite asimismo una lectura maligna, en la que el culto a la muerte ad absurdum (en la letra impresa de una obra de ficción o en el celuloide de un filme) sería para algunos una manera revolucionaria de dar un grito de alerta sobre acontecimientos dolorosos de la vida real —los que de verdad duelen—, que utilizan a lo vivo la misma técnica mortífera (como, pongamos por caso, la reciente y «humanitaria» Guerra del Kosovo, en la que bajo pretexto de salvar a un grupo étnico, se ha procedido a un desastre social y ecológico de proporciones descomunales… sin solucionar nada). Curiosa pirueta la del inevitable paso del tiempo, que todo modifica —incluida la escritura—, como muy bien demostró Borges con su Pierre Menard.

 

3.4.      La inversión de la moral tradicional y la vuelta al redil

Desde el «En un lugar de la Mancha…» del Quijote al «Muchos años después, ante el pelotón de fusilamiento…» de Cien años de soledad, pasando por el «Frankly, my dear, I don’t give a damn» de Gone with the Wind [Lo que el viento se llevó], muchas obras maestras han ido dejando coletillas que pasan al imaginario de las gentes. Del asesinato… tiene también la suya en el «Segundo artículo», y es esa esperpéntica inversión de las razones morales que, según el narrador, impiden la glorificación del crimen:

Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo, ya no se sabe dónde podrá detenerse.

En el «Post Scriptum», que es un prodigio de narración entre gore y policiaca, este tono bufo, que recuerda a Groucho Marx, ha dejado de existir. El criminal (ya se trate de Williams o de los hermanos M’Kean) es siempre un monstruo, un canalla, un villano sediento de sangre. De Quincey ha vuelto al redil, ya no se ríe de las buenas costumbres. Pero a cambio, en pleno dominio de su oficio creador y de la técnica narrativa, asiste y nos hace asistir a la literatura en pleno proceso de elaboración, a la teatralidad del acto de escribir:

El miserable ni siquiera sospecha un pequeño hecho de cierta importancia, que el lector y yo conocemos muy bien, a saber: que durante tres minutos alguien ha podido verlo y estudiarlo… (la cursiva es mía)

Son páginas y páginas inolvidables, en las que reconstruye de manera científica los asesinatos de tres familias, segundo a segundo, paso a paso, cuchillada a cuchillada, con meticulosidad de orfebre.

 

3.5.      El costumbrismo

De asesinato… es, también, una buena guía para conocer pormenores costumbristas del acontecer diario en la Inglaterra victoriana: detalles de tabernas, de iluminación viaria con gas, de relaciones sociales entre amos y criados, de tribunales, de la prensa, etc. Este costumbrismo, no obstante, carece en todo momento de «carne», ya que De Quincey no crea personajes autónomos que hablan y actúan a la manera tradicional, sino que los narra desde la omnisciencia, ofreciendo siempre su punto de vista. Hombre de su tiempo, no fue inmune a ideas que hoy serían consideradas abiertamente racistas, como cuando se refiere a las minorías que pululaban por Londres:

[…] Bow Street […] era un barrio peligrosísimo. Por lo menos uno de cada tres hombres era extranjero; a cada paso se encontraban indios, chinos, moros y negros. Y aparte de las muchas maldades ocultas bajo los diversos sombreros y turbantes de gentes cuyo pasado era indiscernible para cualquier ojo europeo…,

olvidando, sin darse cuenta, que los terribles asesinos de su novelas llevan apellido inglés. No es esto algo aislado en él, formaba parte de la corriente general. Nuestro Galdós, por ejemplo, por muy progresista que fuese para su época, dejó escritas cosas parecidas contra los gitanos en La desheredada.

 

4. A GUISA DE CONCLUSIÓN

Para terminar, señalemos el carácter visionario y actual de De Quincey a la hora de calificar el crimen y la muerte como espectáculo de masas. ¿No es eso, acaso, lo que sucede hoy día en cada telediario, en cada reality show de los que abundan en todas las pequeñas pantallas de la aldea global?

 

1999

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