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Portada de 'Relatos sin fronteras', de Antonio Pereira

Relatos sin fronteras
Antonio Pereira
Junta de Castilla y León
Consejería de Educación y Cultura, 1998
121 páginas. 1.000 pesetas

ÚLTIMOS RELATOS DEL MAESTRO

El genio narrativo de Antonio Pereira sigue tan fresco y
depurado como siempre

MANUEL TALENS


Si en el mundo hubiera eso que llamamos justicia, si Dios (¿pero existe?) fuera en verdad misericordioso, hace años que Antonio Pereira estaría públicamente considerado como el contador de historias más grande que ha dado este país en el último cuarto de siglo. Pero la sociedad mediática en que vivimos hace que mucho escribidor esté en la boca de todo el mundo, mientras que escritores de fuste no pasan de ser figuras de culto para paladares distinguidos.

Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, León) es un hombre venerable de edad eterna que publicó bastantes libros de poesía y varias novelas antes de encontrar que la verdadera medida de su interminable talento estaba en la corta distancia (distancia que a veces, muy a lo Monterroso, se limita a unas breves líneas, como sucedía en un cuento anterior, que me sé de memoria: “Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos”). Autor ampliamente galardonado, ha recibido, entre otros, los premios Leopoldo Alas, Torrente Ballester y Fastenrath de la Real Academia. Entre sus últimos libros de relatos destacan El síndrome de Estocolmo (Mondadori, 1988), Cuentos para lectores cómplices (Espasa Calpe, 1989), Picassos en el desván (Mondadori, 1991) y Las ciudades de Poniente (Anaya & Mario Muchnick, 1994). Y, ahora, nos llega su última entrega, Relatos sin fronteras, en la que el genio de este leonés, viajero y sedentario al mismo tiempo, sigue tan fresco y depurado como siempre.

Es Pereira un cuentista que rompe voluntariamente las consabidas reglas del relato, en las que la intensidad narrativa se logra de manera ascendente con un principio expositivo, un desarrollo y un estallido final. En sus historias, que tratan de asuntos cotidianos y leves, la mayoría de las veces no suele pasar absolutamente nada, ya que todo, especialmente el desenlace, queda implícito en las palabras, ambiguo, elíptico o sugerido como el que no quiere la cosa, permitiendo que cada uno añada conclusiones con la imaginación. El lenguaje, que combina lo culto con lo popular, serpentea por los terrenos de la oralidad, rezuma unas veces socarronería, otras un erotismo sutil y vaporoso y otras, por fin, sorprende al lector con inclusiones repentinas de algún desplante que desencadena la carcajada. Es imposible leer a Pereira sin la sonrisa o la nostalgia a flor de piel.

En Relatos sin fronteras nos encontramos con algunos cuentos ya aparecidos en libros precedentes (“Así empezó Lourido”, “El sedentario”, “El espejo” o “La aventura toscana”), más otros de nuevo cuño, todos ellos de un nivel extraordinario, hasta un total de diecisiete. Yo destacaría, por gusto personal, “Palabras, palabras para una rusa”, en el que la lujuria contenida y siempre a punto de desbordarse traspasa fronteras lingüísticas y culturales; “Principio de una historia”, donde el borrón y cuenta nueva deja un perfume de mujer en la almohada; “El rebujo”, una obra maestra de página y media, un prodigio de cosas no dichas, sólo insinuadas, sobre el contraste entre pasado y presente, ciencias y letras, tecnología y manualidad, ricos y pobres y qué se yo cuántas cosas más, pues ése es uno de los méritos del universo pereirano, que admite múltiples sentidos; el mencionado “El espejo”, que trata, entre otros asuntos, de la estupidez; “Una semana y un día”, que borda la dulce venganza de un escritor contra el derrotero economicista de los triunfadores; y cómo no mencionar el último de todos, “Sesenta y cuatro caballos”, de sólo veinte líneas (ciento cuarenta y seis palabras), que resume de manera portentosa el secreto de la adicción a esa droga que se llama literatura.

Es una pena que las publicaciones de organismos oficiales tengan tan pobre o nula distribución en librerías. Pero no se amilanen, señoras y señores, si quieren ser felices busquen este libro de relatos aunque sea bajo las piedras, escriban a la Junta de Castilla y León o contraten a un detective, pero, por favor, lean a Antonio Pereira. Les cambiará la vida.

 

LEVANTE-El Mercantil Valenciano (Posdata), ¿fecha?

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© Manuel Talens 2002