A la caza del último hombre salvaje
Ángela Vallvey
Emecé (Barcelona, 1999)
222 Páginas/ 1.900 pesetas
TRAICIONES EN
EL GINECEO
MANUEL TALENS
Ángela Vallvey no es ninguna primeriza en el ámbito de las letras. A sus dos estupendos
poemarios, Capitanes de tiniebla y El tamaño del universo, hay que añadir tres novelas
juveniles en las que ya apuntaba sus buenas dotes de narradora: Kippel y la mirada
electrónica, Vida sentimental de Bugs Bunny y, entre ambas, mi preferida: Donde todos
somos John Wayne, que sólo por motivos comerciales fue incluida entre el fárrago de los
libros para adolescentes, ya que es un alegato despiadado contra el mundo sin futuro de
los extrarradios en esta España que va bien, una especie de contrapunto de la película
Barrio.
Ahora, la editorial Emecé rescata a Vallvey para el pelotón de la novela
adulta, pelotón al que debería de haber pertenecido por méritos propios desde
hace tiempo. Algún día habrá que hacer un serio debate, que se sale de los objetivos de
esta reseña, sobre tan pintorescas clasificaciones mercadotécnicas, que separan a los
autores, como si fueran futbolistas, en gente de primera o de segunda división, en vez de
discriminarlos según su calidad. Pero ésas son otras guerras.
A la caza del último hombre salvaje, digámoslo de entrada, es una agradabilísima y
trepidante novela, montada a la manera de una amable comedia de George
Cukor, con toda una
serie de hilos narrativos que se van desplegando y que, al final, terminan atados y bien
atados. El símil cinematográfico no es banal, pues Vallvey, hija de su época, tiene
perfectamente asimilada una técnica narrativa muy visual heredada del séptimo
arte que ofrece aquí al lector a través de 33 capítulos/escenas de corta factura.
La historia, contada en primera persona por Candela, gira en torno a un verdadero gineceo,
un piso de clase media habitado nada menos que por nueve mujeres de diferentes edades:
abuela, tía, madre, cinco hermanas y una nieta. Los hombres sólo existen en el exterior,
como una huella dolorosa que las ha marcado a todas.
Candela, una lúcida muchacha que abandonó los estudios de Biología para dedicarse a
embalsamar fiambres en una funeraria, se apodera por casualidad de un montón de diamantes
que un fallecido patriarca gitano tenía escondidos en su cayado, mientras lo adecenta
para el entierro. A partir de ahí todo se acelera. La posibilidad de cambiar de vida y
escapar de la dependencia económica que la familia sufre a manos de la tía Mariana
amargada y déspota marca sus siguientes pasos.
Los personajes adultos, vistos siempre a través del ojo subjetivo de Candela, aparecen
narrados con pinceladas superficiales y tiernas, formando un caleidoscopio de diferentes
tipos de mujer: la madre y la hermana Gádor son las eternas sufridoras a manos del macho;
Carmina es bruta y trabaja en una carnicería, pero tiene su corazoncito, y Brandy, que
conoce perfectamente el arma de su entrepierna, la utiliza a la perfección. Con Mariana,
en cambio, la narradora se ensaña. Todas ellas, salvo Candela, son incultas y vegetan en
la sociedad aletargada que nos ha tocado vivir y, muy en consecuencia con el
neoliberalismo aznariano, ausente está asimismo en estas páginas cualquier ideología
que no sea la de resolver los problemas a través del dinero. Pero el dinero, ay, genera
sus propios conflictos: con una irónica pirueta, Vallvey somete a Candela a una traición
inesperada que la devuelve al punto cero y, en una escena que parece sincero homenaje a El
tesoro de la Sierra Madre de John Huston, vemos a la muchacha carcajearse hasta las
lágrimas de su propio infortunio. Pero eso no es todo, hay un final tras el final, una
última vuelta de tuerca que me callo por respeto al lector.
¿Y quién es ese hombre salvaje del título? Ángela Vallvey nos engaña en un principio
haciéndonos creer que se trata de Amador, el hijo del patriarca gitano, un prodigio
sexual del que Candela se enamora. Pronto, sin embargo, aprendemos que este Amador (el
nombre no es gratuito) sólo funciona en el relato como imagen especular del padre
desaparecido mujeriego e incestuoso, que abandonó el serrallo dejando a la
narradora llena de nostalgias. Y así, a los desengaños amorosos del presente Candela
opone el recuerdo idealizado y melancólico de los héroes que se fueron para no volver:
en varias ocasiones confiesa que su padre ha sido el hombre más importante de su vida, el
salvaje añorado.
Ángela Vallvey reclama con justicia un lugar al sol. Su lenguaje es audaz, ingenioso, sin
prejuicio alguno y atento siempre al habla de la calle. Vallvey no necesita motos,
autopistas, drogas ni rock and roll para estar al día como el que más. Altamente
recomendable.
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