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ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 Reseñas de libros ajenos

Portada de 'El refugio', de Eduardo Haro Tecglen

El refugio. Situaciones: momentos de una vida
Eduardo Haro Tecglen
El País-Aguilar (Madrid, 1999)
289 Páginas/ 2.500 pesetas

REFLEXIONES DE UN ROJO

MANUEL TALENS



Los lectores que siguen en El País la columna de Eduardo Haro Tecglen -Visto/Oído- saben de sobra a qué atenerse en cuanto a las opiniones políticas de este inmutable republicano. El refugio, su último libro, no los defraudará.

Estructurado en tres partes como una alternancia de reflexiones con recuerdos de su vida, El refugio arranca con “El niño fascista”, una fulgurante respuesta a Jaime de Capmany y a otro par de boceras de la derechona, que lo acusaron-hemeroteca en ristre- de haber hecho en 1944 un panegírico de José Antonio Primo de Rivera y de Franco en el periódico Informaciones. Narra Haro sucintamente su niñez madrileña antifascista en un hogar librepensador. El final de la guerra y la derrota significaron, entre otras cosas, la cárcel y la condena de su padre. Ante la imposibilidad de continuar los estudios, el muchachito Eduardo Tecglen (firmaba así), entró de meritorio en Informaciones. De esa época es el artículo que ahora le achacan, pero él, en una pirueta genial, acusa a sus acusadores de recriminarle un falangismo que en ellos era ideología y en él mera supervivencia, e invierte la famosa frase de La Pasionaria: “Estoy satisfecho de haber vivido de rodillas esperando el momento de ponerme de pie” (pág. 33).

Sigue “Cultura contra civilización”, en donde aborda el lenguaje como instrumento de poder, pues inversamente a lo que suele creerse, está en manos de quienes controlan el mundo y han usurpado la democracia, vistiéndola de nacionalismos, himnos y banderas. Haro, según declara, afronta el oficio de escribir como un trabajo ético, en un intento ¿inútil? de aniquilar con la palabra -a lo Blas de Otero- eso que se ha venido llamando civilización, es decir, el orden social de las personas “decentes”. Y lo hace desde la cultura, sin aceptar imposiciones de nadie, pues “la libertad de pensamiento es una parte de la lucha de clases” (pág. 51).

Con “El refugio”, que da título al libro, entramos en faena. Partiendo de la metáfora recurrente de un sueño peterpaniano -en el que un niño desnudo baja entre sonidos de sirenas hacia las profundidades de un refugio antiaéreo, donde se encuentra con otra niña, también desnuda, con la que intuye la felicidad-, Haro Tecglen nos muestra un amplio y fragmentario abanico de la amarga realidad de los últimos sesenta años de historia española, con extrapolaciones hacia el mundo exterior. Por estas páginas pasan Celaya, Buero Vallejo, Cela, Pilar Miró, Fraga, Tejero, Suárez, Felipe González, Semprún, Juan Goytisolo, Azcárate, García Hortelano, Cuba, la URSS, Juan Pablo II, Pinochet, la Guerra del Golfo, la OTAN… la mediocridad del franquismo, el desconcierto de la transición, la imparable metamorfosis de Madrid, el culto a los libros, la añoranza de los hijos muertos, la galopante fascistización de este fin de milenio o la ingenuidad de unas masas que pusieron su fe en el Gobierno socialista: “aún creía yo que todo era posible, aún lo creía mucha gente, y si lo hubiese creído también Felipe González la izquierda hubiera dado un gran salto hacia delante” (pág. 138).

Sí, todo es mediocridad, pero este sabio hijo del siglo, que de las certezas absolutas ha pasado a creer sólo en lo que no cree, se niega a borrar o a reescribir el pasado, a aceptar el final de la historia y a renunciar al mito quijotesco de una edad de oro. Bajo la tristeza que destila su prosa, luce siempre el tenue destello que ayuda a concebir una nueva esperanza.

Su drama es que siempre ha vivido a contrapié: durante la guerra civil era demasiado joven para ser Durruti, durante la posguerra demasiado indefenso para conspirar, en la larga noche nacionalcatólica demasiado clandestino, y ahora, cuando está de vuelta de verdades eternas y grita lo que piensa sin pestañear, es demasiado izquierdista y “provocador” (González dixit) para un entorno disneyficado que prima únicamente la anestesia mental del ciudadano. Se le escapó el tren: Pepito Grillo no está de moda. ¿Quién teme a Eduardo Haro Tecglen?

Pero no nos engañemos: en estos tiempos descafeinados donde ya a nadie le extraña que socialistas como Blair o Solana aprieten el gatillo y que intelectuales como García Márquez o Mendoza se salgan por la tangente al hablar de la Guerra de Yugoslavia, reconforta más que nunca la inflexible agitación de viejos gruñones, anticlericales y panfletarios como este rojo de Pozuelo.

El refugio es pura deconstrucción del pensamiento único, lo que no nos cuentan los medios globales, y lo ha escrito alguien que morirá de pie. Léanlo.

 

LA MODIFICACIÓN, nº 9 y 10, julio y agosto de 1999

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