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La televisión
Jean-Philippe Toussaint
Anagrama (Barcelona, 1999)
191 Páginas/ 1.900 pesetas
EL GROUCHO
BELGA
MANUEL TALENS (1)
Argentina tiene sus gallegos, Canadá sus newfies, España sus leperos y Francia sus
belgas. Me estoy refiriendo a esos personajes de chiste que le sirven a toda comunidad
para descargar sus angustias burlándose de la aparente simpleza que se les achaca. Lo que
nunca nos hemos preguntado es si estos chivos expiatorios poseen asimismo sentido del
humor. La respuesta se halla al alcance del bolsillo de cualquiera con 1.900 pesetas para
invertir en la novela de Jean-Philippe Toussaint, un belga de Bruselas capaz de crear al
desternillante personaje de esta novela ¿su alter ego?, que se ríe de sí
mismo con la seriedad de Groucho Marx, haciendo al mismo tiempo un serio análisis sobre
la vaciedad intelectual de la televisión y un elogio del arte de pensar. La televisión
es ante todo una proeza narrativa, ya que a una trama extremadamente simple, en la que
suceden muy pocas cosas, Toussaint le saca un partido extraordinario. La televisión
un paso más en su crítica despiadada de la sociedad posmoderna (recordemos El
cuarto de baño o Monsieur) se lee en una tarde, sin incisos, de tanto que llega a
apasionar.
La acción, contada en primera persona verbal por la voz narradora, gira en torno a las
vicisitudes de un profesor belga de historia del arte, que está pasando un verano en
Berlín para documentarse sobre una supuesta anécdota en la que a Tiziano se le cayó un
pincel mientras pintaba en su taller de Augsburgo, y Carlos V ¡todo un
emperador! se agachó a recogérselo. Nuestro antihéroe, digámoslo ya, piensa
escribir un libro sobre la primacía del arte sobre el poder político. Está solo en su
apartamento, haciendo de Rodríguez, pues mientras su mujer y su hijo de cuatro años
pasan los meses estivales en Italia, él se ha quedado en Berlín para tratar de darle un
buen empujón a sus investigaciones. Sucede, sin embargo, que al mismo tiempo, y de
improviso, decide dejar definitivamente de ver la televisión, harto de la importancia
envilecedora que ésta ha tomado en su existencia y de la vaciedad de sus contenidos.
A través de su criatura novelesca, Toussaint aprovecha para darle al lector poco ducho en
teoría de los lenguajes un pequeño resumen de la televisión como artefacto que
por puro determinismo técnico ofrece un espectáculo falso de la realidad, al
contrario de la representación que hace todo artista (pintor, escultor, escritor,
arquitecto, etc.), cuyas obras por principio estético buscan la esencia del
mundo. Además, la televisión impide cualquier intercambio intelectual entre pantalla y
espectador.
A partir de ahí, sazonada por el mono que el personaje siente al abandonar la
droga hertziana, la novela avanza entre retazos de su vida diaria,
ofreciéndonos la feliz paradoja de que, a pesar del bloqueo que sufre a la hora de
plasmar por escrito sus ideas, su mente no deja de trabajar con febrilidad, en el
autobús, en la piscina o en el parque tomando el sol, a veces con escenas de una
hilaridad desbordante, con lo que el texto se convierte en un antídoto de la pasividad
televisual y en un elogio de la cotidianidad activa, del erotismo fugaz de las pequeñas
cosas, de la nostalgia amorosa por la mujer y el hijo ausentes o del placer de contemplar
un cuadro en un museo.
El lenguaje de Toussaint, como diría Borges, fluye, y eso gracias a la muy correcta
traducción de Josep Escué, sólo afeada ocasionalmente por la defectuosa redundancia
lo más mínimo (págs. 65, 69, 171), pues mínimo es ya lo menor
y no necesita del más.
En resumen, se trata de un libro muy recomendable, posmoderno pero con sustancia, nada
light, y que encima ayuda a liberarse de la esclavitud de la pequeña pantalla. Yo hace
una semana que no veo ni las noticias, y eso gracias a Jean-Philippe
Toussaint.
1. Artículo de Manuel Talens que fue publicado bajo el nombre de Sacha
Luxemburgo
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