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ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 Reseñas de libros ajenos

Alabados sean nuestros señores
Régis Debray
del Taller de Mario Muchnik (Madrid, 1999)
Traducción: Francisco Castaño
475 Páginas/ 3.500 pesetas

A LA BÚSQUEDA DEL PADRE PERDIDO

MANUEL TALENS



¿Qué fuerza telúrica es capaz de impulsar a un joven profesor de instituto en París a dejarlo todo con veinticuatro años para iniciar un periplo vital que lo llevará, cual personaje de Bildungsroman, desde los aposentos del poder en Cuba a las selvas bolivianas, pasando luego por tres años de prisión en Camiri y por la apoteosis sandinista, hasta ocupar en su madurez un puesto de consejero junto al primer presidente socialista de la República Francesa, para terminar, ya casi sexagenario, desengañado de todas estas experiencias, pero irreductible en su ideología? La respuesta es fácil tras leer Alabados sean nuestros señores: la búsqueda del padre.

Algún día habrá que estudiar los fundamentos psicoanalíticos unificadores que convierten a Debray en alter ego y sucesor de otro gran aventurero francés de la política y de las letras, André Malraux (éste “enganchado” a Mao y a De Gaulle), pero mientras llega el momento, preciso es contentarse con la lectura de Alabados… para tratar de sacar unas conclusiones a cuya puerta nuestro autor llega y toca, aunque luego le dé miedo entrar: “El genitor biológico”, dice en la página 178, “no tiene realmente nada que ver en el asunto”. ¿De verdad?

El libro comienza con una exposición sin ambigüedades del desprecio que Régis Debray siente por los políticos profesionales y por la actividad política ejercida como trampolín para causas espurias. Ese tono de distanciamiento crítico ya no abandonará al lector hasta el final, pues pronto queda claro que, según propia confesión, Debray no entró en el torbellino de la cosa pública para hacerse un nombre, sino con la intención de cambiar el mundo. El resultado de tal compromiso moral y emocional fue un enorme batacazo, del que aún se está recuperando.

Después de su declaración de principios inicial, entramos de lleno en faena y aprendemos que el primer padre espiritual que se interpuso en su camino fue el Maestro Louis Althusser. El joven Debray, impaciente, ávido de acción y convencido de que los cataclismos sociales llegarían desde el Sur, había publicado por entonces un ensayo en Les Temps Modernes, “Revolución en la revolución”, que alteró el camino de su vida, pues dio lugar a la llamada de Fidel Castro para que se incorporase al régimen de La Habana. Era el año 1965. En Cuba inició su entrenamiento de soldado revolucionario, aprendió el manejo de las armas, entró en el exclusivo círculo de los comandantes y adoptó al caudillo barbudo como nuevo progenitor. La desastrosa expedición guerrillera del Che Guevara en Bolivia, que supuso para el francés la sentencia a cadena perpetua (posteriormente conmutada al cambiar el gobierno en La Paz), le sirvió entre otras cosas para una primera reflexión, que dio como resultado el reencuentro espiritual con Francia, su patria lejana, así como la puesta en entredicho de Fidel en tanto que poseedor de la verdad. El retrato-robot que hace de este último, contrapuesto al de Ernesto Guevara, es quizá lo más logrado e interesante del libro. El Líder Máximo cubano aparece como un ser megalómano, vengativo, obsesionado por el poder y escrupuloso por salvar el pellejo. Hacia Guevara, en cambio, Debray siente respeto, pues si bien pulveriza el aura de bondad crística que la foto de Alberto Korda ha dejado entre nosotros —lo describe aquí como un hombre valiente, duro, cruel, inmisericorde, enamorado de la humanidad, pero en abstracto—, admite que supo ser fiel a sus principios: buscó y obtuvo la muerte como única redención.

Ya en Francia y en plena conversión a la fe republicana, Debray fue llamado al Elíseo como consejero presidencial en 1981, tras la victoria socialista. Los diez años pasados junto a François Mitterrand, su nuevo padre de recambio, parecen haberle servido, con tres décadas de retraso, para matar simbólicamente la imagen paterna y “crecer” por fin. No hay ya casi nada que no se sepa o se sospeche de ese prodigio de realidad virtual que fue Mitterrand, a quien correspondió la triste gloria de destruir el socialismo francés más los despojos que aún quedaban en pie de los ideales revolucionarios, pero Debray se encarga de dar una nueva vuelta de tuerca, asqueado de sus juegos malabares, de su obcecación por la imagen y la posteridad —“pasé de la fe sin método (Guevara) al método sin fe (Mitterrand)”, comenta el renegado—, de sus ínfulas progresistas y de su política de derechas: incapaz de seguir aguantando tanto teatro, presentó la dimisión en 1992 mediante una carta de despedida (p. 365) que recuerda extrañamente la del Che a Fidel.

Debray completa el relato con una larga, melancólica y bien diseñada autojustificación, consciente de la fama de oportunista que su complicidad mitterrandiana le ha dejado como una segunda e incómoda piel. No oculta la mala conciencia que lo abruma por todos los privilegios que acompañaban al cargo, pero, a mi entender, logra persuadir de la honradez que en todo momento ha guiado sus actos: la revolución en un principio, la república después, el servicio a sus ideales siempre.

El lenguaje, como el de todo buen francés ilustrado, tiende al barroquismo, con hermosas metáforas, disquisiciones elegantes y un perfecto conocimiento de la historia. Esta edición peca quizás de un exceso de erratas, que podrán ser corregidas en futuras reimpresiones. Mención aparte merece la traducción, que sin duda puede ser calificada de auténtica chapuza y necesita de una reforma en profundidad. Es rígida, ajustada mecánicamente al texto original y llena de galicismos y frases incomprensibles, como hecha por alguien conocedor de la sintaxis pero ignaro en locuciones de la calle, que al ser vertidas al castellano palabra por palabra pierden su sentido. Por ejemplo, l’Hexagone, que equivale a nuestra “piel de toro”, le dice poco en tanto que “Hexágono” (o “política hexagonal”) al público español; un peu trop suena ridículamente a oxímoron como “un poco demasiado” (p. 29); tir tendu (tiro rasante), al verse traducido por “tiro tenso” (p. 139), termina por no significar nada; plans sur la comète (planes quiméricos) se transfigura en un críptico “planes sobre el cometa” (pág. 157); clins d’oeil (guiños, pero en su sentido figurado y metafórico), se convierte aquí en algo físico: “guiños de ojo” (p. 175); une revolte pour le père (una rebelión por el padre) queda neutralizado en “una revuelta por el padre” (p. 178); tourner la page (pasar página), se convierte, desandando la andadura, en “volver página” (p. 189); la guerre aux marges (la guerra en los márgenes) se transforma jocosamente, colmo de la confusión entre marges y marches, en “la guerra en los escalones” (p. 207); le 20 Heures (el telediario de las 8) es aquí un enigmático “20 Horas” (p. 295)… y así, a cientos. Es una pena, pues la hermosa edición que ha hecho ese gigante del libro llamado Mario Muchnik no se merecía tal zancadilla y menos aún esta obra de Régis Debray, lúcida muestra de que los auténticos izquierdistas, al igual que los viejos rockeros, nunca mueren.

 

LA MODIFICACIÓN, nº 8, junio de 1999

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