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Tan alto el silencio
Ricardo Martínez Llorca
Debate, Madrid 1998
174 págs., 1900 ptas.
ELOGIO DE LAS
MONTAÑAS
MANUEL TALENS
En estos tiempos actuales, tan preñados de literatura joven que huele a drogas, a música
rock, a violencia gratuita y a huída hacia adelante, reconforta saber que, junto a textos
notables en los que abunda todo eso, también se publican otros libros que escrutan un
destino opuesto, si no menos ambicioso. Es lo que ha pretendido Ricardo Martínez Llorca
(Salamanca 1966) con su ópera prima, que toma prestado el título de un hermoso verso de
Gabriel Celaya.
Alguien ha dicho en una reseña que Tan alto el silencio no es una novela en sentido
estricto, puesto que se basa en hechos y personajes reales David, el hermano del
autor, muerto tras una escalada de montaña, su mujer y sus amigos y utiliza
fragmentos del cuaderno de campo del primero, que recibe créditos en la portada. Quizá
esos comentarios críticos se deban a un excesivo apego a las definiciones
clasificatorias, que siempre tratan de enmarcar, justificar, encorsetar y, en definitiva,
castrar cualquier manifestación literaria. Para mí, Tal alto el silencio sí es una
novela, porque contiene un pedazo de vida, y eso me basta.
El argumento es muy tenue: David, un joven español casado con la francesa Patou y
residente en la ciudad alpina de Briançon, decide escalar el pico del Verdon como
homenaje póstumo a un amigo que acaba de despeñarse en la montaña. Lo logra y, cuando
regresa al hogar, muere en un accidente de automóvil. No hay más complicaciones
argumentales en estas páginas porque, en el fondo, la novela no busca tanto contar una
historia cuanto enaltecer un sueño: el de la libertad al aire libre respirando el viento
helado de las alturas y tratando de superar metas casi imposibles al filo de la muerte,
circunstancia ésta a la que se mira de frente como posibilidad ineludible.
Martínez Llorca ha tratado conscientemente de evitar cualquier suspense relativo al
desenlace final, pues su relato comienza con Patou ya viuda, devastada por la soledad. A
partir de ahí se va desgranando morosamente el tiempo rememorado, con la exaltación de
la amistad, del amor conyugal, de los espacios abiertos, de la fidelidad a unos principios
estéticos y vitales, con metáforas sonoras que nunca se alejan del color del cielo, de
la aspereza de la tierra o de los ciclos naturales del día. La existencia sencilla del
campo es contrapuesta al agobio y al sentido economicista de las ciudades mediante el
retrato memorable y finamente humorístico de Bruno, hermano de Patou, un urbanita que
«trabajaba en un banco y amaba el fútbol, leía best-sellers y jugaba a cotizar en
bolsa». Pero no hay maniqueísmo en esta novela, aunque es posible que el alegato más
terrible que contiene contra la alienación del hombre moderno se halle en la inesperada
muerte del montañero David entre las fauces de la máquina.
El lenguaje es pulcro, sinuoso, sin desfallecimientos. Los personajes, bien trazados, con
pinceladas breves y firmes, como corresponde al pulso del novelista, que también es
profesor de dibujo y ha ilustrado ediciones de Oscar Wilde y San Juan de la Cruz.
En la página 167 leemos que el hermano de nuestro autor dejó escrito lo siguiente:
«¿Acaso no es mi vida lo único de lo que realmente dispongo? Recuérdame». Sin duda
Ricardo Martínez Llorca se sintió golpeado por ese grito y ha respondido con creces a
dicha petición: Tan alto el silencio es un recuerdo más que digno del que se fue para no
volver. He aquí un nuevo nombre que añadir a la larga lista de nuestra joven narrativa.
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