Treinta y cinco años después,
la Iglesia Católica española le está echando un pulso al
Gobierno en un asunto similar, quizá persuadida de que aquí
todavía no nació el político capaz de dar la réplica con un
trallazo similar al de Trudeau. Hace ya varios meses, desde que
el PSOE hizo público su deseo de cumplir con su programa
electoral legalizando el matrimonio homosexual y haciendo que la
enseñanza de la religión vuelva a convertirse en materia escolar
optativa (puesto que el Partido Popular la había hecho
obligatoria durante su reciente interregno), los medios de
comunicación han sido el cauce de los ríos de tinta que
empezaron a fluir desde el venero de las dos Españas machadianas,
la conservadora y la anticlerical. Con independencia de que al
PSOE lo asiste la incuestionable legitimidad de las urnas –los
españoles han avalado tales medidas con el voto–, no cabe duda
de que un desbordamiento verbal como éste indica que el hecho
religioso sigue sin estar resuelto entre nosotros y, según
trataré de demostrar, ello se debe a la ambigua redacción del
artículo 16, párrafo 3º de la Constitución de 1978, que dice
textualmente: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los
poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de
la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones
de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.”
Tal como postulé en una
columna anterior titulada Lógica narrativa, la redacción
de cualquier ley crea una “verdad” imposible de eludir, aunque
sea absurda. El susodicho artículo 16, si bien no lo afirma de
manera explícita, implícitamente sí establece un estado
aconfesional. Para muchos, aconfesionalidad y
laicismo son la misma cosa. Sin embargo, el arzobispo de
Valencia, Agustín García-Gasco, escribió hace poco un polémico
editorial en el semanario Paraula en el que aceptaba el
primer término, pero se oponía al segundo, que tachó de
antidemocrático. Por ello, antes de continuar con mi exposición,
en aras de una mayor claridad conceptual analizaré la diferencia
entre ambos términos.
El diccionario de la RAE, que no recoge la palabra aconfesionalidad,
llama aconfesional a “lo que no
pertenece o está adscrito a ninguna confesión religiosa”
y laicismo a la “doctrina que
defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más
particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o
confesión religiosa”. De esto se deduce que, en el
terreno de la semántica, la aconfesionalidad –es decir,
lo que tiene cualidad de aconfesional– y el laicismo son
términos equivalentes, pues expresan lo ajeno a la religión.
No obstante, en el terreno de la praxis política aplicada al
Estado son conceptos que muchos politólogos –y también nuestro
arzobispo– consideran disímiles, pues para ellos la
aconfesionalidad implica una neutralidad estatal “pasiva”
con respecto a las cosas de la fe, mientras que el laicismo
lleva el marchamo de un “activismo” laicista, es decir, del peso
del poder del Estado para imponer la ausencia de signos
religiosos en las instituciones que controla.
De lo anterior se desprende que, en lenguaje althusseriano y según la
primera parte del artículo 16, párrafo 3º, los aparatos
institucionales del Estado español –que como hemos visto se
declara aconfesional– son ajenos a cualquier carácter religioso,
pero a renglón seguido el texto altera la neutralidad que se le
supone y cae en el oxímoron de cooperar con la Iglesia
Católica y las demás confesiones, lo cual, en la práctica, ha
creado la “lógica narrativa” de dejar intacto el poder económico
del clero, que desde la transición se siguió beneficiando en
exclusiva de
adelantos dinerarios estatales, de los
que sólo una parte corresponde a donaciones “legales” de
contribuyentes a la Iglesia Católica a través del IRPF, mientras
que la otra –un total de 240 millones de euros sólo en los
últimos diez años según Álvaro Cuesta, secretario de política
municipal y libertades del PSOE– es un “regalo” tácito. Es esta
contradictio in terminis de un Estado que por una parte
se declara neutro ante la religión y que por la otra coopera
económicamente con la Iglesia Católica lo que sería necesario
clarificar, más aún si se tiene en cuenta que “las otras
religiones” no han recibido nada.
Es evidente que
los obispos
–y
Agustín García-Gasco el primero–
tienen perfecto derecho a poner el grito en el cielo cuando al
poder terrenal se le ocurre legislar sobre cuestiones que ellos
consideran de su exclusividad espiritual. Quienes se enfadan
ante tal actitud parecen entender mal el principio de la
libertad de opinión en que se basa de iure nuestro actual
sistema político o bien realizan un estudio superficial del
conflicto, pues lo que se dirime en el rifirrafe actual entre la
Iglesia y el Gobierno no es un asunto de opiniones
contrapuestas, lo cual es lícito en democracia, sino algo más
profundo, la raíz del problema, que tiene carácter
económico, porque el auténtico escándalo es que a la
Iglesia Católica se le obsequie dinero público, buena parte del
cual proviene de contribuyentes laicos o que pertenecen a otras
confesiones, y ello contra la voluntad explícita de dichos
contribuyentes.
El laicismo
estatal activo, que como hemos visto es la facultad que el
estado otorga a sus propias instituciones para que éstas impidan
cualquier signo o símbolo religioso –cristiano, islámico, judío
o de otro orden– en las áreas de poder público que detentan,
permite en Francia que una sociedad multiconfesional como
aquélla viva dentro de un marco civil en el que nadie goza de
dádivas otorgadas sobre la base del credo que profesa. A título
de ejemplo, en las escuelas públicas francesas están
estrictamente prohibidos los velos o turbantes musulmanes, los
crucifijos cristianos o las kipás judías. Quizá no sea necesario
que España se convierta en un estado laicista como Francia –yo,
al igual que Eduardo Haro Tecglen, pienso que “si
se quiere defender la libertad, se empieza por no prohibir y
reducir las leyes a lo necesario para una convivencia justa”–,
pero sí en un estado aconfesional puro. Para ello, como he dicho
antes, sólo haría falta clarificar de algún modo el párrafo 3º
del artículo 16 de la Constitución con el fin de que cese la
actual “lógica narrativa” de la cooperación, que por el momento
ha dado lugar a una jurisprudencia viciada, en total desacuerdo
con la aconfesionalidad. El alcance semántico de dicha
cooperación tendría que ser estudiado con lupa, pues no es lo
mismo cooperar regalando dinero público que ofreciendo la
infraestructura estatal como mero intermediario entre los
donantes y las respectivas iglesias, lo cual terminaría con esa
esquizofrénica paradoja en la que el estamento católico acepta
sin regomello dinero de los ateos y, al mismo tiempo, muerde la
mano del Gobierno –que
le da de comer– cuando éste
contradice su doctrina. Por lo tanto, no se trata como pretenden
algunos de perseguir a la Iglesia Católica, que debe ser libre
de opinar lo que le plazca –y aquí lo es, basta
para darse cuenta de ello con abrir cualquier periódico–
y defenderlo con todas las consecuencias en la arena política,
sino de facilitarle el camino para que se financie
exclusivamente con las donaciones de quienes se consideran
miembros de su rebaño. Si la situación de privilegio actual
llega a acabarse algún día, muchos ciudadanos ajenos al
catolicismo verán con mejores ojos –e incluso aplaudirán–
cualquier intento eclesiástico de influir sobre la res
pública.
Bien es verdad que
el ejemplo español no se puede comparar con ningún otro. He aquí
un país que, de la noche a la mañana, saltó tras la muerte del
dictador desde el oscurantismo hasta la movida, el universo del
rock, el movimiento gay y el amor libre, y no todos han tenido
tiempo de adaptarse a un cambio tan vertiginoso. Nuestras
costumbres, que siguen conservando el atractivo de lo atávico,
también asombran por la velocidad con que sobrepasan a las
naciones más desmelenadas, y ello a menudo dentro de una misma
familia. El contraste entre las actitudes progresistas y el
frufrú de las sotanas nos convierte en un caso digno de diván,
que requiere mucho tacto y mucha cabeza fría, pero eso no
significa que el poder ejecutivo deba ceder ante chantajes como
el que se le viene encima, porque lo que está en juego es el
acoplamiento feliz de la estructura jurídica de España con el
mundo en que vivimos.
En cuanto al
fragor de la contienda, por mucho que moleste al oído es
necesario aceptarlo como inherente a la democracia burguesa. Las
alusiones a la libertad, al respeto o a la tradición por parte
de los conservadores y el berrinche de los laicistas del bando
contrario ante lo que consideran un intrusismo anómalo de la
Iglesia Católica en los asuntos gubernamentales no son más que
el reflejo retórico de una sociedad dividida en la que la lucha
por el poder político nominal –el real es otra cosa– ya no se
dirime en la hoguera ni en el campo de batalla, sino con
palabras, programas electorales y cada cuatro años en las urnas.
Se dice ahora que
los obispos tienen previsto lanzar a sus seguidores a la calle
en una cruzada contra los planes del Gobierno e incluso contra
asuntos que el ejecutivo ni siquiera está considerando, como la
eutanasia (?). No seré yo quien se oponga, pero me parece una
operación sumamente arriesgada para la Conferencia Episcopal, ya
que en este debate dialéctico su fuerza reside en el terreno de
lo teórico, en la frialdad de las estadísticas. Es fácil
demostrar sobre el papel que el 85% de los españoles se declaran
católicos, se casan en la iglesia o bautizan a sus hijos, pero
se suele omitir que sólo el 30% de ellos –no el 85%– dona
dinero a la Iglesia Católica a través de los impuestos. Además,
el hecho de que alguien se diga católico no significa que esté
dispuesto a ir más lejos de esa simple afirmación, ya que los
hábitos ancestrales persisten por inercia, no es lo mismo ir a
misa que ser creyente y, por encima de todo, la sociedad
española aprueba en su mayoría esas medidas del Gobierno, pues
al igual que Trudeau, por fin ha entendido que la religión o el
matrimonio homosexual son asuntos que se deciden en la intimidad
del libre albedrío o, por así decirlo, del dormitorio. Que cada
cual haga con su fe o con su libido lo que quiera, siempre que
no agravie a los demás. ¿Cómo entender entonces que los obispos
se arriesguen a convocar unas protestas populares que, con toda
seguridad, no atraerán más que a unos pocos miles de activistas
nostálgicos de un ayer beato que ya no existe?
A mi parecer, esta
amenaza es sólo ruido, una estrategia diseñada para confundir al
adversario, en la que no resulta difícil descubrir la mano
oculta del Partido Popular, muy consciente de que una Iglesia
Católica poderosa –léase con dinero en el bolsillo– es buena
para sus fines políticos, puesto que ambos se sitúan a la
derecha y defienden lo mismo. Estamos asistiendo, pues, a las
apuestas de una partida de póquer de grandes proporciones, en la
que la Conferencia Episcopal juega de farol, mientras que el
Gobierno socialista tiene los ases en la mano. La oposición
encarnizada al matrimonio homosexual y a la enseñanza optativa
de la religión son ese bluff mediante el cual unos tahúres
aguerridos, con muchos siglos de historia a sus espaldas,
pretenden bajarle los humos al ejecutivo para que se asuste y
nunca se le ocurra dar el paso supremo de cortarles los víveres
cerrando el grifo del dinero público, porque en tal caso sí que
disminuirían ad vitam aeternam sus posibilidades de
influencia… y la influencia es poder.