Entrevista a Omar González, Presidente
del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC)
La mejor contribución de un
artista a su pueblo es el aporte inestimable de su obra

Entrevista de
Manuel Talens
para Rebelión
Omar González es un hombre de aspecto afable y hablar
pausado. Medita las cosas antes de responder, como si buscase
que su interlocutor comprenda bien las ideas que quiere
transmitir. Nunca alza la voz, pero cuando uno escucha sus
palabras siente el calor humano que las alimenta: son como
lava que fluye del corazón de un volcán benevolente o, si se
me permite la metáfora, como aquellos claveles que brotaron
del fusil de los militares portugueses antes de que se apagara
la esperanza. Hay algo de contradictorio en esta dicotomía
entre su aspecto de padre de familia maduro y apacible y la
juvenil radicalidad de su discurso, pero creo haber resuelto
el enigma: Omar González es de esos seres que llevan la
procesión por dentro. Su trayectoria intelectual en el mundo
de la cultura es larga: en 1978 ganó el prestigioso Premio
Casa de las Américas en la categoría de literatura infantil y
juvenil con su obra Nosotros los felices. Un guión
suyo, sobre la vida del poeta alemán George Weerth, fue
llevado al cine, y libros y textos literarios de su autoría
han sido publicados también en Cuba y en otros países. Además,
ha practicado el periodismo y fue director asistente del
Centro de Promoción Cultural Alejo Carpentier, hoy Fundación;
director general del Canal 6 de la Televisión Cubana y
presidente del Instituto Cubano del Libro y del Consejo
Nacional de las Artes Plásticas. Para aquellos que vivimos en
países de la Unión Europea, donde quienes ocupan un cargo
público de cierta importancia se convierten en distantes
reyezuelos, es un placer conversar con personas como este
cubano, que se toma con suma modestia su actual función en el
ICAIC y que dedica sus horas libres a escribir poesía y
ensayos acerca del impacto de la globalización en el ámbito
familiar de la cultura. He aquí las preguntas que respondió en
exclusiva para Rebelión:
En una época como la actual, de ausencia
generalizada de ideología, ¿cuál puede o debe ser la relación entre el
arte y la vida social, es decir, la res pública?
Entiendo tu pregunta como una legítima
provocación. Definitivamente, no creo que ésta sea una época de
ausencia generalizada de ideología,
sino todo lo contrario. Esa extendida visión apocalíptica se la
debemos a cierto tipo de pensamiento posmoderno, a su liturgia
mediática y academicista en momentos de gran desconcierto; al colapso
del llamado «socialismo real», cuyas políticas en torno a las Ciencias
Sociales, salvo excepciones, fueron por lo general desalentadoras y,
sobre todo, al auge del neoliberalismo, que es mucho más que una
corriente económica o financiera centrada en la apoteosis del mercado;
es la expresión ideológica del imperialismo camino de su fase superior
y muy probablemente última, el fascismo. Pero no un fascismo a lo
Hitler y Mussolini, si se quiere todavía primitivo y trágicamente
experimental, aunque modélico a los fines del ya inminente si no
reaccionamos con más fuerza y convergemos en una barricada del tamaño
del mundo; se trataría de un fascismo mucho más elaborado, que
conserva elementos de aquél y lo supera en ambición, destrucción de la
naturaleza y opresión de los pueblos, dado su ilimitado carácter
global y su correspondencia con el desarrollo tecnológico de la época
en que vivimos. Éste es o pudiera ser un fascismo corporativo y
enfáticamente ideológico, que se gesta en una sociedad dizque
democrática, pero que se comporta aún peor que la peor de las
totalitarias conocidas; en un país que proclama la libertad como
medida de todas las cosas y vive secuestrado por una cúpula insaciable
de dinero y poder; una nación multiétnica aunque con demasiado espacio
para el racismo y la xenofobia; un territorio tan industrializado como
desigual, que se dice abierto al mundo y anula o margina las
oportunidades de sus ciudadanos para interactuar con otras culturas;
una sociedad con el mayor acceso a los medios de comunicación que se
conozca, pero desinformada, donde a pesar de disponer de una moderna
infraestructura educacional y sanitaria, vastos sectores viven en la
ignorancia y la insalubridad más pasmosas; un país del G-7 que alberga
un tercer mundo en sus calles y un cuarto mundo en Pine Ridge
Reservation; una nación que es muchas otras y cuyos sucesivos
gobiernos han sido y son arrogantes y, al mismo tiempo, tan débiles
que sólo logran exaltar el «patriotismo» valiéndose del pánico y la
paranoia; un país rico y económicamente parásito; un pueblo trabajador
y noble y alegre, pero engañado en su intimidad más solitaria, tan
cristianizado como desconcertante e indiferente, con una identidad
esquilmada durante siglos y finalmente difusa y extraviada, con una
intelectualidad de vanguardia y una sociedad trivializada por obra y
gracia de los medios masivos, que privilegian la estulticia; en fin,
un imperio donde la seguridad estriba en su propia inseguridad; un
país-paradoja, donde ahora mismo un gobierno ilegítimo y construido
piedra a piedra por la ultraderecha, libra una cruzada en nombre del
Bien y contra el Mal, en cuyo caso nadie, absolutamente nadie, estaría
en condiciones de garantizar que lo primero no signifique lo peor.
El terrorismo, como ayer lo fue el comunismo y
mucho antes el Islam para la Europa cristiana, ha sido sólo el
pretexto para escenificar el mayor proyecto de dominación política,
económica, militar y cultural que ha conocido la historia: Estados
Unidos contra el resto del mundo. Nunca sabremos –pues de seguir como
vamos, el peligro de que desaparezca la especie humana es real–,
cuánto favor a esta causa hicieron los fanáticos que estrellaron
aquellos cuatro aviones el 11 de septiembre de 2001 contra las Torres
Gemelas, el Pentágono y el manso suelo de Pensilvania. Tanto ha sido
su tributo a este imperio en ascenso y retroceso, que no sería
descabellado dar fe, aunque sólo fuera a escala especulativa, a
quienes sustentan las sobrecogedoras hipótesis de una conspiración
desde el poder para ejecutar o «dejar hacer» crímenes que, en
cualquiera de los casos, resultarían abominables. Mientras tanto, ahí
está Dick Cheney frotándose las manos, a la sombra y en todo, con el
real mando sobre los hombres y las cosas. Y ahí están los peleles.
Pobre España, ¡mi madre!, con Aznar por martirio.
Has delimitado muy bien el ambiente social del
mundo en que nos ha tocado vivir, pero todavía no me has dicho nada
sobre el papel del arte, o de sus practicantes, en dicho ambiente
social.
Si vamos a hablar de un tema tan serio, que
daría para un libro, prefiero verlo en su contexto. Ahora me acercaré
un poco más: en cuanto a la relación del arte (y de los artistas e
intelectuales en general) con la vida social, mucho se ha escrito y
opinado como para empeñarse en añadir nada nuevo. Hoy el momento es
otro. Desde la izquierda –a falta de una mejor definición y no
obstante su descrédito, apelo a la dicotomía que la antepone a la
derecha–, recuerdo, por sólo citar algunas, la fórmula del «eterno
compromiso», tan recurrente en los años sesenta, y de la que Sartre y
otros (con aquello de
no estar comprometido es una forma de estarlo),
fueron sus abanderados de culto, y también los postulados de Gramcsi a
propósito del «intelectual orgánico», asumidos como una alternativa
coherente y racional ante la condición acrítica y obviamente dogmática
de los presupuestos del realismo socialista. Sin embargo, desde
entonces acá ha llovido bastante, y los derrumbes han sido
estructurales, devastadores e, incluso, silenciosos, que suelen ser
los que dejan una huella más honda en el ámbito de las ideas.
La
cosecha actual de intelectuales ilustra la confusión resultante. La
derecha, que desde hace más de ciento cincuenta años no se repone
teóricamente de la aparición del Manifiesto comunista, pues en
este largo período nada ha estremecido tanto al mundo como la
sabiduría multiplicada de Marx y Engels en aquel documento, ha sacado
provecho de la ola de decepción e incertidumbre (también de
reagrupamiento) en que ha vivido su antípoda durante los últimos
quince años, y lo ha hecho de tal modo que, al radicalizarse en sus
posiciones, ha conseguido travestir a no pocos simuladores e incautos.
Y como domina los medios y se vale del miedo, compra y pervierte las
conciencias y, ante ese espejo roto, terminamos por no saber quién es
quién. Y esta otra izquierda, la que fue o pudo ser, la solícita, la
light,
la instalada y con diezmo, cambia de casaca y se nos desmedula hasta
la apostasía. Y nuevos dogmas nos llegan y, como era de suponer, lo
hacen en nombre de la democracia, la libertad y los derechos humanos.
Y tanto coinciden entre sí que Bush se casa con Blair y Felipe con
Aznar.
Sobreestimar el papel de los intelectuales y del arte en su relación
con la vida social –que, por otra parte, no es un corpus ajeno a su
desenvolvimiento, sino el lugar de sus posibles pertenencias e
identificaciones–, pudiera conducirnos a nuevos y viejos errores. Yo
no soy partidario de la veneración fanática e incondicional a
determinadas celebridades, por muy imprescindibles que nos resulten a
la hora de bosquejar una cartografía del pensamiento contemporáneo. En
particular en esta época, cuando todo vale a efectos del mercado,
incluso los intelectuales iconoclastas. Un intelectual no es un
profeta infalible. Los de mayor hondura han renegado siempre de esa
condición. Quienes van a determinar el curso de la historia son los
pueblos, a cuya orientación pueden contribuir mucho los pensadores,
los filósofos que estén dispuestos a correr no la suerte de sus
tratados y reflexiones, sino la de las masas en sufrimiento. Y en este
punto, para acercarme aún más a la definición que pides, echo mano de
Tolstoi: «Cada uno llega a la verdad por su propio camino; pero una
cosa debo decir: lo que escribo no son sólo palabras, sino que vivo de
acuerdo con ello, en ello está mi felicidad y con ello moriré.»
Debemos
también respetar el ejemplo y la distinción de los clásicos, pero sin
que esto implique que nos declaremos escolásticos. Creer en la
utilidad práctica del sentido común comporta sus ventajas, como
cuando, a contrapelo del rígido rigor de los nostálgicos, nos sugiere
que es preciso beber de todas las fuentes para hacernos de un
pensamiento y una visión propios. Tan pernicioso es el fanatismo
político como el filosófico o el ideológico. Hay que recuperar el
principio de la duda y el derecho a la selección consciente, entre
otras razones porque nunca nada es igual (Heráclito vivo) a lo que
fue. Y para pensar y discernir, es preciso saber. Y para
saber la educación es, entre todas, la primera y mejor de las
puertas.
¿Cuál debería ser, pues, el diálogo entre
quienes hacen del arte un oficio y la realidad que los rodea?
Entre el
arte y la realidad debe existir permanentemente un diálogo crítico,
pues de no ser así se paralizan el pensamiento y la cultura, o se
divorcian, que también es nocivo para la aplicación de las ideas. Si
la cultura es vida, no veo por qué desconfiar del debate, que la
dinamiza. La fortaleza de una ideología, sea cual sea, se verifica en
la confrontación sistemática con las demás. Por eso debe sospecharse
tanto de quienes adulan a los intelectuales con fines pueriles como de
aquellos que los excluyen debido a un pensamiento anticultural. En
esto el capitalismo tiene una larga historia, al igual que la tuvo el
llamado socialismo burocrático. Pero aquél aventaja a éste en recursos
y métodos sucios. Su orfandad espiritual ha sido históricamente
incuestionable, y su persistencia en el valor del dinero para alcanzar
sus propósitos le es consustancial y siempre lo envilece. Son pocos,
muy pocos, los creadores de valía que han asumido ese sistema como
centro de su pensamiento y su hacer. Provocaría desprecio, y en el
mejor de los casos estupefacción el encontrarse con un poema o una
canción que elogiaran el neoliberalismo, el bloqueo yanqui a Cuba, el
terrorismo de Estado, los otros terrorismos o los bombardeos contra
los pueblos de Irak y Afganistán. A lo sumo, el capitalismo salvaje
(sigo pensando que no hay otro) sólo dispone de algún artículo de
opinión escrito por intelectuales «mediáticos» (y mediatizados), que
justifican y aplauden lo que conviene a Estados Unidos y a sus aliados
reales, principalmente en la llamada gran prensa norteamericana. Una
prensa, por cierto, que encumbra y destruye, según el curso de los
vientos –sólo tenemos que recordar el Watergate–; una prensa que es
sostén y esclava de los intereses hegemónicos. El nazismo, valga el
ejemplo, hizo lo indecible por granjearse la simpatía y los servicios
de artistas y pensadores y, aunque consiguió algunos resultados, no es
menos cierto que nadie recuerda aquellos nombres, como no sea para
denostar de ellos y repudiarlos siempre. La innovadora cineasta Leni
Riefenstahl, conocida como «el ojo de Hitler», jamás consiguió
librarse del estigma de su pasado pro-nazi. Hasta su muerte, ocurrida
el 9 de septiembre de 2003, trató de minimizar sus actos aduciendo que
no fue ella la que llamó al Führer para ofrecerle sus servicios, sino
a la inversa. Poco importa, la gran historia no repara en esta clase
de matices. Por eso es fundamental que el artista se planteé su misión
desde la ética y con absoluta responsabilidad social. En su afán por
negar todo posible mérito al socialismo, la derecha se ha propuesto
equiparar la conducta de algunos intelectuales comunistas con tales
actitudes, pero ha fracasado. Desde la legítima izquierda, la
insobornable, se comenten errores, pero jamás se perdonan los crímenes
ni se comulga con la mentira.
De tus palabras parece deducirse que la derecha
no ha logrado éxitos en el terreno de las ideas. ¿No será que
confundes tus deseos con la realidad?
No, que
los hay, los hay, pero una postura abierta y públicamente derechista
merma las ventas. En lo que el imperialismo sí ha logrado determinados
réditos es en el tráfico de conciencias, con el consiguiente silencio
y la complicidad de algunas voces. Dinero a raudales, becas, cargos
simbólicos y vitalicios (en Cuba los llamamos «botellas»), viajes,
espacios públicos para el reconocimiento y, por qué no, para la
disensión aparente, constituyen algunas de sus fórmulas más
socorridas. Es la seductora coacción del mercado, su dictadura, que
pareciera que lo regula todo, si no supiéramos que también lo mutila y
corrompe. Los casos de México –ahora y en tiempos del PRI– y de
Venezuela –cuando adecos y copeyanos se repartían el poder–, pudieran
ser ilustrativos de los métodos empleados en Latinoamérica por la
clase gobernante para acallar la rebeldía de cierto tipo de
intelectual dependiente e indeciso, y convertirlo en una especie rara,
en algo así como una ameba en su limbo. Y de Europa no digo, bastaría
profundizar en la ruta y la nómina de algunos pronunciamientos y
manifiestos de última hora para llegar a la conclusión de que sólo
bajo una presión insoportable, la del dinero y la fama (ostracismo a
la vista), sería comprensible la actitud de unos pocos intelectuales
que, hasta hace unas horas, se llamaban de izquierda. Da pena verlos
haciendo equipo con histéricos y renegados, con esos pobres de alma
que ganan premios, pero no saben utilizar correctamente un gerundio.
¿Y qué decir de los fantasmas de un pasado culpable, de los
desgarramientos de cualquier vestidura? Que no duden de mí, pareciera
que gritan, yo estaba equivocado, perdón por las lealtades. Y no saben
qué ser, y cada vez son menos.
Pero mucho más trágico que el trasiego de
conciencias, que por lo general es patético, ha sido y es la represión
más despiadada contra los genuinos intelectuales de izquierda. América
Latina también pudiera mostrar un largo rosario de crímenes en este
sentido. A quién culpar de tantísimas muertes, de todas las torturas,
sino al imperialismo y al sistema capitalista mundial, incluyendo a
gobiernos que en Europa, Asia y Norteamérica las consintieron y las
prolongaron con sus actuaciones. ¿Quién va a pagar por el asesinato de
Víctor Jara, si Kissinger ya es Premio Nobel y Pinochet sigue
durmiendo imperturbable su siesta y, además, pretenden que nos creamos
ese cuento infantil de que «el viejo está loco»? Y como Víctor, miles.
Y no sólo de América. ¿Quién mató a David Kelly? ¿Qué le pasa a esa
«izquierda» que perdió la memoria? A esa izquierda que es otra, a esa
izquierda-derecha que ahora vive sin nombre.
En los llamados países del «socialismo real»
desde luego que también se recurrió a fórmulas deleznables para
conseguir el favor o el aislamiento de ciertos intelectuales. En
tiempos del estalinismo, los recursos empleados fueron paralizantes e
imperdonables en un sistema político que, aunque sometido al peor de
los hostigamientos, nunca fue pensado para agredir al pueblo y
esculcar la cultura, sino justamente para fomentarla. La ruptura que
se produjo entre la vanguardia artística y la vanguardia política,
cuya confluencia diera tanto esplendor a la revolución de 1917, devino
un cisma del que jamás se recuperó el Estado soviético. Aquellas
heridas, por mucho que se omitiesen de la historia oficial, jamás
cicatrizaron. Ninguna alfombra, ni siquiera las interminables
alfombras del Kremlin, podía ocultarlas. Eran fantasmas en cuerpo y
alma en el recuerdo de muchos comunistas, y no sólo soviéticos, sino
del mundo entero. La hipocresía fue matando en vida aquella sociedad,
heroica como ninguna en su esfuerzo titánico de construir el
socialismo y derrotar la agresión fascista. Y, mientras, el
imperialismo esperaba agazapado detrás de la puerta, horadando el
dintel, empujando hacia adentro y empujando hacia afuera. Debió ser
muy difícil convivir con aquello y pensar en el mañana.
¿Conociste en persona, de primera mano, los
países del Este europeo y su supuesto socialismo real? Me gustaría
saber qué opinas del tratamiento que aplicó la antigua Unión Soviética
a las diferentes culturas que la constituían.
Por diversas razones viajé en más de una ocasión
a los países del Este europeo –tanto como a España, Italia y México–,
y tuve la suerte, incluso, de visitar varias repúblicas de Asia
Central y de charlar con sus intelectuales, en especial con uno de los
más importantes, el escritor kirguizio Chinguiz Aitmatov, con quien
compartí una noche en la estepa kazaja, mientras él hablaba de su
fobia incurable a los aviones, de la poesía y el cinematógrafo en Asia
Central y del recuerdo brumoso o imaginario que tenía de La Habana.
Las circunstancias en que vivían aquellos territorios eran
completamente distintas a las de Moscú, Leningrado, Kiev, Vilnius,
Riga o Tbilisi, aun cuando las noticias que nos llegan hoy nos hagan
ver tales momentos como días de gloria. Su grado de desarrollo y la
densidad del tiempo histórico eran otros; las diferencias y las
desigualdades cobraban cuerpo y se acentuaban en la misma medida en
que uno se adentraba en los confines de su naturaleza y en los
misterios de su sabiduría. Esto se daba, sobre todo, en las formas
ancestrales de su cultura nómada, donde el realismo socialista tenía
muy poco que hacer. Si extraño era en Lituania, imaginemos lo que
sucedía cuando los comisarios dictaban su catecismo a un pueblo de
pastores. El viejo problema de las nacionalidades nunca fue resuelto
en la URSS, a pesar de que Stalin decretara su solución en escritos y
discursos tan tempranamente como en las postrimerías de los años
veinte, y Jrushov, Brezhnev y todos los líderes fugaces que les
sucedieron lo dieran por superado. La prueba al canto estaría en la
rapidez con que se desintegró la Unión Soviética a partir de que
apareciera la perestroika. Ha sido éste un proceso aleccionador que no
termina aún, y para verificarlo bastaría remitirse a la cuestión
chechena y a otras menos divulgadas por la prensa occidental. La
perestroika fue un fracaso, pero destapó, con la alegría de un circo,
la olla de las vicisitudes que se derivaron de la aplicación de una
política que excluía el respeto a la diversidad como elemento esencial
de la cultura. Ni más ni menos, lo mismo que le ocurrirá (le ocurre
ya) a la globalización neoliberal en su intento por estandarizar la
espiritualidad humana. Su descalabro será/es tan estrepitoso como
vastas han sido y son las dimensiones de su proyecto usurpador.
En aquellos países y territorios jamás afloraba
públicamente una disonancia por insignificante que fuera, y uno sabía
que las masas estaban insatisfechas y que los dirigentes y analistas
políticos no siempre tomaban en cuenta su opinión. Sabíamos más,
sabíamos que aquellas inquietudes también eran manipuladas y alentadas
desde el exterior. Pero la distancia entre los principales
responsables y las bases de la sociedad era aún más abismal, lo que se
agravaba en los países donde el Socialismo no fue el resultado de un
proceso histórico y revolucionario. A tono con esto, recuerdo que me
correspondió realizar una visita a Polonia en vísperas de las
elecciones en las que Solidaridad se hizo por primera vez con el
gobierno. En una función de ballet, debí sentarme junto a un alto
dirigente del Partido Obrero Unificado Polaco y un ministro del
gobierno. Como sabía que las cosas no andaban nada bien para ellos,
les pregunté por separado, entre acto y acto de El lago de los
cisnes,
cómo imaginaban el futuro de su país. El funcionario del Partido me
respondió lacónicamente, como si yo lo importunara con aquella
ocurrencia: «Debemos ganar ampliamente las próximas elecciones», y el
ministro, que era un intelectual de relieve, si mal no recuerdo un
romanista, sonrió y me dijo: «Me he postulado para senador. La próxima
vez que visite Polonia, lo recibiré en la Cámara y tendré más tiempo
para dedicarme a escribir y hablar de literatura». Ninguno de los dos
acertó en absoluto. Vivían tan enajenados de la realidad que
terminaron creyéndose sus propias fantasías y las de sus acólitos.
Ambos presumían de ser intelectuales, y con toda seguridad lo eran,
pero carecían del más elemental sentido práctico. Para ellos, y para
muchos otros que también sucumbieron y ahora son prósperos empresarios
o políticos de carrera, las masas eran una abstracción inanimada, un
rebaño silencioso y nunca una fuerza capaz de poner en peligro su
posición. Y, por si fuera poco, existían la URSS y el Pacto de
Varsovia como garantes de su seguridad. No quiero decir que así fuera
la generalidad de los antiguos funcionarios políticos y
administrativos de Europa del Este, pero era un mal bastante
extendido, al menos entre los que yo conocí. Aquello no podía
continuar como estaba, tenía que derrumbarse por efecto de su propio
desgaste. Hubiera hecho falta una REVOLUCIÓN, pero la perestroika ni
siquiera fue una aspirina. Aún más, hay quienes afirman que fue una
expresión de su agonía, y que Reagan y la Tatcher, con quienes
Gorbachov compartía secretos y bacanales, tiraron de la cuerda. Bien
le va, por cierto, a éste último: hace historias de su propia leyenda
y opina de todo, y ya es millonario.
Pero aquel pasado es historia; de ahí que
podamos analizarlo en detalle. Me pregunto cuál hubiera sido su
desenlace de haber evolucionado de otra manera. No hay por qué pensar
que los fracasos excluyen irremediablemente la victoria, ni viceversa.
En todo caso, prefiero concluir esta idea apropiándome de una frase
del controvertido Ernst Bloch, idea que George Labica califica de
provocación: «El peor de los comunismos vale más que el mejor de los
capitalismos». Otra cosa no vemos.
En cuanto a los intelectuales orgánicos, muchos
dejaron de serlo y su relación con los partidos, incluso estos, se
tornaron rutinarias, formales, sin margen para la participación ni el
debate. A tal punto llegaron las inconsecuencias que, a pesar de la
magnitud de la debacle que se produjo a partir de finales de los
ochenta, no se suscitó una sola acción de resistencia que haya
merecido el reconocimiento de la historia, a no ser aquella ridícula
escaramuza que catapultó a Yeltsin hasta el Kremlin y que careció de
mérito alguno, pues fue más fruto de las veleidades acumuladas por
Gorbachov que de la consistencia ideológica de su sucesor. La
consternación que provocaron aquellos acontecimientos fue tan
anonadante que George Bush padre, por entonces ducho en menesteres de
la otra inteligencia, confesaría en sus memorias, varios años después,
que nunca llegó a imaginar que los cambios previstos (y fomentados por
el imperialismo) transcurrieran con tal pasividad y armonía.
Aquel camino no es precisamente el que deben
proponerse quienes de verdad aspiran a transformar la realidad
imperante en la actualidad. Aunque hay que señalar que tampoco fue el
camino elegido por los honrados de toda una vida, no sólo aquí, en el
«aséptico» Occidente, y sigo en línea con la sentencia de Bloch, sino
allá, en la propia Europa Oriental; de ahí que sea injusto hacer
tábula rasa y culpar de todos los errores posibles a los viejos
intelectuales comunistas cuando de este lado del mundo todos los días
se cuecen habas y se cultiva la injuria y el bochorno que nos depara
la traición. Si de rescatar lecciones se tratara, opino que la
respuesta estaría mucho más en asumir la actitud de Mayakovsky,
Alberti, Nicolás Guillén y Pablo Neruda que la de Evgueni Evtuchenko,
porque, al fin y al cabo, es mejor morir con la conciencia limpia y el
humilde mérito del deber cumplido, que ser eternamente un bufón ni
siquiera capaz de encontrar su corte.
Tu comentario a propósito de la deriva de un
intelectual antaño alabado y hoy bufonesco como Evgueni Evtuchenko me
lleva a preguntarte por tu visión de los intelectuales en la
actualidad.
En resumen, y sin otra pretensión que facilitar
este análisis, estaríamos hablando de cuatro tipos de intelectuales
(tres de ellos tomados de la caracterización que hace Ignacio Ramonet
en sus diálogos con Jorge Halperín) y de su relación con la realidad
social: los
orgánicos,
que algunos descalifican por una parte de la experiencia histórica;
los mediáticos, que, a pesar de su encumbramiento, no cuentan a los
efectos del cambio, pues son hijos predilectos del sistema hegemónico;
los indiferentes,
que tampoco cuentan y cada vez son menos, y los que pudiéramos
denominar
hacedores de un pensamiento crítico,
que se distinguen por su heterogeneidad y su oposición abierta y
militante a la globalización neoliberal. Pero sería necesario
escanciar el vino. No veo por qué no ha de ser posible ser un
intelectual
orgánico,
digamos en un caso como el de Cuba, y estar al mismo tiempo contra el
capitalismo salvaje y participar permanentemente de una reflexión
crítica desde la esencia misma de la Revolución, que entre nosotros
significa también el Partido. De cualquier forma, lo que menos debe
importarnos en esta hora son los distingos etimológicos de genealogía,
pues soy de la opinión de que todo lo que nos divida y distraiga de lo
esencial (la impostergable unidad) favorecerá al imperio (que se
comporta todopoderoso), sin que esto nos conduzca a obviar
internamente el debate y las diferencias útiles.
¿Y en qué consistirían ese debate y esas
diferencias útiles en lo que concierne a la Cuba actual?
En Cuba se debate de todo y a toda hora, incluso
acerca del propio debate. Nosotros no sólo somos analíticos, sino
particularmente extrovertidos, y no por la influencia del trópico, que
es lo que alegan los extraños cuando no nos comprenden, sino porque
encarnamos una mezcla de culturas heterodoxas, como las que dieron
lugar a la España premoderna y al África fundadora de pueblos y
civilizaciones, y porque poseemos conciencia histórica y formamos
parte de una sociedad que no podría existir si no propiciara ese
reflujo permanente de inteligencia y alegría. Los cubanos somos un
parlamento en expansión; de ahí que en esta isla resulte muy difícil
encontrar un ciudadano leal a su patria que no haya tenido la
oportunidad de participar, de una u otra forma, en el proceso
histórico de la Revolución. De no haber sido así, no me explicaría el
heroísmo colectivo frente a las agresiones, que contra nosotros son
permanentes y de todo tipo, ni la abnegación con que asumimos el
desarrollo de un proyecto social que hizo del mejoramiento humano su
razón de ser.
Acá, los intelectuales no observan los
acontecimientos desde la barrera, son copartícipes de la obra social,
y en su actuar cotidiano se comprometen y ejercen su derecho a opinar
y a decidir, algo que, sobre todo en lo que atañe a esto último, les
resulta imposible en otras latitudes, donde, dicho sea de paso, pensar
es cada vez más privativo de quienes detentan el poder o lo amplifican
como portavoces. Desde los albores de la Revolución, se instituyó
entre nosotros una práctica que no ha cesado nunca, y que comporta el
diálogo y la discusión en todos los niveles y con todas las instancias
de la sociedad. Recordemos aquí lo que significó el encuentro de Fidel
con los intelectuales en junio de 1961, en la sala-teatro de la
Biblioteca Nacional. Aquella experiencia no quedó ahí, sino que devino
programática, y desde entonces han sido innumerables los congresos y
reuniones que la han prolongado en el tiempo. Y es que el propio Fidel
es la antítesis de esos jefes de Estado, tan comunes en las anémicas
democracias liberales, que se contentan con leer cuatro metáforas
provistas por algún amanuense, cortar una cinta, y sonreír y sonreír y
sonreír, mientras piensan en cómo escapar a tiempo para que nadie les
espete la verdad en la cara. Fidel es en sí mismo el pensamiento y la
acción, y jamás lo he visto eludir un tema en sus reuniones con los
intelectuales o con los representantes de cualquier otro sector de
nuestra sociedad.
Desde
hace la friolera de más de treinta años vengo asistiendo a encuentros
en los que se debate acerca de asuntos de la mayor trascendencia para
el presente y el porvenir de mi país e, incluso, del mundo, porque los
cubanos también tenemos conciencia de nuestro tiempo y de nuestro
lugar en la historia, Y en ese ver y hacer ininterrumpidos, he
conocido a escritores y artistas preocupados (y ocupados, que es lo
más importante) por el destino de las nuevas generaciones; la
identidad nacional; la repercusión de los fenómenos que acompañan a la
globalización y la necesidad de afrontarlos desde la sociedad en su
conjunto; los peligros de la corruptela; la frivolidad contagiosa de
los medios de comunicación, incluido el cine; la salud; el azote
mundial del SIDA; el mejor uso de nuestros recursos intelectuales; la
universalización del saber (en un país como éste, que es un aula
total); las diferencias y desigualdades económicas; la ineficiencia de
esta o aquella institución y, también, cómo no si hablamos de cultura,
los he visto abundar en la especificidad del arte; en el valor
patrimonial de un inmueble; en el cuestionamiento de un proyecto
arquitectónico que niega o empobrece nuestra identidad y en cuya
decisión de erigirlo intervino cualquier cosa menos el conocimiento...
Y esas opiniones, generalmente alentadas por una receptividad que las
propicia, siempre han sido expresadas con absoluta libertad, pues su
afán no es el descrédito, sino la perfección de una obra que amamos
porque sabemos nuestra. ¿Qué es esto, sino un signo inequívoco de
madurez y democracia, y una expresión concreta de la relación que debe
existir entre el arte, sus hacedores y la vida social?
Por último, permíteme referirme a la
contradicción irreconciliable y verdaderamente estratégica que nos
impone el imperialismo con sus políticas incivilizadas de acoso y
terrorismo de Estado. Me refiero, por supuesto, al «ser o no ser» de
los cubanos, no sólo en las actuales circunstancias, sino como parte
de un dilema que tiene raíces históricas: en Cuba, estar a favor del
imperialismo, equivale a estar contra la Revolución. Es algo que no
admite concesiones, ni siquiera en “un tantito así”, como señalara el
Che con su proverbial elocuencia. No hay otro modo de ver un asunto
como éste, en el que la permanencia de la Revolución implica la
existencia y continuidad de la nación cubana. Si se parte de esta
premisa y se coincide en lo esencial y determinante, yo diría que todo
lo demás es secundario, por muy trascendente que sea o nos parezca.
¿Y cuál sería la misión de los intelectuales en
esta hora? ¿Y la del arte?
La gran misión de los intelectuales y el arte de
nuestro tiempo, en su relación con la vida social, es la de
constituirse en parte indisoluble de las alternativas al modelo
socio-económico prevaleciente. Y tales alternativas deberían confluir
cada vez más en una opción coherente y firme frente a la embestida
imperialista. No es conformándonos con remiendos ocasionales como
vamos a detener el auge neofascista, la ignorancia, la insalubridad,
la pobreza, la falta de libertades, la guerra y el saqueo
generalizado. Esta lucha se ha de asumir como de vida o muerte, pues
de eso se trata. Y aunque también es verdad que los intelectuales por
sí solos no van a transformar el mundo, sí pueden hacer mucho por
dotar a las masas de la claridad y la capacidad necesarias para
alcanzar ese imperativo ineludible que es la victoria. No envilecerse,
pedía José Martí, sino trascender hasta los que crean y fundan. Y
habría que estar dispuesto a sacrificarlo todo en una batalla que es
primordialmente ideológica, pero que no excluye ni el plomo ni el
fuego, según la latitud en que se libre y los fundamentos que la
sustenten. «Hay que dotar de conceptos a la ira», nos ha dicho Noam
Chomsky, y la misión del intelectual contemporáneo debería pasar
siempre por este desafío a su inteligencia y a su perseverancia.
Vivimos en un mundo viejo que se nos manifiesta
como nuevo. Somos parte de la gran paradoja. Y para explicar este
mundo, es prerrequisito vivirlo con intensidad, como alguna vez nos
advirtiera el gran novelista y pensador cubano Alejo Carpentier, cuyo
ejemplo de fidelidad a la cultura de los pueblos de América aún está a
la espera de mejores estudios. Si sabemos que el arte no es
propaganda, eso significa que tal especificidad no puede ser soslayada
ni instrumentalizada desde el poder o la política. La mejor
contribución de un artista a su pueblo es, precisamente, el aporte
inestimable de su obra.
¿Rechazas, pues, la noción del arte por el arte?
La idea peregrina de vivir incontaminado en una
torre de marfil que, por otra parte, siempre ha sido un punto de vista
decadente y reaccionario, ha sido superada por la práctica y por la
historia universal de la cultura. Los puristas tienen poco que hacer
cuando se sabe que el mismo día en que tuvo lugar el despreciable
ataque al World Trade Center en Nueva York, donde murieron más de tres
mil ciudadanos indefensos, en el Sur del mundo fallecían diez veces
más niños por inanición y enfermedades prevenibles. De estos últimos,
ahora que acaba de transcurrir septiembre, casi nadie habla, mientras
que de aquellos, inocentes también, sabemos poco menos que todo.
Definitivamente, Manuel, vivimos en una época tan ideologizada, pero
tan ideologizada, que hasta el olvido es culpable. Y a quienes hemos
convertido el trabajo intelectual en un oficio, entre otros deberes,
nos tocaría no perder la memoria.