|
Texto
presentado en el IV Congreso Internacional Cultura y Desarrollo. La
Habana, 8 de junio de 2005
La industria de
la cultura en la era de la banalización

Manuel Talens
En su texto Sobre ciencia
moderna y posmoderna, el filósofo y profesor español Quintín
Racionero cuenta cómo el pintor Marcel Duchamp, que durante su etapa
dadaísta produjo objetos de uso común desligados de su contexto
inicial –el ejemplo más célebre de estos es el orinal de porcelana–,
se quejó cuatro décadas después, ya en los 60, de que los neodadaístas
del pop art elogiasen la belleza estética de tales objetos.
“Les arrojé un orinal a la cara, como un desafío”, dijo amargamente
Duchamp, “y ahora lo admiran e imitan”.
Con independencia de que la supuesta intención revolucionaria con la
que había concebido el orinal suene a falso en estas palabras de
Duchamp, puesto que no lo arrojó a la cara de nadie, sino que lo colgó
en un museo, que es el lugar sacrosanto de la corrección política en
el arte, esta anécdota enlaza a la perfección con el razonamiento de
Umberto Eco en sus Apostillas a “El nombre de la rosa”, a
saber, que las vanguardias, al pretender la ruptura con todos los
códigos artísticos de legitimación y plantearse a sí mismas como
alternativas al arte heredado del ayer, pero sin someterse a otro
criterio que al de la propia producción artística, fracasaron de forma
estrepitosa. El error que cometieron, sigue Racionero, citando para
ello a Nietzsche, es que toda pretensión de autarquía implica un
ejercicio de nihilismo y el nihilismo es, por encima de todo, un hueco
que se deja libre para que en él se inserten fuerzas incontrolables.
En este ejemplo, una vez desaparecido el valor de uso estético
que el orinal solo habría podido tener en el caso de que Duchamp se lo
hubiese planteado como un arma política, no como un objeto
despolitizado, el hueco creado por el nihilismo dadaísta fue
sustituido de inmediato por la lógica del valor de cambio que el
capitalismo asigna a los productos artísticos. Y, así, el orinal se
convirtió en sublime obra de arte del siglo XX y su valor de salida en
las subastas alcanzó el millón de dólares. El círculo estaba cerrado:
el arte, desprovisto de motivación, es solo un objeto de consumo.
Con lo cual entramos de lleno en los argumentos que quiero desarrollar
durante los próximos minutos, es decir, que el destino del arte
apolítico –el denominado arte por el arte, la belleza pura “en terreno
de nadie”– consiste en dejarse domesticar por esa gran máquina
trituradora, homogeneizadora y de producción teledirigida de sentido
que es el Capital.
No es ninguna casualidad si el arte en el mundo globalizado actual se
caracteriza mayoritariamente por su banalización, puesto que está en
manos, también mayoritariamente, de la denominada industria de la
cultura –y recalco aquí la palabra industria–, que ejerce un “control
absoluto de todo el proceso de producción artística”, desde el
“material de soporte” de cualquier obra hasta los medios de
comunicación en que ésta será valorada, pasando por la elección del
artista, que se verá otorgar el “privilegio” de pertenecer a tal o
cual sello, y por la censura previa de todo discurso que ponga en
entredicho el carácter de mercancía del producto final, que es, como
acabo de señalar, un objeto de consumo, comercializable y vendible al
mismo título que una silla, un perfume o una lavadora. En tales
condiciones de castración política o revolucionaria de la obra
artística, el arte pasa a ser puro entretenimiento, objeto pasivo,
transmisor de ideología capitalista destinada a perpetuar un estado de
cosas en el que lo fundamental es la plusvalía que se obtiene de su
intercambio, sin otro objetivo que la propia plusvalía.
El corolario de esta banalización del arte es
una ausencia de cualquier deseo de trascender. Al haber perdido su
carácter revulsivo para convertirse en objeto de consumo, su valor se
agota en el propio acto de la consumición, lo cual entra dentro de la
lógica inacabable del capitalismo, cuya constante necesidad de
plusvalía lo obliga a una permanente renovación de sus productos,
destinados desde su concepción a ser tan efímeros los unos como los
otros. Como ejemplo diáfano de esto que digo, la industria de la
cultura produce en España más de cincuenta mil títulos de libros por
año. Si consideramos que mi país no se caracteriza por grandes índices
de lectura y que el mercado natural de exportación de tales libros es
Latinoamérica, un subcontinente que no puede comprarlos en grandes
cantidades debido a la crisis económica en que está sumido, la
producción de cincuenta mil títulos –que según Greenpeace en el año
2002 alcanzó los 275,6 millones de ejemplares y consumió 25 505
toneladas de papel, para el que fue necesario cortar 357 081 árboles–
son un auténtico despilfarro de un engranaje que gira sin fin: buena
parte de ellos terminan como papel picado.
Pero la cosa no se detiene en el despilfarro, pues la industria de la
cultura ha aprendido la lección de la sociedad basada en el consumo y
sabe que, en nuestra época posmoderna, para vender algo hace falta
darle una imagen. Razones históricas diversas hacen que el arte siga
teniendo entre nosotros un aura de rebeldía y, por ello, la industria
de la cultura no solo ha adoptado esa aura de rebeldía para sus
productos, sino que, al darse cuenta de que ayuda a vender, la
provoca, la inventa como valor añadido, como valor de marca. Así, el
orinal de Duchamp ya nunca más será un orinal, sino un duchamp.
Un lienzo torpemente ensuciado por Tàpies no será un trapo sucio, sino
un tàpies, y así sucesivamente.
El aura se consigue a través de campañas publicitarias encubiertas
bajo forma de los propios medios de comunicación, es decir, a través
del simulacro. Si en la Modernidad surgida del Renacimiento lo que el
arte buscaba era la representación del mundo tal como supuestamente
era, en la actual Posmodernidad lo que busca la industria de la
cultura –que hoy se ha arrogado la voz por la que habla el arte– es la
simulación del mundo tal como el capitalismo desea que los demás lo
perciban, y ello con el fin de crear una ilusión de verdad acorde con
los objetivos de la plusvalía, que son el común denominador de la
industria de la cultura. El simulacro, pues, consiste en la falsa e
intencionada representación del mundo desde la autoconciencia de su
falsedad. La Modernidad representaba lo que suponía verdadero (incluso
si no lo era); la Posmodernidad simula que representa lo que supone
verdadero, algo que, evidentemente, no supone. Se trata por lo tanto,
de una doble mentira. En el primer caso, la sensibilidad creadora
patente en la obra moderna estimulaba su posesión: el objetivo era el
goce estético; en el segundo, la posesión de la obra posmoderna no
tiene nada que ver con la obra en sí misma, sino con la firma; el
objetivo es el goce económico.
Naturalmente, para que todo esto suceda es necesaria la complicidad
del artista. Sin complicidad no existe el simulacro. Pero la capacidad
de corrupción del capital es inmensa y nunca faltan artistas
dispuestos a poner su praxis al servicio del orden dominante.
¿Ejemplos? Hay muchos. En el terreno de la literatura, Mario Vargas
Llosa se encarga desde hace años con su magnífica prosa de justificar
ideológicamente en el mundo hispano el pensamiento único. Claro está,
Vargas es un gran escritor y no todos los posibles lectores están al
alcance de su discurso, pero eso la industria de la cultura lo suple
con diferentes gradaciones de calidad: en la escala del más al menos,
arriba estaría Vargas y, abajo, para los semianalfabetos, artistas del
pelaje de Zoé Valdés. Ambos cumplen la misma función y reciben el
mismo apoyo mediático, pues una de las características que vinculan a
estos practicantes del simulacro capitalista es la insistente
machaconería con que los medios convencionales les sirven de
escaparate.
En el terreno de la música popular pasa igual: tanto el jazz, como el
rock o el rap que hoy difunde la industria de la cultura son productos
de consumo sin mordiente revolucionaria. Wynton Marsalis o Norah Jones
están tan lejos de Charlie Parker o Miles Davis como Mario Vargas
Llosa puede estarlo de Gabriel García Márquez. Y lo curioso es que
estos “artistas” suelen presentarse a sí mismos como paladines del
Bien. En el último artículo de Vargas Llosa, aparecido hace unos días
en la prensa y titulado “Voluntad de morir”, las palabras progreso,
justicia, libertad y democracia aparecen ya de entrada en el primer
párrafo como objetivo ético del autor. Otro ejemplo: no sé si ustedes
conocen a un cantante español llamado Alejandro Sanz, que vive en
Miami y que ahora presume de implicación política porque en su último
disco ataca a Cuba. Lo curioso es que también ha atacado a Venezuela:
cuando los empresarios venezolanos organizaron –y después perdieron–
el referéndum contra Chávez, Sanz afirmó que si a él le pidiesen que
dejase de cantar por el mismo método, lo haría, porque en la vida hay
que ser honrado. Dicho y hecho, de inmediato se montó una campaña
internacional de firmas por internet para pedirle que se fuera al
carajo, pero no lo hizo.
Frente a un estado de cosas como esta, con una industria de la cultura
que controla todo el proceso de producción, el artista que desea crear
un arte revolucionario lo tiene difícil, pero eso no quiere decir que
no deba intentarlo. Dado que este foro de hoy se plantea como una
denuncia de los instrumentos neoliberales de dominación y nos pone a
los participantes ante el reto de ofrecer alternativas, quiero
destacar aquí el ejemplo de dos amigos míos, el uno pintor y
realizador de cine y el otro músico de jazz.
El primero de ellos es Abbé Nozal, un pintor español que se ha
mantenido siempre al margen del mercadeo puro y duro de los galeristas.
Estos conocen el medio –faltaría más– y dicen que trabajan con los
artistas, que arriesgan con las tendencias y que venden arte, pero no
es cierto. Trabajan con sumisos lacayos, no arriesgan nunca y lo que
venden son “productos-firmados”. Los galeristas son comisionistas,
viven de un porcentaje. En tales condiciones, suenan a hueco palabras
como sensibilidad, emoción, ternura, etc. Nozal, como digo, no quiere
saber nada de ellos ni de los politicastros del poder y, por supuesto,
ha pagado el precio de una ausencia absoluta de los ambientes
oficiales del arte en España. Siendo, como es, uno de los pintores más
importantes de mi país, sencillamente no existe ni en museos ni en
exposiciones itinerantes del gobierno ni en los medios de
comunicación. Porque una de las facetas más perversas de la industria
de la cultura es su capacidad de ninguneo. Quien molesta, desaparece.
Pero no es de su faceta como pintor marginal de lo que quiero hablar
hoy aquí, sino de otra, porque Abbé Nozal es asimismo director de
cine. Acaba de firmar un corto, La canción de Marta, ya
seleccionado y presentado en varios festivales, que es un ataque
frontal a uno de los iconos de la pintura abstracta española, Antoni
Tapiès, “pintor oficial” del gobierno de Cataluña y embaucador de
primera línea, según Abbé Nozal.
Una de las características imprescindibles del arte como combate es la
necesidad absoluta de personalizar los disparos simbólicos, ya que las
generalizaciones son pólvora mojada, pues sólo sirven para que nadie
se dé por aludido. La canción de Marta apunta de manera
inequívoca la cámara contra Antoni Tapiès y le lanza un misil
ideológico. Por ello, es pura lucha, guerrilla del celuloide, denuncia
desgarradora del trasfondo del mundo oficial del arte como comercio y
como simulacro, realizada con la mejor fotografía posible, con la
mejor interpretación posible, con los mejores medios técnicos posibles
y con la mejor música posible para envolver bien el mensaje con el fin
de que éste llegue como una píldora bien engrasada hasta el fondo del
estómago del espectador... y, una vez allí, reviente.
El segundo ejemplo de artista comprometido con su tiempo y no con el
capital es el saxofonista israelí Gilad Atzmon, quien, además, es
escritor –acaba de publicar su segunda novela– y articulista en
internet: yo he traducido muchos de sus textos para el sitio web
www.rebelion.org. Atzmon es un marxista radical, autoexiliado en
Londres, crítico furibundo del sionismo y de los aparatos
institucionales del Estado de Israel y rabioso defensor del pueblo
palestino, que ha puesto su instrumento y su pluma al servicio de la
causa. Su grupo, The Orient House Ensemble, es una amalgama de judíos
y palestinos. En un disco anterior, titulado Exile, cometió el
sacrilegio de interpretar música tradicional judía con letra árabe. El
último, que acaba de aparecer, se titula Musik, con K. Según ha
confesado Atzmon en una reciente entrevista a una revista madrileña de
jazz, para él Music, con c final, representa el mantenimiento de la
hegemonía, del poder; en cambio MusiK, con K mayúscula, es la búsqueda
de la belleza. “Diferencio entre la ‘K’, la búsqueda estética, y la
‘c’, que es la transformación de la estética en un efecto material, en
algo comercial, la misma diferencia entre Kultur y culture.”
Ni qué decir tiene que Gilad Atzmon considera que “el jazz ya no lucha
por la libertad como un movimiento político [de liberación de los
negros oprimidos por una sociedad blanca]… y tampoco apunta a la
libertad como actividad musical.” ¿Por qué?, se pregunta Atzmon, y se
responde: “Porque vivimos en una era muy orquestada desde el punto de
vista comercial. Producimos música cuya apreciación se refleja en su
mérito comercial.” Atzmon, con una lectura materialista de su oficio,
pone el dedo en la llaga de la enfermedad que aqueja al arte hoy en
día: la subordinación al capital.
Estos dos ejemplos –y podría poner un tercero en el terreno de la
literatura, el de mi última novela, aún inédita, pero no deseo
incurrir en promociones personales– constituyen sendas vías de posible
expresión artística ajena a consideraciones comerciales como objetivo
último y me parecen una alternativa correcta a la de la industria de
la cultura. Ojo, no estoy diciendo que el artista no deba vivir de su
arte, sino que idealmente no debería subordinarlo a la plusvalía.
Existen, por supuesto, alternativas, no hay que pensar que la batalla
está perdida de antemano. Son difíciles, más complicadas de llevar a
cabo y están siempre sometidas al riesgo de ataque por parte del
capital, que no tolera el éxito fuera de la lógica de la plusvalía.
Los cubanos aquí presentes saben muy bien que el hecho de salirse del
camino trazado e intentar uno nuevo –como hicieron hace cuarenta y
cinco años– no solo está mal visto, sino que además es peligroso. Eso,
aplicado al arte, también sucede: el artista que decide salirse del
camino trazado por la industria de la cultura será asimismo un artista
mal visto por los medios de comunicación que esta controla y,
probablemente, su carrera se verá plagada de obstáculos, pero hoy
existen medios de saltárselos, que discutiremos en unos momentos,
cuando pasemos al diálogo, con preguntas y respuestas. Muchas gracias
a todos.

SI DESEA LEER ESTA RESEÑA EN EL SITIO WEB DE
REBELIÓN, PULSE SOBRE LA IMAGEN
|
15 de junio de 2005 |
|
Texte
presenté au IV Congreso Internacional Cultura y Desarrollo. La Havane,
le 8 juin 2005
La industrie de
la culture dans l'ère de la banalisation

Manuel Talens
Traduit de
l'espagnol par Alain de Cullant
Dans son texte
Sobre ciencia moderna y posmoderna
(Sur la
science moderne et postmoderne),
le philosophe et professeur espagnol Quintín Racionero conte comment
le peintre Marcel Duchamp, qui durant son étape dadaïste a produit des
objets d'utilisation commune déliés de leur contexte initial -
l'exemple le plus célèbre est un pot de chambre de porcelaine - , il
s'est plaint quatre décennies ensuite, dans les années 60, quand les
néo-dadaïstes du pop-art faisaient l'éloge de la beauté esthétique de
tels objets. "Je vais leur jeter le pot de chambre à la figure, je
l'ai fait comme un défi", dit amèrement Duchamp, "et maintenant ils
l'admirent et l'imitent".
Indépendamment du fait que la supposée
intention révolutionnaire avec laquelle il avait conçu le pot de
chambre sonne faux dans les paroles de Duchamp, puisqu'il ne le jeta
pas à la figure de personne, mais qu'il est accroché dans un musée, le
lieu sacro-saint de la correction politique dans l'art. Cette anecdote
relie à la perfection le raisonnement d'Umberto Eco dans ses
Apostilles du "Au nom de la rose", à savoir, que les avant-gardistes
fracassèrent de façon retentissante, ceux-ci prétendant à la rupture
avec tous les codes artistiques de légitimation et se plantant eux-mêmes
comme alternatives de l'art hérité d'hier, mais sans se soumettre à un
autre critère que celui de la propre production artistique. L'erreur
qu'ils ont commis, continue Racionero,
citant pour cela Nietzsche, est que toute prétention d'autarcie
implique un exercice de nihilisme et le nihilisme est, avant tout, une
cavité qui reste libre pour qu'en elle s'insèrent des forces
incontrôlables. Dans cet exemple, une fois disparue la valeur
d'utilisation esthétique que le pot de chambre peut seulement avoir
dans le cas où Duchamp s'en serai servi comme une arme politique, non
comme un objet dépolitisé, la cavité créée par le nihilisme dadaïste a
été remplacée immédiatement par la logique de la valeur de changement
que le capitalisme assigne aux produits artistiques. Ainsi, le pot de
chambre s'est transformé en une sublime œuvre d'art du XX ème siècle
et sa valeur, qui à la sortie des enchères, a atteint le million de
dollars. Le cercle était fermé : l'art, dépourvu de motivation, est
seulement un objet de consommation.
Et par conséquent nous entrons dans
les arguments que je veux développer durant les prochaines minutes,
c'est-à-dire, que le destin de l'art apolitique - l'art appelé art, la
beauté pure "sur le terrain de personne" - consiste à se laissé
domestiquer par cette grande machine broyeuse, homogénéisatrice et de
production télécommandée de sens qu'est le Capital.
Ce n'est pas un pur hasard si l'art
dans le monde globalisé actuel se caractérise majoritairement par sa
banalisation, puisqu'il est majoritairement entre les mains de
l'appelée industrie de la culture - je souligne ici le mot industrie -
. Celle-ci exerce "un contrôle absolu de tout le processus de
production artistique", depuis le "matériel de support" de toute œuvre
jusqu'aux moyens de communication dans lesquels celle-ci sera évaluée,
en passant par l'élection de l'artiste, qui se verra accorder le "privilège"
d'appartenir à tel ou tel sceau, et par la censure préalable de tout
discours qui met en interdiction le caractère de marchandise du
produit commercialisable et vendable au même titre qu'une chaise, un
parfum ou une machine à laver. Dans de telles conditions de castration
politique ou révolutionnaire d'une œuvre artistique, l'art devient pur
divertissement, objet passif, transmetteur d'idéologie capitaliste
destiné à perpétuer un état de choses dans lequel l'essentiel est la
plus-value qui est obtenue de son échange, sans autre objectif que la
plus-value elle-même.
Le corollaire de cette banalisation
de l'art est une absence de tout désir de transcender. En ayant perdu
son caractère révulsif pour se transformer en un objet de consommation,
sa valeur s'épuise est épuisé dans le propre acte de la consommation,
lequel entre dans la logique interminable du capitalisme, dont la
constante nécessité de plus-value l'oblige à une rénovation permanente
de ses produits, destinés depuis leur conception à être aussi
éphémères les uns comme les autres. Comme exemple diaphane de ceci,
l'industrie de la culture produit, en Espagne, plus de cinquante mille
titres de livres par an. Si nous considérons que mon pays ne se
caractérise pas par de grands indices de lecture et que le marché
naturel d'exportation de tels livres est Amérique Latine, un sous-continent
qui ne peut pas les acheter en grandes quantités étant donné la crise
économique dans lequel il est plongé. La production de cinquante mille
titres - qui selon Greenpeace durant l'année 2002 a atteint les 275.6
millions d'exemplaires et a consommé 25.505 tonnes de papier, pour
laquelle il a été nécessaire l'abattage de 357.081 arbres, ceci est
l'authentique gaspillage d'un engrenage qui tourne sans fin : une
bonne partie de ces livres terminent comme papier trituré.
Mais la chose ne s'arrête pas dans
le gaspillage, car l'industrie de la culture a appris la leçon de la
société basée sur la consommation et sait qu'à notre époque
postmoderne, pour vendre quelque chose, il faut lui donner une image.
Diverses raisons historiques font que l'art continue à avoir, entre
nous, une aura de rébellion et, pour cette raison, l'industrie de la
culture non seulement a adopté cette aura de rébellion pour ses
produits, mais, en se rendant compte que cela aide à vendre, la
provoque, elle l'invente comme valeur ajoutée, comme valeur de marque.
Ainsi, le pot de chambre de Duchamp ne sera jamais plus un pot de
chambre, mais un duchamp. Une toile maladroitement salie par Tàpies ne
sera pas un chiffon sale, mais un tàpies, et ainsi de suite.
L'aura est obtenue au travers des
campagnes publicitaires dissimulées sous la forme des moyens de
communication eux- mêmes, c'est-à-dire, à travers le simulacre. Si
dans la Modernité, apparue de la Renaissance, ce que l'art cherchait
était la représentation du monde comme il était hypothétiquement, dans
l'actuelle Postmodernisme ce que cherche l'industrie de la culture –
qui s'est fait aujourd'hui la voix par laquelle parle l'art - est la
simulation du monde comme le capitalisme souhaite que les autres le
perçoivent. Cela afin de créer une illusion de vérité en accord avec
les objectifs de la plus-value, qui sont le dénominateur commun de
l'industrie de la culture. Le simulacre, donc, consiste en la
représentation fausse et intentionnée du monde depuis l'auto
conscience de sa fausseté. La Modernité représentait ce qui supposait
être vrai (même si elle ne l'était pas) ; le Postmodernisme simule
qu'elle représente ce qui est suppose vrai, par quelque chose qui,
évidemment, il ne suppose pas. Il s'agit par conséquent, d'un double
mensonge. Dans le premier cas, la sensibilité créative, patente dans
l'œuvre moderne, stimulait sa possession : l'objectif était la
jouissance esthétique ; dans deuxièmement, la possession de l'œuvre
postmoderne n'a rien à voir avec l'œuvre elle-même, mais avec la
signature ; l'objectif est la jouissance économique.
Naturellement, pour que tout ceci
arrive, la complicité de l'artiste est nécessaire. Sans complicité il
n'existe pas de simulacre. Mais la capacité de corruption du capital
est immense et il ne manque jamais d'artistes disposés à mettre sa
praxis au service de l'ordre dominant. Des exemples ? Il y a beaucoup.
Dans le terrain de la littérature, Mario Vargas Llosa se charge depuis
des années avec sa magnifique prose de justifier idéologiquement, dans
le monde hispanique, la pensée unique. Ceci est clair, Vargas est un
grand écrivain et non tous les possibles lecteurs sont à la portée de
son discours, mais cela l'industrie de la culture le supplée avec
différentes gradations de qualité : dans l'échelle de plus au moins,
en haut serait Vargas et, vers le bas, pour les demi-analphabètes, des
artistes du poil de Zoe Valdés. Tous les deux accomplissent la même
fonction et reçoivent le même appui médiatique, parce qu'une des
caractéristiques qui lient ces pratiquants du capitaliste simulacre
est le rabâchage insistant avec laquelle les moyens conventionnels
leur servent de vitrine.
Sur le terrain de la musique
populaire, il se passe la même chose : tant le jazz, comme le rock ou
le rap, que diffuse aujourd'hui l'industrie de la culture, sont des
produits de consommation sans mordant révolutionnaire. Wynton Marsalis
ou Norah Jones sont aussi loin de Charlie Parker ou Mille Davis comme
Mario Vargas Llosa peut l'être de Gabriel García Márquez. Et ce qui
est curieux, c'est que ces "artistes" se présentent généralement eux-mêmes
comme les paladins du Bien. Dans le dernier article de Vargas Llosa,
apparu il y a quelques jours dans la presse et intitulé " Voluntad
de morir " (La volonté de mourir), les mots progrès,
justice, liberté et démocratie apparaissent déjà d'entrée dans le
premier paragraphe comme l'objectif moral de l'auteur. Autre exemple :
je ne sais pas si vous connaissez à un chanteur espagnol appelé
Alejandro Sanz, vivant à Miami, celui-ci est maintenant un présumé
chanteur d'implication politique car dans son dernier disque il
attaque Cuba. Ce qui est curieux est qu'il a aussi attaqué le
Venezuela : quand les chefs d'entreprise vénézuéliens organisèrent -
et ensuite perdirent - le référendum contre Chávez, Sanz a affirmé que
si on lui demandaient de cesser de chanter par la même méthode, il le
ferait, car dans la vie il faut être honnête. Aussitôt dit, aussitôt
fait, une campagne internationale de signatures se monta immédiatement
sur Internet pour lui demander " que se fuera al carajo "
(qu'il aille au diable), mais il
ne le fit pas Face à cet état de chose, avec une industrie de la
culture contrôlant tout le processus de production, ce n'est pas
facile pour un artiste qui souhaite créer un art révolutionnaire, mais
cela ne veut pas dire qu'il ne doive pas l'essayer. Puisque le forum
d'aujourd'hui se plante comme une dénonciation des instruments néo-
libéraux de domination et qu'il met les participants devant le défi
d'offrir des alternatives, je veux souligner ici l'exemple de deux de
mes amis, l'un est peintre et réalisateur de cinéma et l'autre
musicien de jazz.
Le premier d'entre eux est Abbé
Nozal, un peintre espagnol qui s'est toujours maintenu en marge de la
commercialisation pure et dure des galeristes. Ceux-ci connaissent le
milieu, ils disent qu'ils travaillent avec les artistes, qu'ils se
risquent avec les tendances et qu'ils vendent de l'art, mais cela est
faux. Ils travaillent avec des laquais soumis, ils ne se risquent
jamais et ce qu'ils vendent sont des "produit signé". Les galeristes
sont des commissionnaires, ils vivent d'un pourcentage. Dans de telles
conditions, des mots comme sensibilité, émotion, tendresse, etc.
sonnent creux. Nozal, comme je le disais, ne veut rien savoir d'eux ni
des politicards au pouvoir et, évidemment, il a payé le prix d'une
absence absolue dans les sphères officielles de l'art en Espagne.
Etant l'un des peintres les plus importants de mon pays, simplement il
n'existe ni dans les musées ni dans les expositions itinérantes du
gouvernement ni dans les moyens de communication. Parce qu'une des
facettes les plus perverses de l'industrie de la culture est sa
capacité de taire, de dissimuler. Celui qui moleste, il disparaît.
Mais je ne voudrai pas parler de sa
facette comme peintre marginal aujourd'hui, mais de l'autre, car Abbé
Nozal est aussi directeur de cinéma. Il vient de signer un court-métrage,
La canción de Marta (La chanson de Marta), déjà choisi et présenté
dans plusieurs festivals. Ce court-métrage est une attaque frontale à
l'un des icônes de la peinture abstraite espagnole, Antoni Tapiès, "peintre
officiel" du gouvernement de Catalogne et enjôleur de première ligne,
selon Abbé Nozal.
L'une des caractéristiques
indispensables de l'art comme combat est la nécessité absolue de
personnaliser les salves symboliques, puisque les généralisations sont
poudre mouillée, parce qu'elles servent seulement pour que personne ne
soit considéré comme allusion. La chanson de Marta pointe de manière
évidente la camera contre Antoni Tapiès et lui lance un missile
idéologique. Pour cette raison, c'est une lutte pure, une guérilla du
celluloïd, une dénonciation déchirante du monde officiel de l'art
comme commerce et comme simulacre, réalisée avec la meilleure
photographie possible, avec la meilleure interprétation possible, avec
les meilleurs moyens techniques possibles et avec la meilleure musique
possible pour bien envelopper le message afin que celui-ci arrive
comme une pilule bien lubrifiée jusqu'au fonds de l'estomac du
spectateur... et, une fois là, éclate.
Le second exemple d'artiste
compromis avec son temps et non avec le capital est le saxophoniste
israélien Gilad Atzmon, qui, en outre, est écrivain - il vient de
publier son second roman - et chroniqueur sur Internet : j'ai traduit
beaucoup de ses textes pour le site web
www.rebelion.org . Atzmon est une marxiste radicale, auto exilé à
Londres, un furieux critique du sionisme et des instruments
institutionnels de l'État d'Israël et un furieux défenseur du peuple
palestinien, il a mis son instrument et sa plume au service de la
cause. Son groupe, The Orient House Ensemble, est un amalgame de juifs
et de palestiniens. Dans un disque précédent, intitulé Exile,
il a commis le sacrilège d'interpréter de la musique traditionnelle
juive avec des paroles arabe. Le dernier disque qui vient d'apparaître,
s'intitule MusiK, avec un K. Comme l'a confesser Atzmon dans
une entrevue récente à une revue madrilène de jazz, pour lui Music,
avec c final, représente le maintien de l'hégémonie, du pouvoir ; par
contre MusiK, avec K majuscule, est la recherche de la beauté. "Je
différencie entre le ‘K', la recherche esthétique, et le ‘c', qui est
la transformation de l'esthétique dans un effet matériel, quelque
chose commercial, la même différence entre Kultur et culture". Sans
dire que Gilad Atzmon considère que "le jazz ne lutte déjà plus pour
la liberté comme un mouvement politique [de libération des noirs
opprimés par une société blanche]... et il ne tend pas non plus à la
liberté comme activité musicale." Pourquoi ?, se demande Atzmon, et il
répond : "Parce que nous vivons
dans une ère très orchestrée du point de vue commerciale. Nous
produisons de la musique dont l'appréciation se reflète dans son
mérite commercial." Atzmon, avec une lecture matérialiste, met le
doigt sur la blessure qui afflige l'art de nos jours : la
subordination au capital.
Ces deux exemples - et je pourrais
en citer un troisième sur le terrain de la littérature, celui de mon
dernier roman, pas encore édité, mais je ne désir pas encourir à des
promotions personnelles - constituent des chemins de possible
expression artistique étrangère à des considérations commerciales
comme dernier objectif et ils me paraissent une alternative correcte à
celle de l'industrie de la culture. Je ne dis pas que l'artiste ne
doive pas vivre de son art, mais qu'idéalement, il ne devrait pas le
subordonner à la plus-value.
Il existe, évidemment, des
alternatives, il ne faut pas penser que la bataille est perdue à
l'avance. Celles-ci sont difficiles, plus compliquées de mener à bien
et elles sont toujours soumises au risque d'attaque par le capital,
qui ne tolère pas le succès hors de la logique de la plus-value. Les
cubains ici présents savent très bien que le fait de sortir du chemin
tracé et essayer un nouveau - comme ils le font depuis quarante-cinq
ans - non seulement est mal vu, mais en outre dangereux. Cela,
appliqué à l'art, arrive aussi : l'artiste qui décide de sortir du
chemin tracé par l'industrie de la culture sera un artiste mal vu par
les moyens de communication que celle-ci contrôle et, probablement, sa
carrière sera infestée d'obstacles, mais aujourd'hui existent moyens
de passer outre, que nous discuterons dans quelques instants, quand
nous passerons au dialogue, avec les questions et les réponses.
Merci beaucoup à tous.

SI DESEA LEER ESTA RESEÑA EN EL SITIO WEB DE
LETTRES DE CUBA, PULSE SOBRE LA IMAGEN
|
Numéro 7, Année 2005 |
|