introducción: cultura de masas, apocalípticos e integrados
En su
comentario al libro de Frances Stonor Saunders Who Paid the
Piper: The CIA and the Cultural Cold War [Quién pagó: La CIA
y la guerra fría cultural] (Granta Books, London 1999), el
sociólogo marxista estadounidense James Petras señala que
durante las décadas de la guerra fría «la CIA jugó un papel
decisivo en la financiación del Congreso por la Libertad de la
Cultura, una especie de OTAN cultural que agrupó a toda clase de
izquierdistas y derechistas “antiestalinistas”. Tenían plena
libertad para defender los valores culturales y políticos
occidentales, atacar al “totalitarismo estalinista” y andaban
con mucho cuidado cuando se trataba del racismo o el
imperialismo de los EEUU. Ocasionalmente, los periódicos
subvencionados por la CIA publicaban una opinión marginalmente
crítica de la cultura de masas estadounidense [2].»
Entre los intelectuales financiados y ascendidos por la CIA se
encontraban Irving Kristol, Melvian Lasky, Isaiah Berlin,
Stephen Spender, Sydney Hook, Daniel Bell, Dwight MacDonald,
Robert Lowell, Hannah Arendt, Mary McCarthy. Fue justamente
Dwight MacDonald quien popularizó el concepto de cultura de
masas en su influyente ensayo de 1963 «Masscult and Midcult» [3], donde se situaba en la estela del filósofo
español Ortega y Gasset con su concepción aristocrática de la
cultura, que consideraba a las masas como destructoras de la
civilización y a las elites como las guardianas del templo.
Dos años
después, ya en 1965, en el prólogo de su hoy legendaria
recopilación de ensayos Apocalípticos e integrados (1965) [4], el semiótico italiano Umberto Eco afrontó con
humor el análisis de estos dos tipos de personajes en su
relación con la cultura de masas. Si la cultura, dice
Eco, es un hecho aristocrático y refinado que se opone a la
vulgaridad de la muchedumbre, la mera idea de la cultura
compartida por todos, y elaborada a la medida de todos, es un
contrasentido monstruoso. Pero la cultura de masas, continúa,
nace en el momento en que la presencia de las masas en la vida
social se convierte en el fenómeno más evidente de un contexto
histórico y, por ello, no es un signo de una aberración
transitoria y limitada, sino el de una caída irrecuperable ante
la que el hombre de cultura, último superviviente de la
prehistoria, no puede más que expresarse en términos de
Apocalipsis.
Frente a ese
ser apocalíptico, que observa con pavor cómo se termina el mundo
en que ejercía de privilegiado cultural, se situaría el
integrado. Para él, puesto que los medios globales ponen hoy los
bienes culturales a disposición de todos y hacen amable y
liviana su absorción, estaríamos viviendo el florecimiento de
una auténtica cultura popular. Por supuesto –sigue Eco–, el
hecho de que esa cultura surja de lo bajo o sea confeccionada
desde arriba para consumidores indefensos es un problema que el
integrado no se plantea. Por decirlo en pocas palabras, ante la
difusión de la cultura de masas los apocalípticos serían quienes
disienten y los integrados quienes no disienten. Sin embargo,
apostilla Eco a continuación como para rebajar tales certezas,
¿hasta qué punto los textos apocalípticos no representan el
producto más sofisticado que se ofrece al consumo de masas y la
fórmula «apocalípticos e integrados» no sería sino la
predicación de dos adjetivos complementarios, es decir, ambas
caras de una misma moneda?
Dejo aquí al
semiótico boloñés, pues para la argumentación de este trabajo me
basta con el resumen de aquí arriba, y ello incluso si él añade
en su prólogo bastantes matices más. Todo lo anterior viene a
cuento de un texto que Rebelión publicó el pasado 27 de
febrero, «La caída del imperio: ¿algo más que un deseo?»
[5], en el que Carlos Alonso Romero rebatía mi ensayo
«Visiones del Apocalipsis» [6] y le achacaba diversas
insuficiencias, básicamente debidas a mi fe en la economía, a mi
fe en el Apocalipsis y a mi pensamiento ideológicamente
orientado: «Lo que Talens desea, lo que tiene ganas de que
suceda, se convierte –por esta pura condición de “deseado”– en
probable y futuro».
Heme aquí, a
mi pesar, convertido en apocalíptico macdonaldiano. Dado el
carácter paternalista y ambiguo que adopta la crítica de Alonso
Romero, aparecida originalmente el 25 de febrero en su blog
personal «la patata de la libertad» [sic] [7],
y dado que no suelo rehusar la sana polémica que puedan suscitar
mis opiniones (de hecho, las considero propuestas de discusión
que lanzo como una botella al mar, no sermones ex cáthedra),
las líneas que siguen me servirán, a mi vez, para criticar al
crítico y tratar de demostrarle no ya que se equivoca, puesto
que yo no parto de posiciones dogmáticas y admito de antemano
que puedo estar en el error, sino más bien que ambos disparamos
desde trincheras diferentes, y ello por mucho que los dos
podamos definirnos como ciudadanos de izquierda. Al fin y al
cabo, de tanto manipular el lenguaje hay palabras que ya no
significan nada e izquierda es una de ellas.
En honor a la verdad, debo aclarar que
buena parte de los conceptos incluidos en «Visiones del
Apocalipsis» procedían de mi amigo Pedro Prieto, que es el
editor del sitio
www.crisisenergetica.org
y que me abrió hace tiempo el camino del conocimiento en asuntos
energéticos. De la misma manera que suelo darle a leer todos mis
textos periodísticos que se ocupan de la energía antes de
publicarlos, puesto que confío en su competencia, he consensuado
con Prieto los aspectos técnicos de esta respuesta y si él no
firma aquí como coautor se debe a la siguiente razón: por pura
urbanidad, uno debe abstenerse siempre de intervenir
oficialmente en las discrepancias ajenas. Tras esto, la patata
caliente de la diferencia de opiniones entre Carlos Alonso
Romero y yo se encuentra ahora entre las manos del creador de la
patata de la libertad. Es curioso cómo el destino reduce a veces
los asuntos más serios –éste del posible batacazo del Imperio lo
es– a una simple cuestión de patatas.
fe, economía y pensamiento ideológico
Empezaré por
impugnar mi supuesta fe en el Apocalipsis. El hecho de utilizar
como recurso retórico el texto y la simbología de San Juan –en
especial la famosa cifra 666 de la Bestia– no significa de
ninguna manera que yo crea en el pensamiento mágico de los
relatos bíblicos y sí en cambio que los considero tan
fundamentales desde los puntos de vista literario y
sociocultural –son la base de nuestra civilización
judeocristiana, e incluso del capitalismo, como he tratado de
demostrar a través de la ficción en mi última novela, todavía
inédita– que los utilizo con suma frecuencia en mis escritos a
modo de referente. La ironía del azar hace que hoy me vea
obligado a la extraña tarea de negar una fe que, dios me libre,
no poseo, y todo porque alguien que no me ha leído mucho, poco o
nada me acaba de colgar el muerto. La religión, ya lo dijo don
Karl en su introducción a la crítica de la filosofía
hegeliana del Derecho, es el opio del pueblo y yo no tengo más
que añadir, a lo sumo quitarme el sombrero ante su sabiduría. En
cambio, acepto gustoso que se me endilgue una fe en la economía
y un pensamiento ideológicamente orientado, a condición de que
tengamos claro lo que significa la palabra fe. El marxismo es el
análisis científico de la política como edificio que se alza
sobre una base económica. Mi fe en la economía no es más que la
convicción materialista de que Marx dio en el clavo y mi
pensamiento ideológicamente orientado es una consecuencia de
dicha convicción. Lo curioso es que Carlos Alonso Romero,
izquierdista confeso, me lo lance a modo de reproche, lo cual
permite ya vislumbrar por qué, como muy bien podría decir la
compañera Belén Gopegui, hay izquierdas e izquierdas. Se me
viene a la memoria en este momento una columna de Eduardo Haro
Tecglen (que por desgracia ahora no he podido localizar) en la
que contaba que Felipe González le echó en cara una vez que era
muy radical. Los socialdemócratas tienen eso, tras haber tirado
a Marx a la basura lo siguiente que se les ocurre es criticar
que quienes no se apearon del carro tengan ideología, como si
ellos viviesen en estado de gracia, impolutos y neutrales en
este perro mundo. Y puesto que hemos llegado a la economía, que
parece ser la asignatura fuerte de Carlos Alonso Romero, ya va
siendo hora de analizar sus ideas.
el incrédulo que terminó confesando su fe
Desde su
posición de descreído, el improvisado crítico de la patata de la
libertad inicia su ataque con una larga cita de «Visiones del
Apocalipsis»:
…dado que el sistema capitalista en que vivimos se basa en el
crédito de capital ficticio, bajo la premisa de que el
crecimiento económico continuado generará plusvalía para que
todo deudor devuelva los préstamos con sus intereses y que, a su
vez, dicho crecimiento continuado se fundamenta por completo en
la energía obtenida de los combustibles fósiles, la caída del
petróleo –si antes no ha llegado el Apocalipsis, como veremos
más abajo– significará en primer lugar el fin del crecimiento,
luego el crecimiento negativo, el desempleo generalizado, las
quiebras espectaculares, la volatilización del papel moneda y,
consecuencia lógica, la desaparición pura y simple de la
afluencia cotidiana de capital exterior que ahora sostiene la
economía estadounidense.
Pero nuestro
bloguero, lejos de considerar que lo anterior eran sólo
conclusiones económicas materiales deducidas de una
cadena de hechos objetivos, las rebaja de un plumazo a
consideraciones espirituales, es decir, a un puro deseo
por mi parte. Y como necesita un arma para combatir mi supuesta
fe, en vez de echar mano de la dialéctica busca en el cajón de
su sapiencia otros ejemplos de fe, según él tan inconsistentes
como la mía, pero que sirven para mantener en pie el
capitalismo. Así, de regreso al pensamiento mágico, como si
Marx no hubiera existido, para mi crítico todo se reduciría a
una cuestión de fes de distinto signo, salvo que la que
yo profeso (?) es más débil y, por lo tanto, perdedora. Sin
embargo, nada más iniciar su lista de ejemplos se le atascan las
neuronas:
Nuestra moneda de cambio no es sólo la representación del dinero
sino la fe misma en que ese papel encarna algo, algo
canjeable por materia útil (bienes, comida, energía); y los que
me argumenten sobre su convertibilidad física –como una supuesta
reserva de oro escondida bajo diez mil pies de tierra en Iowa–,
también deberían considerar que esta equiparación se sustenta
sólo en la fe de que un material amarillo brillante sea algo
valioso por su belleza y por su escasez, lo cual no deja de
ser un dogma fácilmente desmontable, sobre todo si se
argumenta como un marxista con la teoría del valor como arma
discursiva. (La cursiva es mía)
La realidad
es que sí existe una diferencia fundamental entre el
papel moneda y el oro, que este hombre no acierta a discriminar,
quizá porque conoce el marxismo sólo de oídas. El marxismo
valora el trabajo como fuente de transformación de la
naturaleza y creación de bienes. En otras palabras, lo que
convierte a los hombres en sociedad colectiva y grupal es el
intercambio de trabajo en cooperación: yo fabrico una silla
y ello me toma siete horas de trabajo; tú fabricas unos zapatos
y ello te toma siete horas también; si yo te doy la silla y tú
me das los zapatos, lo que estamos intercambiando es el sudor de
nuestras frentes de una forma justa. Dado que el sudor de que
hablo resulta difícil de contabilizar en bienes materiales
diversos, el dinero surgió entre los hombres como metáfora
objetiva del trabajo para agilizar el trueque y la forma más
racional que encontraron de hacerlo fue a través de un metal que
era apetitoso a la vista, objeto de regalo y escaso en la
naturaleza. Además, y esto es fundamental, el esfuerzo humano
necesario para obtener un solo gramo de ese metal
equivalía a muchas horas de labor con vistas a que, en su
calidad de elemento de mediación en intercambios voluminosos o
distantes, fuera fácil de transportar. Me estoy refiriendo,
claro está, al oro: un gramo de oro pueden ser varios caballos o
mesas de madera o paredes de adobe en «equivalente» de esfuerzo
humano; un kilo de oro, de incalculable valor en bienes
materiales, se puede llevar en los bolsillos. No se trata de fe,
sino de pura materia palpable y valiosa, duradera y resistente a
la corrosión. Estas cosas, en mis tiempos, las aprendíamos en la
escuela, y eso que yo estudié con los maristas, que eran gente
más bien reaccionaria. Pero se ve que a algunos les cuesta
entenderlas por muy elementales que sean.
El papel,
sin embargo, sí que es fe, pues se trata de una metáfora de
segunda categoría: la metáfora subjetiva de aquella otra
metáfora objetiva que era el oro. Inventado por los
chinos y traído por Marco Polo a Occidente, el papel moneda es
la fe en la palabra de quien firma y asegura que existe algo
material en su poder –oro contante y sonante– que equivale
a lo que está escrito en un pequeño paralelogramo de celulosa.
En términos cristianos, es un dogma tan etéreo como el de la
Santísima Trinidad. El oro no, el oro es puro trueque ventajoso
y concentrado. Pero es que, además, a partir de la Conferencia
de Bretton Woods [8] la cosa es aún peor, un doble
acto de fe, porque el billete verde del In God We Trust
(...that all others pay cash, dicen algunos con sorna) es
una pura entelequia que ni siquiera está respaldada por nada
físico equivalente al trabajo humano concentrado en ningún sitio
lejano, diga lo que diga el papel. Y así nos va desde entonces.
La fe no empieza con el oro, amigo mío, sino con el papel.
El
«incrédulo» Carlos Alonso Romero continúa apuntalando su
verborrea sobre la fe con otro ejemplo:
Y sigamos con la fe, dirigiendo nuestra mirada hacia el
occidente más «progresado»: ¿no puede considerarse como la
consagración definitiva de la economía en la fe el reciente
traslado del grueso de la economía de sector primario y
secundario hacia el sector terciario? El sector terciario
(servicios), a grandes rasgos, está basado en la creación de
necesidades ficticias y no se asienta sobre ninguna utilidad
necesaria para la supervivencia. Lo único que regula este sector
es el propio mercado y el flujo financiero, que son a su vez,
otras «fes».
Me pregunto en
qué demonios contradice esto de aquí arriba lo que yo expuse en
«Visiones del Apocalipsis». ¿Acaso no es precisamente el
espectacular desarrollo del sector terciario, sobre todo en los
países con alta generación de excedentes por acumulación
capitalista, lo que demuestra que el sistema se basa
exclusivamente en una fe sin base física y con la sola
creencia en el desarrollo ilimitado para posibilitar el cobro
del crédito con el engorde del futuro?
Pero este
crítico improvisado, deseoso de llevar el agua a su molino,
añade a la lista otros dogmas que también podrían derrumbarse y,
sin embargo, según él, no lo hacen gracias a la fe: los
ciudadanos que siguen soportando instituciones arcaicas como la
monarquía, las masas que no atacan a unos pocos policías
represores, los consumidores que no dejan de consumir cosas
innecesarias, los bancos que prestan un dinero que no les
pertenece… y concluye:
Y siendo estas «fes» tan débiles y tan evidentes ¿por qué debe
derrumbarse primero la fe en el dólar y no cualquiera de
estas otras que persisten en nuestro eterno día a día?
Tal como yo lo
veo, la principal debilidad de estos ejemplos es que no se
postulan de manera diferente a la que propuse en mi ensayo, con
lo cual se convierten en una suerte de perorata innecesaria. Sin
embargo, lo que sorprende es la conclusión que de ellos
saca el inquilino de la patata de la libertad, conclusión que
contradice por completo su supuesta incredulidad inicial y
descubre su verdadero rostro de hombre de fe inquebrantable en
el dólar. Yo ofrecía un análisis materialista de posibilismo
económico y él lo niega con argumentos de fe. ¿Cómo negar sin
rubor que los ciudadanos se oponen y a veces incluso derrumban
instituciones arcaicas u opresivas? A lo largo de los últimos
siglos ¿qué fueron la Revolución Francesa, la de los soviets, la
cubana, la sandinista, la lucha del Vietcong –por citar sólo
unos pocos ejemplos–, sino actos de rebeldía contra la fe en el
poder establecido? ¿Qué son hoy los zapatistas, la intifada
palestina o la resistencia del pueblo iraquí contra su obsceno
invasor? ¿Quién ha dicho que las masas no atacan a las fuerzas
represoras de la policía, si sólo basta con ver en el telediario
las manifestaciones antiglobales para comprobar que no es así?
¿Quién que los consumidores no dejan de consumir? Hay cientos de
miles de personas en el mundo que desde hace años, de forma
voluntaria, no han pisado un MacDonald’s, no han bebido una
coca-cola ni compran ninguna de las idioteces que les ofrece el
capitalismo. El hecho de que sean minoría frente a la gran masa
de adictos no significa que no existan ni que en un futuro no
puedan ser mayoría, sobre todo si ocurriese un acontecimiento
espectacular, como la caída del dólar. Porque el dólar, no lo
olvidemos, es apenas una moneda fiat o de referencia.
¿Cómo afirmar que los bancos no se derrumban a veces? En
Argentina cayeron en sólo 24 horas, y ello por falta de fe.
Pero, a pesar de todo, la auténtica santabárbara del entramado
financiero mundial no es ni siquiera el Bank of America o el
mayor banco japonés que pueda andar con el agua al cuello; es el
dólar, la referencia mundial de cambio y de transacción. Cuando
su pólvora estalle, el barco se hundirá.
Confesaré que,
por el momento, no entiendo a este hombre, cuya fe en el dólar y
en la fortaleza del sistema capitalista, malgré lui,
supera a la de los propios capitalistas, que sí andan asustados
ante lo que se les viene encima [9]. Con gente así no
hay manera de avanzar, porque de entrada izan la bandera blanca
y admiten la derrota.
el hombre que habla a través del sombrero
Y esta fe,
desde su sacrosanta certeza, le autoriza al crítico a imaginar
la eternidad del capitalismo:
En definitiva, y siendo pesimista dentro de este atuendo de
crítico que llevo puesto: ¿no puede pensarse en que el
capitalismo nos sorprenda con un nuevo viraje haciendo gala de
su capacidad de adaptación? ¿No puede ser que se creen nuevas
parcelas de negocio –ámbitos de producción y consumo– que no
tengan relación directa con la producción y distribución de la
energía? ¿No puede reducirse el consumo de combustibles fósiles
evitando las actividades pesadas de transformación mediante un
incremento del sector terciario basado en la venta de bienes
inmateriales: espacio, aire, diversión, fe, futuribles? ¿No se
podrá –y ahora me sitúo con un ejemplo en un Apocalipsis
cercano– terminar de privatizar todo el suelo y convertir, por
ejemplo, los «huertos urbanos» en lo más nuevo, lo más último y,
por lo tanto, lo más caro (y propiedad en su mayoría de Horting
Co., sita en Massachussets)?
Pues no, eso
es teorizar en el vacío. El problema que muchos «expertos» en
economía se niegan a ver es que, además del trabajo humano en sí
mismo o ayudado por animales (el hombre no deja de ser una
máquina de una potencia promedio de apenas 100 vatios) como
fuente de valor de todas las cosas (las cosas están en la
naturaleza, pero sólo tienen valor cuando el hombre las
transforma en útiles con su trabajo, es decir, gastando
energía), únicamente existe el trabajo humano amplificado por
las máquinas, que se han convertido en los principales
dispositivos de transformación de la naturaleza y son
responsables del agotamiento de sus recursos fósiles en apenas
un siglo y medio (desde 1850, más o menos), con absoluto
desprecio del importante y ecológico papel que habían
representado los animales de tiro durante los últimos 7.000
años, pues no dañaban el medio ambiente, si bien apenas
amplificaban el trabajo humano desde 100 a entre 300 y 1000
vatios.
En siglo y
medio, el homo industrialis pasó de los 100 vatios de los
cazadores recolectores durante los últimos dos millones de años
y de los 300-1000 vatios del hombre agrícola primitivo o
avanzado, a ser un organismo de una potencia transformadora
(creativa y sobre todo, destructiva) de entre 3.000 vatios en la
Alemania del XIX y los 12.000 vatios de los estadounidenses de
hoy en día [10]. Un cambio tan descomunal sólo ha
sido posible por la intensa utilización y desgaste de las
reservas de hidrocarburos del mundo. Los hidrocarburos –la
energía fósil– no son por lo tanto un bien de consumo más, tal
como siguen pensando los denominados economistas de la tierra
plana [11]. Son el «prerrequisito ineludible» para
que existan todos los demás bienes de consumo. La adaptación de
la raza humana durante estos últimos ciento cincuenta años al
aumento continuado del consumo de combustibles fósiles y la
aparición de sociedades opulentas ha permitido, sin ningún
género de dudas, que el patrón de multiplicación exponencial de
la reproducción se haya podido materializar, con lo cual en ese
tiempo hemos crecido de mil a más de seis mil millones de
personas. Dicho crecimiento ha corrido parejas con el incremento
de combustibles fósiles. Por eso, el hombre actual es el homo
hidrocarburus.
Por
supuesto, el día no tan lejano en que falte el petróleo la
existencia del hombre no correrá peligro. En cambio, el futuro
del Imperio y de su capitalismo made in USA es más
impredecible. Por supuesto, también, tras la debacle seguirá
habiendo listos, tontos, aprovechados y explotados. Pero no
habrá seis mil millones de personas, lo cual disminuirá la
capacidad de quien mande en ese entonces para explotar a la
gente. El doctor David Pimentel, profesor de entomología de la
neoyorquina Cornell University y especialista mundial en
alimentos relacionados con la energía, afirma que de cada diez
calorías que un estadounidense ingiere hoy en forma de comida
nueve provienen de la utilización de combustibles fósiles y
apenas una del sol, de la fotosíntesis. En Europa, la cifra es
de una de cada siete [12]. Ése es el mundo que hemos
creado. Pimentel asegura que, sin petróleo, este planeta no
podrá alimentar a más de mil o mil quinientos millones de
personas. Si se acaba la energía fósil, se acaba la fiesta (The
Party’s Over, tal es el título del recomendable libro del
profesor californiano Richard Heinberg [13]). Y no
será posible decir, tal como pretende este crítico de pacotilla:
pues ahora que no hay petróleo, comercio con galletas o con aire
o con huertecitos en el balcón. No. Así no se alimenta a seis
mil millones de personas. No hay más que preguntárselo a los
cubanos, que se convirtieron a la fuerza en expertos mundiales
en huertos urbanos cuando la antigua URSS dejó de
suministrarles, de la noche a la mañana, la mitad del petróleo
que consumían. A pesar de que siguieron contando con la otra
mitad de producción propia, lo pasaron muy mal. Los coreanos del
norte, con un problema similar, han caído en mortandades masivas
e incluso han practicado la antropofagia [14]. Otra
cosa, muy distinta, es utilizar el petróleo actual con sentido
común, no en plan despilfarro, lo cual permitiría alargar su
existencia. El caso de Cuba es ejemplar: los cien millones de
barriles del yacimiento que acaban de descubrir frente a sus
costas y que en Estados Unidos servirían apenas para alimentar
al monstruo durante cinco días, al gobierno cubano le durarán
varios años, quizá una década, y ello a pesar de que su
población sólo es veinticinco veces menor, pues en vez de
utilizarlo para ir en coche privado u otros menesteres
capitalistas, Cuba dedica más de la mitad de su petróleo a la
producción exclusiva de electricidad, que llega a más del 95% de
la población, algo inédito en la mayor parte de América Latina. En
épocas de escasez, quienes se han acostumbrado a las privaciones
son los únicos que sobreviven.
Y, ahora,
otra perla:
Y aún más, Talens afirma que el capitalismo se sostiene bajo un
«crecimiento económico continuado». Siendo esto cierto en la
situación actual, bajo la forma más perfeccionada de capitalismo
voraz –o, como lo llama Edgar Luttwack, «turbocapitalismo»–,
no siempre ha sido así ni, por consiguiente, debe serlo
siempre. (La cursiva es mía)
¿Ah, sí? ¿Cómo
es eso de que el capitalismo no se ha basado siempre en el
crecimiento económico continuado, si su máxima principal es la
acumulación sin límites? Veamos lo que dicen Marx y Engels al
respecto: «La existencia y el predominio de la clase burguesa
tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en
manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento
constante del capital» (la cursiva es mía) [15].
Quedo ansiosamente a la espera de un ejemplo demostrativo, por
parte de Carlos Alonso Romero, de su asombrosa aseveración
posmarxista. Pero hay más:
Sin que el capitalismo deje de ser capitalismo, puede encogerse.
Y aunque decreciendo no pueda sostenerse mucho tiempo –y en este
punto me muestro otra vez de acuerdo con Talens–, estoy
convencido de que puede resistir mientras se readapta a la
nueva circunstancia... ¿cómo? Pues como hace siempre: (1)
cambiando los viejos bienes de consumo por otros nuevos
«producibles» a gran escala, (lo que puede ser fabricado,
distribuido y vendido en cantidades que soporten masificación y
crecimiento) y (2) reeducando a los consumidores y productores.
(La cursiva es mía)
Esa convicción
quasi religiosa en la capacidad de resistencia del
capitalismo se basa en un grave error de concepto: el de pensar
que, sin energía, se puede seguir jugando a los capitalistas con
otros nuevos bienes «producibles» a gran escala. El hombre de la
patata de la libertad se ha olvidado de constatar que hay bienes
que no son sólo bienes de consumo, sino el requisito previo e
indispensable para que existan todos los demás bienes de consumo.
Un petardo, sin pólvora, ni es un auténtico petardo ni estallará
nunca. Los antiguos de la sociedad preindustrial, en su
admirable intuición, solían decir: «Para las cuestas arriba te
quiero, burro, que las cuestas abajo yo me las subo». En cambio,
los economistas de la tierra plana viven en ese laberinto
ficticio de la escalera de falsa perspectiva, en la que siempre
es posible bajar sin esfuerzo como en el grabado de Escher
[16]. Para ellos, no hay problema. Puesto que desprecian
los límites de la Física y de la Termodinámica, creen que
siempre habrá un burro a su disposición, que siempre van a poder
elegir el camino de bajada para ir de un punto a otro y que,
cuando tengan que volver subiendo al punto de partida, también
lo podrán hacer bajando.
A partir de
aquí, nuestro bloguero se vuelve paternalista:
Bajo la influencia de sus ilusiones... y amparado por el
aparente carácter inevitable de lo que él desea, Talens sigue
sacando conclusiones a partir de una premisa no muy sólida: que
llegará la crisis energética, que EEUU no tendrá tiempo de
adaptarse y que entonces caerá el imperio.
En cuanto a la
premisa –según mi crítico no muy sólida– de que EEUU no tendrá
tiempo de adaptarse a la crisis energética, le recuerdo que lo
único que yo hice en «Visiones del Apocalipsis» fue extrapolar
las posibles consecuencias de la caída del dólar a manos de
quienes hoy en día lo están manteniendo en vida con respiración
artificial. Y quien dijo esto último no fui yo, sino Michael C.
Ruppert [17]. Pero ya que me da la ocasión, incidiré
un poco más en el asunto: no es que al Imperio le vaya a faltar
tiempo de adaptarse, sino que, de toda evidencia, no tiene
ninguna intención de hacerlo y en vez de ello se está apoderando
por métodos guerreros de las reservas de combustibles fósiles
que aún quedan en el mundo. De todos modos, para un sistema como
ése, basado en el derroche, es prácticamente imposible dar
marcha atrás de forma voluntaria.
Desde luego, lo
repito, si las previsiones de Ruppert son ciertas, caerá el
sistema económico del dólar como moneda ficticia tal como hoy la
conocemos, con alcance global; caerá el consumo exacerbado y
habrá crisis energética, por supuesto que la habrá. Y lo
importante no es si sucederá mañana o dentro de veinte años,
sino la seguridad de su llegada, pues todo consumo infinito de
bienes en un mundo finito de recursos está condenado a
estrellarse en algún momento. No se trata, como me imputa el
crítico, de mis deseos de pobre mortal: son constataciones
físicas, es decir, materialistas, herederas directas del método
científico de Marx (aunque ni el propio Marx pudo predecir la
llegada al agotamiento de los recursos finitos).
Y, ahora, el
colmo de los colmos: he aquí su argumento para rechazar de plano
mis deducciones:
Porque, no nos equivoquemos, EEUU tiene medios para seguir todos
los caminos a la vez. Y también es cierto que en ocasiones las
agencias de inteligencia de EEUU están detrás de las
circunstancias que nos hacen sacar las deducciones que ellos han
previsto convenientes para su beneficio. Es así de triste,
sacamos conclusiones que creemos críticas a la vez que estamos
inmersos en uno de sus experimentos: este sistema es una
apropiación total del campo de batalla. (La cursiva es mía)
Los
anglófonos le llaman a este tipo de discurso to talk through
one’s hat (literalmente, hablar a través del sombrero), es
decir, hablar por hablar, sin ton ni son y sin saber de qué se
habla. Hasta ahora nadie había insinuado todavía que yo fuese un
tonto útil de las agencias imperiales de inteligencia.
opinar es gratis
Tras haber
utilizado la chaqueta de economista, el flamante crítico no duda
luego en vestir la de ingeniero experto en energía, pero muy en
el estilo de los corresponsales que se comunican con él en su
blog de la patata de la libertad [18], ni
siquiera se preocupa de estudiar la materia antes de emitir un
juicio. A los «integrados» de la sofistería posmoderna les basta
con la certeza de que opinar es gratis y de que todas las
opiniones valen lo mismo [19]. Veamos:
Siguen mis objeciones: la imprevisibilidad de la fuerza eólica
¿impide calcular su producción media e incorporarla a la
producción total? Quiero decir que, aunque insuficiente, ¿no
puede combinarse con otras? ¿Su insuficiencia conlleva su
inutilidad? Talens no sostiene este extremo, pero al despachar a
la energía solar junto con la eólica su argumentación parece
hacer tábula rasa, equiparar las dos energías.
En este punto,
le cedo la palabra a Pedro Prieto, quien en el foro de
www.crisisenergetica.org
explicó recientemente, y de forma muy clara, los pormenores
económicos de la energía eólica en Alemania, que es el país
líder mundial en dicha fuente energética, y luego aplicó la
información a España:
Siendo la primera potencia mundial, con más de 13 GW de parque
instalado […], apenas genera el 3% de la electricidad alemana.
[…] Lo que significa lo anterior es que para producir con un
origen eólico toda la electricidad que hoy se consume en
Alemania, y si se quieren cubrir las contingencias de los
periodos de picos máximos de consumo con encalmadas de viento,
habría que multiplicar el parque existente unas 100 veces. Esto
es, si ahora hay más de 16.000 turbinas, colocadas en los
mejores sitios eólicos del país, habría que instalar unas
160.000 nuevas turbinas del mismo tipo y en sitios igualmente
favorables. Eso para producir sólo la electricidad que se
consume en 2005. […] La producción eléctrica española producida
quemando fósiles en 2003 fue de unos 150 TWh, lo que supone la
necesidad de un parque generador de unos 18 GW actuando
permanentemente, todo el año. Un generador eólico de 2,3 MW
supone 180 toneladas de acero y cobre y unas 30 toneladas de
fibra de vidrio de las tres palas y funciona, al cabo de todo un
año, alrededor del 20% del tiempo total. A eso se le denomina
factor de carga y es parecido al de Alemania. Y eso, colocando
los generadores en los mejores campos eólicos del país, los de
tipo 6, con unos 25 Km/h de vientos promedio a lo largo de todo
el año. Cifras similares se dan para Alemania, primer productor
eólico mundial.
Los 150 TWh de origen fósil en España se podrían sustituir con
unas 12 o 15 centrales como el complejo doble de Almaraz (de
cerca de 2 GW), a sabiendas de que funcionan casi todo el año,
excepto para recargas. Pero si hay que hacerlo con generadores
de 2,3 MW de los mencionados, habría que instalar no sólo cerca
de 8.000 nuevos grandes generadores, sino que, debido a su
factor de carga del 20%, al menos 5 veces más; es decir, unos
40.000 generadores. Y, aún así, no estarían garantizadas todas
las horas punta. Ni siquiera instalando diez veces más
garantizarían el 100% del suministro en cualquier momento, que
es a lo que estamos acostumbrados. Pero es que 40.000
generadores son más de 7 millones de toneladas de acero y cobre
y más de un millón de toneladas de fibra de vidrio. Eso es una
industria muy pesada y nada limpia. No se incluyen los millones
de metros cúbicos de cemento y hormigón necesarios para
anclarlos y otros muchos factores.
Pero, además, el problema sería encontrar campos de clase 6, de
los buenos, en toda España. Los productores de energía eólica
piden ayudas y empiezan a declarar que los buenos campos se
están agotando. Y el peligro grave es que la generación eólica
depende en una función cuadrática del tipo P~ 0,15V3.
Esto significa que habría que elevar al cubo el número de
generadores a instalar por cada orden de magnitud de caída de la
velocidad del viento.
España produce 1/66 de la electricidad mundial. Si hubiese que
transformar toda la electricidad de origen fósil en eólica,
habría que consumir cerca de 500 millones de toneladas de acero;
posiblemente más cerca de los mil millones de toneladas de
acero. Ésa fue la producción total mundial de acero del año
2004. Y unos 75 millones de toneladas de fibra de vidrio,
posiblemente 150 millones de toneladas, aparte de ingentes
cantidades de hormigón y muchas otras infraestructuras; por
ejemplo, millones de kilómetros de nuevas líneas de alta
tensión. Si seguimos con el modelo de crecimiento infinito,
creyendo que los generadores eólicos resolverán cualquier
problema, en el 2030 nos encontraremos con una necesidad de
acero doble que la actual, pues la producción y el consumo de
bienes se habrán duplicado para entonces y habría que renovar el
parque existente. ¿Es esa la ecología de la energía eólica? Y
sólo estamos hablando de sustituir la producción eléctrica de
origen fósil.
El consumo de fósiles fue de 8.547 millones de toneladas de
petróleo equivalente en 2003. Si hubiese que reemplazar, además,
ese consumo de fósiles para usos no eléctricos, mediante
generación eólica y la posterior generación de hidrógeno, para
la aviación, la flota marítima la flota terrestre, la minería y
la agricultura, amén de los usos industriales, comerciales y
residenciales, habría que producir unos 38.000 TWh, una tarea
unas 250 veces mayor que la de transformar la electricidad de
origen fósil en España; posiblemente unas 500 veces mayor. No
hay campos de clase 6 en todo el mundo, con seguridad, para
llevar a cabo este propósito, ni acero, ni cobre, ni energía
para hacer la fibra de vidrio o la de carbono, más moderna, ni
el hormigón. Quienes confían en la energía eólica no han hecho
jamás cálculos de este tipo. No se han puesto a pensar que una
interferencia en los vientos del mundo de este calibre puede ser
absolutamente dañina para los flujos habituales, como los
vientos alisios y contralisios. No han caído que al poner tantos
generadores de este tipo, podrían hacer variar las corrientes
habituales a otros sitios (ley del mínimo esfuerzo o fricción
del viento) y dejar los generadores parados. No lo han pensado [20].
Eso es
escribir con fundamento, ofreciendo datos, no opiniones de
tertuliano radiofónico. Me gustaría que el crítico bloguero, si
lo tiene a bien, nos explique en Rebelión de qué manera
se pueden reemplazar los casi 9.000 millones de toneladas de
petróleo equivalente que quemamos por año, y así sabremos cómo
hacer funcionar esta sociedad con molinillos de Gamesa cuando
llegue la crisis. Le recuerdo, además, que yo no hice en mi
ensayo ninguna tabula rasa. Sé muy bien distinguir entre
energía solar fotovoltaica y eólica. Lo que negué –y ahora niego
de nuevo– es que ambas, juntas o por separado, puedan reemplazar
algún día a todas las energías fósiles que hoy se consumen y,
menos aún, que puedan seguir empujando el crecimiento infinito
–ni siquiera durante otros 25 años más– de un 3% anual acumulado
(con lo cual esos 9.000 millones de toneladas de petróleo
equivalente se convertirían en 18.000). Para una mayor
información, invito al lector a que lea asimismo el artículo de
Prieto «Modernos dioses tecnoecológicos: Helios y Eolo»
[21].
Por el
momento, sin embargo, Carlos Alonso Romero sólo se ha preocupado
de contarnos una historieta fácilmente desmontable:
Y respecto a la escasa producción energética que surge de las
placas fotovoltaicas y los cuantiosos subsidios que los estados
dirigen a la energía solar, cabría señalar que estas inversiones
a fondo perdido vienen condicionadas del todo por el modelo de
desarrollo. Son puro maquillaje mientras se termina de consumir
los combustibles fósiles. Evidentemente, el perfeccionamiento
técnico de los motores de combustión al nivel que admiramos hoy
en día ha estado condicionado por el auge de la industria del
automóvil... de lo que cabe deducir que la necesidad de
convertir las placas solares en negocio (por la falta de
alternativas viables), bajo la misma lógica capitalista, también
redundaría en una gran mejora técnica de su «productividad» y de
su «rentabilidad».
No sabe ni lo
que dice, pero lo dice. En primer lugar, los motores de
explosión tenían en tiempos de Henry Ford un rendimiento de un
20% a un 25%. Hoy, apenas han subido a un 35% y, los diesel
modernos, a un 40%. Si esto es espectacularidad en casi un siglo
de «impresionante progreso», que venga dios y lo vea. En el caso
de las células fotovoltaicas, el camino del «progreso» y la
mejora de la «productividad» y de la «rentabilidad» están
igualmente empedrados con los terribles escollos de la Física.
De la misma manera que el ciclo de Carnot [22] impide
que las máquinas de combustión interna lleguen al 100% y hace
casi imposible que suban del 50%, las células fotovoltaicas muy
difícilmente podrán pasar del 15% actual (de transformación de
la energía solar incidente en eléctrica saliente equivalente) a
un 30-35%, y esto a base de aumentar en varios órdenes de
magnitud el coste «energético» de fabricación de las modernas
obleas y la creciente complejidad de sistema en su conjunto.
Y, para el
final de este apartado de opiniones fantasiosas, la apoteosis:
Asimismo, también podríamos preguntar maliciosamente si los
estados –tan dichosos promocionando automóvil e infraestructuras
adaptadas a éste– no se han estado guardando en la chistera
avances significativos en estas y otras formas de energía,
avances tales que puedan hacer de la crisis energética un cuento
para Nostradamus caseros y analistas científicos ociosos.
Esta «pregunta
maliciosa» de un crítico supuestamente serio me recuerda esas
conversaciones de bar en las que uno pega la oreja y escucha a
cualquier cantamañanas, entre copa y copa, eructo y eructo,
afirmar tan tranquilo que ya existen los motores que funcionan
con agua, pero que los tienen escondidos, o bien ese otro
lugar común, tan típico de los «integrados» descritos por Eco,
de que seguro que inventarán algo. Pues eso, que
inventen. Hace falta ser atrevido para soltar insensateces así
en Rebelión, dichas con el mayor aplomo, sin aportar
ningún dato y sin tener un solo precedente de despliegue exitoso
a gran escala, siquiera sea en una miserable provincia de un
país, de la «gran solución» renovable. Eso sí que es un acto de
fe en el enemigo capitalista.
la guerra definitiva
En la última
parte de su exposición, el crítico de la patata de la libertad
se centra en este párrafo mío de «Visiones del Apocalipsis»:
Nadie puede
vencer a Estados Unidos haciendo uso de las armas, pues su
fuerza es tan descomunal que podría aniquilar en el campo de
batalla a todas las naciones reunidas. Pero hay otras maneras de
proceder y una de ellas, tan antigua como la espada, consiste en
asfixiar económicamente al adversario.
Y, tras
calificar mi estilo de Sun Tzu, se pregunta:
¿Por qué semejante certidumbre acerca de la caída del imperio
por su déficit comercial? ¿Que China puede vender sus dólares y
hacer que las finanzas de EEUU tambaleen? ¡Menuda amenaza!: si
consideramos inversión directa e indirecta, las empresas
estadounidenses son las primeras inversoras en China, las que
ocupan más capital inmovilizado, las que ocupan más producción y
más empleo. […] China, una vez integrada en el sistema
capitalista, sólo puede desestabilizar a EEUU a riesgo de
desestabilizarse a sí misma. Es la principal virtud de este
sistema capitalista, todo depende de todo y este último «todo»
depende de quien establece las normas del juego, quien tiene
más fuerza, más coacción. […] ¿Qué sería de China convertida en
una fábrica sin compradores? […] Siento de veras llegar a este
punto de incredulidad: no saben cuánto deseo la caída del
imperio, de éste y de los venideros. Sin embargo, hace tiempo
que dejé de creer en los mitos de los «gigantes con pies de
barro». (Las cursivas son mías)
La parrafada
anterior se asemeja –con menos altura retórica, claro está– a la
típica autosuficiencia analítica de economistas conservadores
del pelaje, digamos, del Nobel Milton Friedman [23],
que como nunca ha pagado con la cárcel el sufrimiento que causó
cuando Reagan puso en práctica sus teorías, se cree más
inteligente que nadie y parte de la premisa de que el
capitalismo es incuestionable y de que los demás son idiotas.
El hecho de que
las empresas estadounidenses sean las primeras inversoras en
China y de que hoy le procuren a ese país buena parte de los
puestos de trabajo –que en estos momentos se ocupan de surtir a
Occidente de bienes de consumo– no significa en modo alguno que
la situación sea estable ni que deba seguir siendo siempre así.
El sofisma en que se basa este bloguero consiste en creer a pies
juntillas –como se cree en la virginidad de la Virgen– que lo
que hoy existe existirá mañana, y ello a pesar de que en ese
mañana hayan cambiado las condiciones energéticas del planeta,
que son la base de la economía capitalista de desarrollo sin
fin. Veámoslo ahora desde otro ángulo: si la producción
industrial se hunde en un futuro más o menos cercano a causa de
la falta de petróleo, ¿para quién van a producir esas empresas
extranjeras implantadas en China, puesto que en Occidente habrá
un desempleo generalizado y una ausencia absoluta de posibles
compradores? ¿Cómo es posible comparar sin rubor vacas gordas
–las de hoy– con vacas flacas –las de mañana–, haciendo
abstracción de las causas, ya perpetuas, que las habrán
enflaquecido?
La hipótesis de
un golpe mortal al Imperio que yo planteé –sólo como hipótesis,
puesto que aún no me he diplomado en futurología– no es la de
una situación capitalista continuada de business as usual,
sino la de una guerra a muerte entre dos concepciones opuestas
de la vida que, abocadas ante el precipicio, se habrán dado
cuenta de que no hay sitio para ambas y de que sólo una de ellas
podrá sobrevivir, y a duras penas. Es cierto, China se ha
integrado ahora en el sistema de producción occidental, pero no
olvidemos que en la cúpula de Pekín sigue estando el Partido
Comunista, que no comparte necesariamente la misma ideología del
lucro y que, quién sabe, puede también tener pretensiones
hegemónicas para un planeta posestadounidense y posindustrial.
Por otro lado,
en apoyo a mi «Visiones del Apocalipsis» añado hoy a la
bibliografía otro texto aparecido el pasado 4 de marzo de 2005
en la Red Voltaire.net, que dice prácticamente lo mismo
[24].
Aparte del
lapsus freudiano que a mi crítico se le ha escapado al
considerar una «virtud» el hecho de que en el capitalismo
todo depende de todo
y este último «todo» depende de quien establece las normas del
juego,
esa verdad de Perogrullo vale hoy, pero no tiene por qué valer
el día en que, ante la imposibilidad absoluta de seguir
creciendo y vender sus productos (¿a qué clientela?), China y
sus aliados puedan decidir que llegó el momento de alterar el
statu quo y asumir la pérdida de unas ingentes reservas en
dólares que en realidad no valen nada, a cambio de hundir
económicamente a Estados Unidos tras sacarlas a la venta; lo
cual, por supuesto, acabaría de golpe con la tan cacareada
interdependencia actual y conduciría a una guerra final,
definitiva, a muerte, en la que el vencedor saldría muy
disminuido, pero vencedor al fin y al cabo. ¿Y por qué estoy tan
seguro de esa guerra? Pues porque las guerras energéticas son
una realidad. Japón, por ejemplo, no atacó Pearl Harbour por
gusto, sino porque previamente Estados Unidos le había bloqueado
las provisiones de petróleo, que el archipiélago necesitaba para
sobrevivir [25].
El lamento casi
místico con que Carlos Alonso Romero termina –«no saben
cuánto deseo la caída del imperio, de éste y de los venideros.
Sin embargo, hace tiempo que dejé de creer en los mitos de los
«gigantes con pies de barro»– me recuerda el callejón sin
salida en que se ha metido un cierto socialismo al transformarse
en socialdemocracia –y ahora ya generalizo, no estoy
personalizando–, pues tras aceptar las reglas actuales del juego
con el fin de que la derecha histórica le permita ocupar un
lugar bajo el sol, por mínimo que sea, se vio forzada a desistir
de cambiar el mundo y a iniciar la imposible tarea de humanizar
lo inhumanizable: el capitalismo. Y de derrota en derrota hasta
la derrota siempre –luctuosa inversión de la máxima guevariana–,
la socialdemocracia, esa derecha dulcificada que todavía se
autodenomina izquierda en un ejercicio de puro malabarismo
verbal, se ha prohibido a sí misma pensar en gigantes de pies de
barro, ya que ahora forma parte del sistema, se ha integrado en
él y tiene algo muy valioso que perder, la posibilidad de
disfrutar el control del poder burgués. Su ambivalente y
esquizofrénico servilismo –que le hace al mismo tiempo criticar
al Imperio, desear su caída y considerarse su aliado; amar la
plusvalía y avergonzarse de ese amor; practicar las trampas de
la democracia occidental y dar lecciones de moral a la
revolución cubana, a la resistencia iraquí o al presidente
Chávez, etcétera, etcétera, etcétera–, es la prueba fidedigna de
que sufre un grave trastorno psicológico de identidad, pues
mientras conserva en la memoria el recuerdo lejano de lo que fue
cuando marchaba con el puño en alto, ha dejado de ser una biela
del motor que alimenta la lucha de los parias de la tierra.
john lennon en el país de los rolling stones
El tono de la
crítica de Carlos Alonso Romero adolece de una de las
características que hoy definen a la cultura de masas más
descafeinada y caricaturesca: la del pseudointelectual que
pontifica en los medios sobre cualquier cosa, a sabiendas de que
sus opiniones no caerán en saco roto, pues serán aceptadas por
algunos –igual de desinformados que él–, atacadas por otros –no
necesariamente más cultos, pero sí deseosos de incordiar por
incordiar–, ignoradas por una mayoría que escucha todo ese ruido
como el que oye llover y, en última instancia, pasarán a formar
parte del magma warholiano en el que todo el mundo puede hoy
acceder a sus quince minutos de gloria. Lo peor es que ni
siquiera se trata de un discurso original, sino inducido por la
constante propaganda de los medios hegemónicos, digerido,
asimilado en el fenotipo del lenguaje y vomitado después bajo
forma de certeza. Y, si eso es trágico, lo incomprensible –yo
diría que hasta conmovedor– es que este bloguero de
subconsciente algo confuso se atreva a meterse en la boca del
lobo y publique una ambigua defensa del capitalismo en un
periódico alternativo como Rebelión.
En uno de los
diálogos más memorables de la historia de Alicia, el engreído
profesor de lingüística Don Huevón le dice desdeñoso a la niñita
de ojos azules: «Cuando yo empleo una palabra, ésta significa lo
que yo quiero que signifique…, ¡ni más ni menos!». A lo cual
Alicia le objeta: «La cuestión está en saber si usted puede
conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes».
Pero Don Huevón, sin inmutarse, cierra el debate: «La cuestión
está en saber quién manda aquí… ¡si ellas o yo!» [26].
Pocas veces ha
logrado la literatura expresar con mayor claridad, con tanta
brevedad y tanta ironía la estética del poder, que impone
arbitrariamente sus significados porque sí, sin preocuparse de
aportar la menor justificación en apoyo de lo que reivindica. El
discurso del poder es insidioso, pues muestra sólo el rostro
amable de su dominio, mientras que oculta su tiranía.
En Memoria
del saqueo [27], la última película-documental
del cineasta argentino Fernando Solanas, hay una escena en la
que se ve a los Rolling Stones ante la puerta de la Casa Rosada,
felices y despreocupados junto al entonces poderoso Carlos Menem.
Al ver aquella escena se me vino a la mente un improbable cruce
mendeliano de libros y canciones: Apocalípticos e integrados,
A través del espejo y lo que Alicia encontró allí y
Strawberry Fields Forever. Sentado a oscuras en la butaca
del cine, y quizá por deformación profesional, Carlos Menem se
convirtió ante mis ojos en un Don Huevón encantado de haberse
conocido, capaz de forzar a través de las imágenes el falso
significado del capitalismo benévolo y triunfante, mientras que
los Rolling Stones, quintaesencia del rock convertido en
mercancía y amputado por la industria discográfica de cualquier
espíritu revolucionario, eran el paradigma de los integrados. Y
en aquella escena dentro de la escena que yo estaba creando en
paralelo a la que me exhibía Solanas –una mise en abîme
privada y mental–, la música y la letra de fondo las ponía John
Lennon con los compases de Strawberry Fields Forever:
«Vivir es fácil con los ojos cerrados, malinterpretando todo lo
que uno ve». En los imaginarios campos infantiles de fresas para
siempre, en el otro lado del espejo, en el celuloide dulzón de
la Casa Rosada, en el País de los Rolling Stones y en el
discurso del bloguero de la patata de la libertad, nada es real,
todo es ficción, ojos cerrados, soflama huera fabricada desde
arriba.
Ignoro si es
correcto tachar de apocalípticos a John Lennon o a Fernando
Solanas, pero sí sé que son necesarios muchos como ellos, pues
la industria de la cultura de masas está sometida a los
condicionamientos del capital, no de los ciudadanos ordinarios,
que soportan indefensos el bombardeo de una propaganda contraria
a sus intereses. Por ello, según Eco, el silencio –o el
derrotismo, añadiría yo– de algunos intelectuales ante la
cultura teledirigida de masas no es protesta, sino complicidad,
quizá aceptable en el plano místico, pero inaceptable cuando se
defiende sobre la base de «categorías pseudomarxistas» [28]. Vale la pena recordar en este punto el amistoso
intercambio de opiniones que el año pasado tuvieron aquí Pascual
Serrano y Alfonso Sastre a propósito de la implicación política
de los intelectuales en el mundo globalizado actual, a la luz
del control de la palabra que hoy ejerce la industria de la
cultura [29]. A ese respecto, más que
nunca antes, hoy es imperativa la intervención de las
comunidades culturales –periodistas, narradores, poetas,
dramaturgos, cineastas, pintores, gentes que se mueven en el
terreno de la cultura– en la esfera de las comunicaciones, para
deconstruir imágenes, discursos [30], eslóganes o
palabras desde el baluarte de la izquierda heredera de Marx y
mostrar el lado oscuro del capital, no su ostentosa fachada de
invencibilidad.
conclusión: retrato del intelectual virtual
El
intelectual virtual del futuro, tal como lo ha descrito el
holandés Geert Lovink [31], no adoptará ya la forma
del antiguo intelectual orgánico tan caro a Gramsci, ligado al
Partido y capaz de influenciar a las masas con la fuerza de su
presencia poderosa o de sus escritos gutenbergianos. Nos guste o
no, los intelectuales como Jean-Paul Sartre, Bertrand Russell o
Michel Foulcault se han terminado para siempre y los que aún
persisten en la exclusiva vía del papel no parecen saber en qué
mundo viven, un mundo en el que es posible chatear de continente
a continente en tiempo real o redactar hoy un texto –como este
que el lector tiene ahora en su pantalla– en cualquier pueblo de
Europa, colgarlo mañana en internet y llegar con él sin esfuerzo
a Managua, Nueva York o Melbourne; un mundo, en suma, de
comunicaciones instantáneas en donde el poder de los libros es
casi nulo y la imagen vale todo.
Es en ese
resquicio electrónico donde deberán insertarse los intelectuales
progresistas, incluso si para ello deben relegar a segundo plano
un universo libresco que cada vez tiene menos porvenir. No estoy
negando aquí el valor del libro, pero sí su condición de medio
comunicativo mayoritario y principal en el siglo XXI. Los
paradigmas, al igual que los imperios, nacen, florecen y decaen.
La palabra escrita a mano mantuvo su dominio durante miles de
años, hasta que Gutenberg inventó la imprenta al final de la
Edad Media. Desde entonces, el papel impreso ha venido
suplantando a la caligrafía, pero la aparición de internet –con
el prodigio de los hipertextos, el correo electrónico, los chats,
los blogs, las herramientas word, pdf, html o flash– lo ha
relegado ya al papel de segundón. ¿Es esto bueno o malo? Ni
bueno ni malo, simplemente distinto. La palabra sigue, es el
medio lo que cambia.
En tales
condiciones, la vieja relación amorosa de los intelectuales de
tipo sartriano con el libro, que consiste en ir a la librería,
flâner ante los anaqueles, escrutar tesoros escondidos
entre miles de ejemplares, elegir uno, llevarlo a casa, leerlo
en la cocina, en el dormitorio, en el baño, anotar sus márgenes,
ponerle un marcapáginas, volver a él, acariciarlo... resulta
totalmente incomprensible y démodée para esa mayoría de
ciudadanos que nacieron en la era digital, tienen hoy menos de
treinta años y deberían ser el público natural de la
intelectualidad. Editar libros para que los lean los amigos
o quienes piensan como nosotros está bien, no digo que sea
inútil, pero así no se hace la revolución, ni la de la cultura
ni la otra. No es que los libros se hayan terminado como
vehículo cultural, sino que son bastante ineficaces desde el
punto de vista político, pues la calle lee muy poco, casi
nada, y por eso el intelectual gutenbergiano –auténtica
antigualla ambulante– se expone a perder el tren de la historia
si persiste en esa vía. Los intelectuales han de ser hombres y
mujeres de su tiempo, y si su tiempo, hoy, es el de la
virtualidad cibernética, ellos deberán ser intelectuales
virtuales. El sagaz subcomandante Marcos parece haberlo
entendido hace tiempo [32] e incluso está ahora
escribiendo una novela a cuatro manos… que aparece por entregas
en la red de internet [33].
Los
intelectuales, si de verdad quieren incidir sobre la política y
sobre la vida que los rodea, deberán tomarse en serio los medios
electrónicos de comunicación, manipularlos, inventarles nuevos
usos y no sólo utilizarlos como un instrumento neutro, porque la
neutralidad no existe. De acuerdo con el grupo de pensadores del
Critical Art Ensemble, «los métodos de resistencia pasiva, tales
como los piquetes, las manifestaciones y las peticiones, son
rituales en gran parte ineficaces y vacíos. Sin rencor ni desdén
por lo que aún queda de los métodos tradicionales para poner en
entredicho el sistema actual de capitalismo global, sería
necesario declarar en público, y lo más claramente posible, que
el activismo contemporáneo tiene muy poco impacto sobre la
política militar y corporativa» [34]. Una prueba de
la exactitud parcial de este diagnóstico la tenemos en
que la segunda Guerra de Irak –al igual que la primera– sí
tuvo lugar [35], y ello incluso si, por primera
vez en la historia, las manifestaciones multitudinarias de
oponentes alcanzaron un carácter planetario. Lo más probable,
sin embargo, es que durante los próximos años el activismo
anticapitalista se desarrolle como una mezcla híbrida de
desobediencia civil electrónica –por ejemplo, ataques de
hackers a los sitios web imperiales, atascamientos masivos
de los buzones electrónicos de las corporaciones– y
manifestaciones callejeras [36], que siguen siendo
valiosas, tal como un hecho reciente acaba de demostrarlo en
Francia [37].
Y, por encima
de todo, habrán de ser ellos, los intelectuales virtuales,
quienes neutralicen el ruido pseudointelectual que contamina la
red –el de este bloguero es un ejemplo típico–, con sumo rigor,
datos, estudio pertinaz y mucha paciencia, siempre con el
objetivo en mente de alcanzar una auténtica cultura popular y
revolucionaria de las masas, ajena a arcaicas posiciones
aristocráticas y capaz de sobrepasar ese reflejo condicionado
pavloviano que con tanta frecuencia hace que éstas acepten como
inevitable y casi divina la preponderancia del mercado
capitalista. El intelectual virtual de esa nueva manera de
concebir la cultura –democrática, horizontal– ya no será nunca
más un ser distinto de la gente ordinaria, porque la gente
ordinaria habrá accedido, por fin, a la categoría de
intelectual.
Esto que digo,
aunque difícil y lejano, no es una utopía inverosímil y la mejor
prueba de que es posible alcanzarla se la está dando al mundo
esa isla pequeña, rebelde y maravillosa de Cuba, que ha iniciado
la recta final que la llevará a convertirse en el país más culto
del mundo, pues lejos ya de aquella vieja campaña de
alfabetización de los años sesenta, tiene ahora como objetivo la
educación universitaria de todos los cubanos… dentro de una
economía basada en la solidaridad y en un reparto igualitario de
los bienes terrenales [38].
Te dejo aquí,
lector. Como diría el subcomandante, vale de nuez.
Dedicado a Pedro Prieto, que no habla a través de su sombrero.
BIBLIOGRAFÍA ANOTADA –GUTENBERGIANA, FÍLMICA Y CIBERNÉTICA– DE
LA QUE ME HE SERVIDO PARA LA REDACCIÓN DE ESTE TRABAJO
[1]. Strawberry Fields Forever (John Lennon-Paul
McCartney, © 1967 Northern Songs.
All Rights
Reserved. International Copyright Secured).
[2]. La CIA y la Guerra fría
cultural (James Petras, traducción de Germán Leyens,
www.rebelion.org/petras/090101cia.htm,
8 de enero de 2001).
[3]. Masscult and Midcult (in Dwight
MacDonald, Against the American Grain, Random House, New
York 1963).
[4].
Apocalípticos e integrados (Umberto Eco, Editorial
Lumen, Barcelona, 8ª edición, 1985).
[5]. La caída del imperio: ¿algo más
que un deseo? (Carlos Alonso Romero,
www.rebelion.org/noticia.php?id=11979,
27 de febrero de 2005).
[6].
Visiones del Apocalipsis (Manuel Talens,
www.rebelion.org/noticia.php?id=11796,
23 de febrero de 2005).
[7].
Véase
www.lapatatadelalibertad.blogspot.com.
[8]. Bretton Woods y la
convertibilidad del dólar (Granma digital,
www.granma.cubaweb.cu/2004/11/17/interna/articulo09.html,
17 de noviembre de 2004, Año 8, nº 322).
[9]. Wall Street se inquieta por su
dependencia financiera de los bancos centrales de Asia
(La Vanguardia,
www.lavanguardia.es/res/20050223/51177826192.html?urlback=http%3A%2F%2Fwww%2Elavanguardia%2Ees%2Fweb%2F20050223%2F51177826192%2Ehtml,
23 de febrero de 2005).
[10].
Véase
www.crisisenergetica.org/forum/viewtopic.php?forum=5&showtopic=2926&show=40&page=2.
[11].
Denominación acuñada por Colin J. Campbell, fundador de la ASPO,
para el que los economistas de la tierra plana son «aquellos que
cometen el mismo error de quienes no reconocían la esfericidad
de la tierra (la esfericidad es una prueba de la finitud). Hoy,
como prueba de la persistencia de la estupidez humana, existe
una escuela de economistas que no le reconocen límites al
crecimiento económico.»
(in Pedro Prieto, ¿Kioto o Uppsala?,
http://www.rebelion.org/docs/12194.pdf).
[12]. The Oil We Eat (Truthout Environment,
www.truthout.org/docs_04/080904G.shtml,
February 2004).
[13].
Véase
www.museletter.com/partys-over.html.