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Premio
Especial Literatura
Ana María Matute: la vida no es un jardín de rosas
por Manuel Talens
Vivimos en la sociedad de los premios. No hay día que pase sin que en algún lugar, por
muy remoto que sea, alguien deje de recibir uno al mejor libro, a la mejor película o al
mejor cocido madrileño, y pongo sólo tres ejemplos de los miles que se me ocurren. Pero
vivimos asimismo en la sociedad de los negocios. Nadie da algo a cambio de nada y los
premios no son ajenos a la ecuación. Tal como han ido evolucionando en los últimos
años, es difícil no fruncir el ceño con ironía al adivinar las maquinaciones
mercantiles que existen tras el fallo de muchos jurados, pues más parecen influidas por
el contable de la empresa que por criterios estéticos. En dicho ambiente, los premios que
da cada año la cartelera Turia son una especie de oasis en el desierto. Para empezar,
nadie se presenta a ellos, lo cual desactiva de entrada el mecanismo de relojería de la
competición entre colegas. Carecen de señuelo de dinero con el que se compra
la voluntad del favorecido y, por lo tanto, no hay nada que recuperar después. Se trata
sólo de una fiesta en la que todos se lo pasan bien, bailan, beben, se divierten y aquí
paz y allí gloria.
Yo lo recibí hace un par de años por mi novela Hijas de Eva. Como es el único premio
que tengo -en un entorno en que cualquier hijo de vecino ha recibido siete u ocho-,
conservo frente a la mesa de mi despacho la estatuilla que me dieron. En la Edad Media
algunos santos tenían a la vista una calavera para que les ayudase a resistir las
tentaciones. Mi calavera es este halcón maltés y, cuando lo miro de reojo, sé que
seguiré fiel a mi decisión inicial de mantenerme al margen de premios literarios. Me
basta con el de la Turia.
De bien nacidos es ser agradecidos, y como yo soy ambas cosas, guardo un cariño especial
por el equipo de entusiastas de la calle del Miracle. Por eso no he podido negarme cuando
mi amigo Alfons Cervera -compañero de causas imposibles- me llamó el otro día por
teléfono para pedirme que escribiese un elogio de Ana María Matute, a quien este año le
han dado el premio al conjunto de su obra. Es ésta la única servidumbre que crean los
Turia, la de la amistad, pues el hecho de formar parte del ya largo elenco de premiados
hace que uno colabore con gusto en que la fiesta no decaiga. ¿Con qué cara hubiera
podido yo negarme al ruego de Alfons? Pero además, hablar bien de doña Ana María
resulta tan fácil como de Buñuel o de Baroja. He aquí la ventaja de los clásicos como
ella, que son de otra galaxia y ya nadie los pone en duda. Para colmo, y por muchos años,
está viva y sigue escribiendo. Es la Matute, nuestra Matute.
Pocos novelistas del siglo que se nos está acabando -hasta el 31 de diciembre estamos en
el XX- han sabido prestar a su prosa un tono inconfundible que los haga distinguirlos como
marca personal. Los libros de Ana María Matute sólo pueden ser de ella: no
se parecen a los de nadie. En Olvidado rey Gudú, (su penúltimo éxito, ya que en estos
días anda arrasando con una nueva novela, Aranmanoth, que aún no he tenido tiempo de
leer), incide una vez más en esa mezcla íntima entre fantasía y realidad que deja
traslucir de vez en cuando destellos poéticos. Desde sus comienzos literarios en la
posguerra y luego en toda su larga trayectoria, Matute nunca buscó plasmar un mundo
objetivista y documental, algo que en verdad resultaba tentador a causa de la tristeza del
franquismo y que, ya en una generación posterior, haría las mieles de Alfonso Grosso o
de Juan García Hortelano. Pero la renuncia a lo social nunca implicó que
Matute cayera del lado de la literatura de evasión. Muy al contrario, su pluma ha estado
siempre dedicada a la tarea de transformar el mundo, con un rechazo absoluto a
mostrar el lado falso y artificial de la existencia y un empeño por hurgar en la
dramática cotidianidad de seres desamparados, doloridos, de niños indefensos que crecen
llenos de traumas. Ana María Matute sabe que la vida no es un jardín de rosas y nunca
trata de ocultar la cara oscura y descarnada de la realidad, pero lo hace con lirismo y
brillantez, de modo que el contraste entre ambas cosas crea un barroquismo insuperable.
Recuerdo mis años adolescentes, cuando leí las duras vicisitudes de aquella familia
minera en Los Abel, o la magnífica historia de amor que sigue siendo En esta
tierra, o La trampa, con fondo de guerra civil, o La torre
vigía, en la que nuestra autora ya hizo
gala de su pasión por los temas medievales. Por ellas, y por las otras novelas que me
dejo en el tintero, la Matute -esta abuela culta que todos quisiéramos tener para que nos
cuente historias antes de dormir- se merece el premio Turia.
¡Enhorabuena, Ana María!
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