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Tony
Blair en el País de las Maravillas
MANUEL TALENS
Bill Clinton está pensando seriamente en bombardear Irak para contrarrestar el daño que
le han causado sus devaneos amorosos, y necesita el apoyo moral que lo justifique ante la
posteridad. Es bien sabido que la Historia es un mundo de ficción, amorfo y maleable, y
cada uno la escribe según su conveniencia. Los reyes del pasado ponían a Dios por
testigo cada vez que machacaban al débil. Era fácil: Dios nunca se enojaba ni los
reprendía por aquel abuso de confianza. Lástima que en la actualidad las masas sean más
descreídas y haya que echar mano de otros reyezuelos -mortales, pero más poderosos que
Yahvé- para seguir haciendo lo mismo de siempre.
El pueblo iraquí, ya exhausto por culpa de un régimen criminal como el de Sadam
Husein,
con miles de niños que son víctimas inocentes de malnutrición y enfermedades a causa de
unas perversas y también criminales Naciones Unidas, no se merece más sufrimientos. Que
un hombre de orden como Helmut Kohl haya decidido poner el arsenal logístico de Alemania
al servicio de una empresa injusta como la de los Estados Unidos de América no causa
demasiada sorpresa. Pero que un supuesto socialista como Tony Blair -el Labor Party dice
representar a las clases trabajadoras- vaya a Washington, se fotografíe en postura casi
concupiscente con su amigo Bill, asista a un guateque plagado de millonarios,
politicastros, artistas de Hollywood y cantamañanas y termine por enviar al Golfo un
portaaviones de la Royal Navy para ayudar en la carnicería, resulta francamente
bochornoso.
¿Es eso la izquierda?
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