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MANUEL TALENS



«Todo es mentira, mentira lo que dice, mentira lo que da, mentira lo que hace», canta Manu Chao en su último y hermoso disco, Clandestino, dedicado temáticamente a los zapatistas de Chiapas. No hace falta ser un lince para deducir hacia dónde va dirigida la acusación de dicho comportamiento.

El arte de mentir en los círculos del poder no es nuevo. El escribidor y físico inglés John Arbuthnot, al resumir en 1712 su Treatise of the Art of Political Lying [Tratado del arte de la mentira política], ponía en guardia a «los jefes de los partidos contra el hecho de creerse sus propias mentiras». Mentir debería ser lo que uno hiciera, no lo que uno era: una gracia social, no un hábito incontrolable... Ésta y otras muchas jugosas historias se hallan en The Culture of the Copy, de Hillel Schwartz, cuya traducción castellana aparecerá próximamente en librerías. Por desgracia, casi tres siglos después de dicho consejo, los políticos profesionales del mundo postmoderno parecen no haber hecho el más mínimo caso al oscuro Arbuthnot: mienten más que hablan y algunos hasta viven convencidos de «difundir» la verdad.

El cómico embrollo braguetario en que se ha visto envuelto Bill Clinton, además de poner al descubierto la hipocresía de la democracia (?) washingtoniana -que elimina servicios sociales porque resultan caros, y luego no duda en gastarse un Perú investigando asuntos de faldas-, ha servido para que las pantallas televisivas del planeta vean al hombre más poderoso del momento, caracterizado de buen padre de familia y arrepentido de su falta, recitando como un papagayo el guión escrito por sus abogados, en el que cada palabra estaba aseptizada y a prueba de posibles contragolpes legales. Así, la felación que le hizo Monica Lewinsky -eso que en inglés se conoce como un blow job- se ha convertido en una «relación impropia». No está mal la metáfora.

Hasta aquí nada chirría: al fin y al cabo estamos acostumbrados a que las vergüenzas políticas sean embellecidas sintácticamente para que cuelen sin dificultad entre un público cada vez menos receloso. Dejando de lado que nadie -ni el fiscal Starr ni Dios bendito- debería tener derecho a inmiscuirse en los hábitos sexuales del prójimo, lo peor es que Bill Clinton sigue mintiendo incluso cuando afirma que ahora dice la verdad, puesto que una retractación de mala gana tiene poco o nulo valor. Forzado por las circunstancias, sigue representando el papel de presidente. Ha vivido tanto tiempo dentro de la ficción del Estado, creyéndose sus propias mentiras -que van desde pretender que el Partido Demócrata busca el «bien común» para el american people hasta la engañifa de que los Estados Unidos luchan en política exterior contra los «enemigos de la libertad»- que ahora ante las cámaras no le ha quedado más remedio que pasar por las horcas caudinas de la moral.

Su problema no es haber mentido bajo juramento ni haber sido infiel a la primera dama: eso lo hacen todos. Su verdadero y único problema es que lo han pillado, como pasó con Nixon. La maquinaria de la sociedad estadounidense y de las élites que la gobiernan en alternancia busca únicamente el beneficio económico para unos pocos, y como la cuantía de tales beneficios se multiplica por mil cuando se tienen las riendas de la Casa Blanca, es lógico y ortodoxo que el Partido Republicano se le haya lanzado a la yugular.

Resulta, pues, patético, defender dicha soap opera como una prueba de salud institucional. Que se lo cuenten a otro.

 

LEVANTE-El Mercantil Valenciano, sábado 22 de agosto de 1998

 

© Manuel Talens 2002