Malas
lecturas
MANUEL TALENS
Jorge Luis Borges, citando a Schopenhauer, dijo una vez que no se debe leer ningún libro
que no haya cumplido cincuenta años, porque no sabemos si es bueno o malo. Tras recordar
esta boutade, una más de las muchas con que nos obsequió el ciego universal (¿se han
dado cuenta de que los verdaderamente grandes en nuestra lengua -Cervantes, Valle, Borges-
eran minusválidos?), dejo de inmediato al autor porteño para no contribuir a la
avalancha que nos ha caído encima sobre él -similar a la del año pasado con
Lorca- y
paso a decir que hasta hace un tiempo yo compartía dicha opinión, sólo que adaptada a
mi persona.
Ávido lector de novelas desde mi infancia, le daba a cada una de ellas la oportunidad de
treinta páginas para engancharme en su trama, sin lo cual pasaba a la siguiente. Mi
razonamiento era éste: no es posible leer todo en la vida y, si calculamos que me quedan
cuarenta años (soy un eterno optimista) a cuatro novelas por mes, eso hace unas dos mil,
muy poco para lo que desearía.
Todo iba bien hasta que añadí a mis actividades la de lector profesional de manuscritos,
algo que me obliga a llegar hasta el punto final de lo que me echen y a escribir luego un
informe minucioso. Cualquier sello editorial que se precie en este mundo recibe hoy un
mínimo de cien ladrillos mensuales aspirantes a la gloria y, les aseguro, no
todos son Faulkner.
He tenido la suerte de toparme con algunas maravillas, pero la mayoría de las veces se
trata de textos infumables, de esos que provocan vergüenza ajena. El porcentaje de
genios, por mucho que las solapas insistan en lo contrario, sigue siendo ínfimo. Sin
embargo, ahora casi me alegro de esta condena, pues de la misma manera que se aprende
imitando lo bueno, se avanza en el arte de escribir eludiendo los defectos de los demás.
Lo cual no significa que esta ley sea universal, pero a mí me conviene. Qué remedio.
|
LA MODIFICACIÓN, nº 12, octubre
de 1999 |
|