El
lenguaje «texto» y la neolengua orwelliana
MANUEL TALENS
El pasado mes de julio, durante un viaje al Pirineo, escuchaba yo distraídamente la
emisora France Culture mientras el coche me iba deslizando por la carretera. Una
entrevista, de repente, empezó a interesarme. Se la hacían al comedido autor de un libro
sobre el lenguaje «texto», ese galimatías con que los jóvenes se comunican entre sí
en los chats de Internet y en los mensajes por teléfono móvil. El entrevistado -un
lingüista y profesor universitario de París- vino a decir que la necesidad de ahorrar
tiempo y dinero en el momento de escribir cualquier frase ha sido el motor del
extraordinario florecimiento de este metalenguaje que ha nacido como apéndice de las
viejas lenguas de la cultura europea. Los ejemplos concretos que dio en francés (kkse por
«quest-ce que cest», dm por «demain», etc.) son transportables al
castellano. Veamos: entre otras muchas innovaciones, el lenguaje «texto» en nuestras
latitudes ha sustituido ll por y, ha eliminado los «inservibles» acentos, el deletreo de
algunas palabras (por ejemplo, «cuatro» ha pasado a ser definitivamente 4, «por qué»
es pq, «más» es +, «arriba» es y así sucesivamente) y ha enterrado la letra h
(¿a quién le interesa ese resto del ayer, que ni siquiera se pronuncia?).
El tiempo real de conexión a la red -internética o telefónica- es caro, añadió en su
perorata el profesor (para quien todo parecía ser una cuestión de bajo presupuesto) y
cuanto menos se demoran los jóvenes en transmitir el mensaje, más barato les sale.
Ante una postura tan poco analítica, el periodista se inquietó del peligro de que eso
que ha empezado como un juego banal, restringido a la comunicación a distancia y a una
franja específica de la población -los adolescentes-, llegue un día a generalizarse
debido al auge imparable de aparatos informáticos que nos rodean, pero el entrevistado
respondió que el lenguaje «texto» convivirá probablemente junto a la forma culta,
gramatical, de la escritura tradicional, desestimando en apariencia el hecho turbador de
que cada vez son más numerosos los universitarios de la Unión Europea incapaces de
expresarse de manera correcta, de palabra o por escrito, en las distintas lenguas.
Surge aquí, por supuesto, la pregunta inmediata: ¿Qué es «expresarse de manera
correcta»? Y, de ella, otra pregunta derivada: ¿No será acaso una postura retrógrada,
un oponerse a la libertad individual, el defender a ultranza reglas sintácticas que
provienen de tiempos feudales? Está claro que el hecho de plantear el problema en tales
términos parece llevar en sí mismo el germen de un saludable desafío, y ya sabemos
desde Freud que para crecer es necesario oponerse. Pero, ¿lo lleva de verdad?
Durante las últimas tres décadas, a partir del instante en que el mundo inició su
imparable aceleración, hemos asistido al desprestigio o a la franca ruptura de normas y
principios, buenos y malos, que habían necesitado siglos de sosegado engaste. Las
relaciones familiares y sociales, los conceptos de autoridad, de respeto y de convivencia
han sido pulverizados o son irreconocibles, las distancias físicas entre países antes
lejanos se han reducido y hoy nada es igual a lo que conocimos hace todavía muy poco.
¿Por qué, entonces, el lenguaje no habría de sufrir los embates de la posmodernidad? Si
la cultura, tan apreciada antaño, ha perdido su lugar de privilegio para ser reemplazada
por la información superficial inmediata -constantemente renovada-, si el conocimiento de
la Historia, del saber transmitido por las generaciones precedentes es ya algo tan
obsoleto que los currículos escolares se desprenden de él como de unos zapatos viejos,
¿no será que estamos entrando en una nueva era de humanidad, que prescindirá
definitivamente de buena parte del bagaje anterior para empezar desde cero un huxleyano
Brave New World?
Un discurso almibarado como éste, con la ocultación nada inocente de cualquier vínculo
negativo, es la mercancía que los defensores a ultranza del ultraliberalismo nos
pretenden vender, envuelta en la aureola de una supuesta emancipación individual. Sin
embargo, la realidad que se oculta detrás de tales falacias -el lenguaje «texto»
liberador de las cadenas de la gramática forma parte de ellas, junto con las
supercherías del «libre mercado», del «estado de derecho» o de las «guerras
humanitarias»- es muy distinta.
Llegados a este punto de mi exposición, el lector me permitirá que copie aquí una larga
cita de George Orwell, extraída del apéndice de su sobrecogedora novela 1984*, donde se
define la neolengua de la etapa final de la dictadura social: «La intención de la
neolengua no era solamente proveer un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos
mentales propios de los devotos del Ingsoc, sino también imposibilitar otras formas de
pensamiento. Lo que se pretendía era que la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento
herético, es decir, un pensamiento divergente de los principios del Ingsoc, fuera
literalmente impensable, o por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las
palabras. Su vocabulario estaba construido de tal modo que diera la impresión exacta y a
menudo de un modo muy sutil a cada significado que un miembro del Partido quisiera
expresar, excluyendo todos los demás sentidos, así como la posibilidad de llegar a otros
sentidos por métodos indirectos. Esto se conseguía inventando nuevas palabras y
desvistiendo a las palabras restantes de cualquier significado heterodoxo, y a ser posible
de cualquier significado secundario. Por ejemplo: la palabra libre aún existía en
neolengua, pero sólo se podía utilizar en afirmaciones como este perro está libre
de piojos, este prado está libre de malas hierbas. No se podía usar en
su viejo sentido de políticamente libre o intelectualmente libre,
ya que la libertad política e intelectual ya no existían como conceptos y por lo tanto
necesariamente no tenían nombre. Aparte de la supresión de palabras definitivamente
heréticas, la reducción del vocabulario por sí sola se consideraba como un objetivo
deseable, y no sobrevivía ninguna palabra de la que no se pudiera prescindir. La
finalidad de la neolengua no era aumentar, sino disminuir el área del pensamiento,
objetivo que podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo
indispensable.»
(Diviértase el lector, si lo desea, sustituyendo Ingsoc por globalización neoliberal y
neolengua por lenguaje texto.)
La palabra, con sus connotaciones casi divinas de creación del mundo a través del acto
iniciador de nombrar las cosas, ha sido siempre un instrumento de poder. Roma nos impuso
el latín, España impuso en América la lengua de Castilla, e Inglaterra, de forma
retardada a través de su hijo pródigo estadounidense, ha universalizado en poco tiempo
el inglés como nueva lingua franca. Cada imperio sucesivo, a través de las palabras que
legaba a sus vasallos, ha transmitido su ideología, pero lo que está sucediendo hoy con
este nuevo retoño -el lenguaje «texto»- es una vuelta de tuerca todavía más perversa,
pues ni siquiera se trata de sustituir una lengua por otra, sino de arrasar los cimientos
gramaticales -es decir, mentales- que nos constituyen como individuos. Dicho engendro ya
no es hijo de ninguna patria geográfica particular con veleidades imperialistas, como ha
venido sucediendo hasta hace poco en el transcurrir de la historia, sino de un enemigo
invisible, apátrida y omnipresente, el capital globalizador, auténtico amo del mundo en
este nuevo milenio.
Las compañías multinacionales (y en cabeza de ellas las del sector de
telecomunicaciones, que es el más boyante y el que mejor difunde el pensamiento único),
tras conseguir que los políticos «democráticos» estén a su servicio y dicten leyes
que favorecen su implantación y sus negocios, necesitaban gobernados incultos y dóciles
-consumidores, no personas con capacidad de crítica y de rebelión- y una de las maneras
más rápidas de lograrlo es uniformizarlos a través y por encima de las fronteras,
rompiendo las estructuras lingüísticas de nuestra torre de Babel, que son el nudo
gordiano de los genes culturales de la diversidad, el auténtico ADN que nos define como
individuos frente al universo. Hoy en día, el lenguaje «texto» pone en peligro todas
las lenguas de la tierra, incluida la inglesa, por mucho que ésta sea la que utiliza en
sus intervenciones el brazo armado de las compañías multinacionales.
El lenguaje «texto», lejos de ser una moda joven, progre e inocua capaz de suscitar la
sonrisa comprensiva de las generaciones ya instaladas, es una auténtica bomba de
relojería que los nuevos señores del dinero nos han dejado bajo la cama. Oponerse a su
difusión no es oponerse al necesario mestizaje, a los préstamos tomados de otras
culturas o a la evolución tranquila de las viejas lenguas -en nuestro caso, del
castellano-, pues los pueblos, con su infinita sabiduría, ya se encargan de ello, sino
desoír las órdenes pseudolibertarias dictadas subliminalmente con propósito destructor
desde los despachos de altos ejecutivos.
Concuerdo con quienes opinan que la globalización neoliberal, con su obsceno
mercantilismo, es una nueva Guerra Mundial (la cuarta, tras la tercera que fue la Guerra
Fría). Mata con lentitud, pero mata igual que las anteriores. Sin embargo, no es cierto
que estemos indefensos para combatir: como dijo el poeta, nos queda la palabra, y el
castellano, bien hablado y bien escrito, puede ser un arma sumamente eficaz.
|
| LOS LIBROS EN CASTILLA Y LEÓN,
nº 7, septiembre 2001 |
|