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La
verdad de las distancias
MANUEL TALENS
Dos noticias ajenas entre sí me han hecho reflexionar estas últimas semanas sobre los
distintos tipos de viaje que pueden hacerse en este fin de milenio. Una de ellas, la menos
conocida, me golpeó desde la última página de EL PAÍS: hablaba de un muchachito
magrebí que había escapado del infierno de su vida oculto en los bajos de un camión
español. Resultaba escalofriante leer en qué condiciones de peligro, de miedo y de frío
atravesó esta tierra -que podría haber sido suya si los Reyes Católicos no hubiesen
existido-, hasta ser descubierto casualmente por el camionero en un pueblo de Castellón.
Estaba carente de papeles, sólo hablaba árabe y parecía temeroso. No es para menos:
aún no llegó a la pubertad y ya las injusticias de este mundo lo han empujado a irse
lejos del lugar de sus juegos infantiles, de su familia, de las caras conocidas, del
paisaje ancestral, y todo a causa de unas condiciones de escasez que hacen resaltar, por
contraste, las supuestas virtudes de nuestro mundo, tan cruel en la práctica para con los
vencidos de la historia.
La segunda noticia es más reciente y ha dado la vuelta al globo de la mano de la prensa y
de la televisión. Se trata del éxito obtenido por los Estados Unidos con el viaje de la
nave espacial Mars Pathfinder. La alegría desbordante y comprensible de los técnicos de
la NASA tras recibir la primera comunicación correcta del Sojourner, ese pequeño
carricoche todoterreno que ahora está explorando la roja superficie de Marte y que nos
hará saber un montón de cosas sobre el cosmos, dejaba en segundo plano una verdad menos
halagüeña: el hecho de que dos terceras partes de la humanidad -representadas en este
artículo por el joven magrebí- vivan en condiciones de indigencia.
Suena a verdad de Perogrullo, pero el destino de toda esa muchedumbre podría mejorar si
las enormes sumas de dinero que se gastan en programas espaciales volvieran los ojos hacia
esta galaxia menos prosaica -y a diferencia de la otra, hormigueante de vida-, tan cercana
a nuestra puerta que en un buen día de brisa podríamos incluso oler el tufo de su
miseria. Pero ha sido más fácil levantar muros y promover leyes de extranjería, que
traen en jaque a quienes podrían estropearnos la digestión con su aspecto de
pordioseros.
El cine, testigo excepcional de nuestro tiempo, nos ha dejado ejemplos maravillosos del
cándido espejismo que la riqueza produce entre los países desfavorecidos por la suerte.
En este momento me acuerdo de dos películas. Una fue El Norte, del chicano Gregory
Nava.
En ella dos hermanos guatemaltecos, perseguidos en su país por los escuadrones de la
muerte, viajan hasta California pasando vicisitudes sin fin, convencidos de poder
compartir al menos unas migajas del pastel capitalista, para no encontrar al cabo sino la
cruda realidad: ella muere de peste bubónica contraida al atravesar la frontera mexicana
por un desagüe lleno de ratas y él sufre la agonía simbólica de sus ilusiones. La otra
película es más reciente: Lamerica, de Gianni Amelio, en donde los refugiados albaneses,
que huían de la ruina comunista tras el desmoronamiento del antiguo feudo de Enver
Hoxha,
se topaban con la estafa y con la intransigencia de Italia (léase de la Unión Europea).
Los españoles fuimos hasta hace poco un pueblo de mendigos (con insensibles noblezas
imperiales en el poder) y durante siglos nos quitamos el hambre camino de América o de
Europa: no en vano los franceses solían llamarnos despectivamente escargots (caracoles),
porque íbamos con el atillo al hombro. Nuestros héroes de manual -Colón, Cortés,
Pizarro, incluso Cervantes, que quiso irse a las Indias y se lo impidieron- no eran menos
infelices en su origen que los hutus o los bosnios: gente desplazada que buscaba mejorar,
aun a costa del más débil. Ahora que nos sonríe la suerte, que somos un próspero
«estado de derecho», viajamos -o escapamos- al Caribe para cargar las pilas que el
bienestar nos ha ido gastando durante el año.
Viajar. Huir. Viajar es siempre huir de algo, pero no es lo mismo hacerlo como un pobre
que como un rico.
Ya no hay distancias en el mundo, dice el eslogan publicitario de las agencias de turismo.
Eso es cierto sólo a medias: los 15 kilómetros de mar que cualquier desheredado
marroquí ha de recorrer en patera antes de pisar España están infinitamente más lejos
para él que los 190 millones que separan actualmente al Primer Mundo de Marte, porque su
unidad de medida no es el metro, sino el egoísmo. Y el egoísmo es tan ilimitado como el
universo.
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