Inefable
Matutes
MANUEL TALENS
En términos estrictamente legales, el terrorismo es la sucesión de actos de violencia
ejecutados para infundir terror y doblegar por la fuerza la voluntad de un Gobierno
constituido, ya sea democrático o dictatorial. Desde cualquier punto de vista, ético o
estético, se trata de algo absurdo y condenable. Las masacres del IRA, los secuestros y
asesinatos de ETA o los recientes atentados contra las embajadas estadounidenses en Dar es
Salam y Nairobi son acciones innobles de esta índole. Hasta aquí, la mayor parte de los
ciudadanos parece de acuerdo.
Es a la hora de juzgar la réplica que escogen los Gobiernos para defenderse de dicha
lacra cuando empiezan a embrollarse las ideas. En ese punto existe una incuestionable
manga ancha conceptual, de la que son responsables los denominados aparatos
institucionalizados del Estado. Israel, que durante años ha sido uno de los grandes
sufridores de tragedias terroristas, suele responder ojo por ojo y diente por diente a
cada agresión, aniquilando enclaves palestinos y sembrando el dolor y la ruina entre sus
moradores. Los Estados Unidos, apoyándose asimismo en su enorme fuerza militar, han
utilizado con frecuencia el contraataque sanguinario para dar una lección a las terceras
naciones que supuestamente les hacen daño. Libia e Irak, entre otras, conocen de sobra el
sabor de la metralla del tío Sam. En ninguno de tales casos, todo hay que decirlo, jamás
fueron cuestionadas -ni lo serán- las bajas colaterales de inocentes ni la legitimidad
deontológica de semejantes venganzas, que, sin embargo, son un calco clónico a gran
escala de lo que en España hemos llamado la guerra sucia de los GAL, es decir, la
eliminación pura y simple del enemigo utilizando sus mismos métodos.
A priori, y de acuerdo con el Código Penal, parece impecablemente correcto que la derecha
gobernante española -en nombre del sacrosanto imperio de la ley- haya blandido como un
arma arrojadiza los horrorosos desmanes que se cometieron contra el mundo etarra desde las
esferas del poder; pero que hace unos días el inefable Abel Matutes, ministro de asuntos
exteriores, justificara sin ambages los bombardeos estadounidenses en Sudán y
Afganistán, calificándolos de legítimos, suena demasiado a doble moral, pues según mi
lectura -y una vez eliminado el fárrago tramposo que divide al mundo en buenos y malos-,
no existe diferencia alguna entre los pilotos estadounidenses y los mercenarios del GAL:
todos ellos matan terroristas, y por las mismas razones.
Las declaraciones de Matutes son una evidencia más de que el PP ha utilizado desde el
principio la guerra sucia no con ánimo de regeneración espiritual, sino con fines
espurios y perfectamente calculados: la inmolación de los socialistas y, sobre todo, de
Felipe González.
Está claro que la política es el arte de ajustar la verdad a lo que nos conviene en cada
ocasión, pero a cualquier político profesional -y Abel Matutes lo es- se le debería
exigir un mínimo de coherencia semántica cuando abre el pico, aunque sólo sea para
mantener las apariencias y que no se le vea el plumero.
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LEVANTE-El
Mercantil Valenciano, sábado 29 de agosto de 1998 |
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