El
imperio de la ley
MANUEL TALENS
No sin un deje de orgullo, el parlamentario palestino Hadem Abdel Jader declaró a los
medios el domingo, 30 de agosto: La aplicación de la pena ha demostrado que el imperio de
la ley reina en Palestina.
¿A qué pena se estaba refiriendo con tan pretencioso alegato? Mientras hablaba, aún se
oían en el aire los disparos del pelotón de fusilamiento que acababa de ejecutar a
Mohamed y Raed Abu Sultan, dos hermanos miembros de las fuerzas de seguridad palestinas
que el jueves 27, según parece, habían asesinado durante una pelea a dos hombres,
asimismo hermanos y policías del mismo organismo. La sentencia, dictada con una celeridad
pasmosa para el mundo árabe -tradicionalmente acostumbrado al vuelva usted mañana-,
demuestra hasta qué punto Yasir Arafat se encuentra en un callejón sin salida y está
perdiendo el papel glorioso que le esperaba en los futuros libros de historia.
La fundación del Estado de Israel en 1948 creó un problema al solucionar otro, pues si
bien los judíos de la diáspora han podido desde entonces regresar a su patria del
Antiguo Testamento, el pueblo palestino se vio despojado de lo más elemental que
cualquier persona puede poseer: un lugar donde vivir. En esa injusticia originaria y mal
calculada -que antepuso la verdad de los textos bíblicos a la verdad de dos mil años de
estancia palestina en la región- se basaron las diferentes guerras que han ido dejando
como corolario un odio profundo entre árabes y judíos.
Hoy, cincuenta años después, todo sigue prácticamente igual. Israel, apoyándose en una
sólida infraestructura económica, en unas normas democráticas globalmente homologadas y
en la ayuda incondicional de los Estados Unidos, es una realidad incuestionable que
controla los hilos políticos del área geográfica del Mediterráneo oriental. Por su
parte, el pueblo palestino continúa siendo el pariente pobre que ha de aceptar a
regañadientes los dictados del primo opulento, a sabiendas de que ese primo unas veces da
(las concesiones de la izquierda israelí tras los acuerdos de Madrid, que permitieron el
establecimiento de la actual Autoridad Palestina) y otras quita (la marcha atrás de la
derecha religiosa y ultrarreaccionaria, que utiliza a Benjamin Netanyahu como punta de
lanza). A la postre, el denominado canje de paz por territorios ha demostrado ser una
engañifa.
En medio de este perenne barrizal se alza la figura incombustible de Yasir
Arafat, el
pragmático y camaleónico dirigente palestino, incólume a pesar de intrigas, exilios y
mil vicisitudes, que supo en su día abandonar la imagen de jefe duro e inflexible de la
OLP para convertirse, forzado por las circunstancias, en un político de corte moderado
que resultase presentable en los salones del mundo occidental.
La ausencia de respuesta ante los casos de corrupción en que se han visto implicados
varios miembros del entorno de Arafat contrasta ahora con la aplicación sumarísima de la
pena de muerte sin posibilidad de apelación. Esta barbaridad podría tirar por tierra
gran parte del crédito que el carismático líder ha ido adquiriendo, pues sólo es una
carnaza que apacigua a los sectores más primitivos de uno y otro bando, y se debe sin
duda a la incómoda postura en que se halla, confrontado, por una parte, con un Netanyahu
que se olvida descaradamente de las promesas anteriores y, por la otra, con el enfurecido
pueblo palestino, harto ya de ser el eterno perdedor.
No hay que olvidar que hasta hace muy poco, Yasir Arafat era tildado de terrorista por el
mundo judío en bloque. Corrían los tiempos en que la OLP no dudaba en reivindicar sus
derechos con bombas y asesinatos contra objetivos israelíes, y en eso -sin entrar en el
análisis de la justicia de sus objetivos- no se diferenciaba de otros movimiento de
liberación, como ETA o el IRA. Hoy el escenario es distinto y Arafat actúa en él como
jefe de un Gobierno legal. El haber autorizado estos fusilamientos, más que una prueba de
que bajo su mandato reina el imperio de la ley es un peligroso signo de salvaje
radicalización, una huida hacia adelante, un error incalculable que sepultará aún más
en la miseria al sufrido y admirable pueblo palestino, porque los errores siempre se
pagan.
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LEVANTE-El
Mercantil Valenciano, viernes 5 de septiembre de 1998 |
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