Espejismo
MANUEL TALENS
Pasada la fiebre del Mundial de fútbol, convendría ahora analizar qué hay de verdad en
la supuesta cohesión que el equipo multirracial de Francia ha traído como un regalo a la
compleja sociedad de nuestros vecinos, acosada a la derecha por los nazis de Le Pen y a la
izquierda por la política del Partido Socialista, que, en principio y de acuerdo con la
ley, debería próximamente expulsar del país a un número impreciso de indocumentados,
entre 400.000 y 800.000.
El Presidente Jacques Chirac, zaherido hasta el mes de junio por chistes y dudas sobre su
capacidad intelectual para conducir una nave de tanta grandeur, parece haber recuperado
buena parte de las plumas perdidas, y ello a causa de sus saltos y aspavientos con cada
gol de Zidane. Y para corroborar el milagro, un viejo carcamal gaullista como Charles
Pasqua, ministro del interior de varios gobiernos conservadores, de cuyo despacho salió
la ley de inmigración más cruel de la historia gala, acaba ahora de pedir que se acepte
a los ilegales, en nombre del nuevo espíritu de pluralidad multiétnica que han traído
las huestes de Aimé Jacquet.
¿Tiene sentido esta historia o, como algunos sospechan, es sólo un montaje publicitario,
una huida hacia adelante de politicastros ansiosos por recuperar el poder o afianzarse en
él? Yo me inclino por lo segundo. Difícilmente las hazañas deportivas de
Trezeguet,
Desailly o Karembeu harán cambiar la suerte que el destino reserva de forma implacable a
las minorías norteafricanas o guadalupenses, que después del preciado título siguen -y
seguirán- malviviendo entre drogas, miseria y hacinamiento en las descoloridas
banlieues
de Lyon o París.
La camarilla política, acostumbrada a utilizar en beneficio propio cualquier coyuntura,
le está tomando el pelo una vez más al respetable, pues mezcla deliberadamente la
velocidad con el tocino. Por mucho que se lo quiera disfrazar, el racismo del Frente
Nacional -y de buena parte de las fuerzas vivas no lepenistas- es una lucha de clases
entre poderosos y pobretones, no un asunto relacionado con el color de la piel (aunque,
vaya casualidad, los segundos suelen ser inmigrantes negros o magrebíes), y sucede, por
si alguno todavía lo ignoraba, que la selección azul -les bleus, como los llaman allí-
está compuesta por millonarios cuyo único parentesco residual con las víctimas del
desprecio cotidiano se reduce a su origen o a su apellido. Lo quieran o no, y por el mero
hecho de la abultada cuenta bancaria que poseen, estos futbolistas que cantaban tan
finamente La Marsellesa han dejado de pertenecer a su primitiva familia: viven y actúan
en el espacio natural de la derecha, ya no son proletariado urbano, nadie los mira por
encima del hombro, más bien les envidian su fama y su fortuna. Por lo tanto, cualquier
comparación entre Thuram y un barrendero caribeño de Niza es pura coincidencia.
La selección campeona no representa a la Francia contemporánea (o lo hace sólo en
cuanto a su imagen televisiva y superficial). Francia, todo hay que decirlo, es un país
mucho más avanzado que el nuestro -basta con visitarlo para darse cuenta-, y es que hizo
la Revolución hace dos siglos mientras que aquí hemos vivido entre cuartelazos y curas
hasta anteayer, pero está lleno de lacras raciales poscolonialistas y eso no se remedia
con goles. La exaltación patriótica nacional es fácil de conseguir mediante banderas,
himnos, discursos y demás zarandajas, pero imposible de mantener a menos que cese la
injusticia que divide a la sociedad francesa en dos bloques contrapuestos y que neutraliza
la retórica hueca del Presidente.
Permítaseme entonces poner en duda que Jacques Chirac esté dispuesto a darle la hora a
un negro de Pointe-à-Pitre si no hay fotógrafos alrededor. En cuanto al duro Charles
Pasqua, me temo que sigue siendo un halcón. Su increíble metamorfosis en paloma es más
bien un acto camaleónico motivado por la certeza de que una expulsión masiva de ilegales
significaría un golpe mortal contra el prestigio internacional de Francia -refugio
secular de exiliados- y una caída libre en la intención de voto para la casta que él
representa.
En dichas circunstancias, y a pesar de que sería un paso adelante si de verdad los sin
papeles obtuviesen la residencia, habrá que convenir que todas estas alharacas
integradoras de que nos hablan Le Monde o Le Figaro son poco más que una tregua, un
espejismo artificial. La lucha por la igualdad no ha terminado.
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LEVANTE-El
Mercantil Valenciano, miércoles 29 de julio de 1998 |
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