El
espectáculo debe continuar
MANUEL TALENS
¿Tienen alguna relación entre sí la espantá de los equipos hispanos en el Tour y el
rasgarse de vestiduras del PSOE tras la condena por el Tribunal Supremo de la antigua
cúpula de Interior? La tienen, qué duda cabe.
Los comentaristas deportivos, siempre tan zarrapastrosos a la hora de alejarse de lo
puramente atlético y analizar las cosas del mundo, no pierden la ocasión de recurrir al
sentimentalismo visceral, al espíritu de tribu. Es el signo de los tiempos: las guerras
entre «países civilizados» hoy se dirimen pedaleando o con un balón y las balas ya no
son de plomo, sino que se componen de palabras huecas. El galimatías retórico que han
organizado el Marca, El Penalti o TVE (y doy sólo tres ejemplos) tras el registro y
detención del médico del Once son la prueba irrefutable de que algunos periodistas, que
supuestamente están para informar, desinforman. Sugerir como hacen que la retirada en
bloque de los españoles fue la puesta en escena de un frente solidario contra las odiosas
vejaciones de la policía francesa al mundo del ciclismo es pura ficción, pues el
deporte-espectáculo está tan comercializado que el compañerismo resulta imposible. Si
los Kelme decidieron abandonar cuando Escartín tenía al alcance del pedal un lugar en el
podio, fue forzados por amenazas intestinas, por presiones inconfesables y para que no los
trataran de esquiroles. Los poderosos Banesto y Once -que reparten el bacalao- nunca
reconocerán oficialmente que sus verdaderos motivos estaban menos relacionados con la
dignidad ofendida que con el miedo a terminar en el talego. En otras palabras, el escarnio
del Festina les sirvió para curarse en salud poniendo pies en polvorosa a las primeras de
cambio.
En este fin de siglo, defender a esos equipos (que dicen representar a España pero sólo
representan sus intereses financieros) significa inmovilismo, como lo significó defender
al sinvergüenza de Fernando VII durante la Guerra de la Independencia. Los libros de
historia sirven para algo, pero no hay peor ignorante que el que se niega a estudiar.
Algunos de nuestros comentaristas deportivos (y los franceses, que también han entrado al
trapo en el fuego cruzado) no son más que tontos útiles, butanitos clónicos, bocazas de
gallinero, puestos ahí para provocar interferencias y enredar al personal. Si tiraran de
la manta en vez de perder el fuelle diciendo sandeces, desvelarían que el problema tiene
su origen en la Assemblée Nationale, el parlamento de nuestros vecinos, no en un
antiespañolismo de vía estrecha. Explicarían a la masa consumidora de deportes (formada
en un gran porcentaje por el sector anestesiado del país) que los políticos
occidentales, en su afán por interpretar académicamente la democracia, a veces aprueban
leyes contrarias al sentido común capitalista que sustenta al mercado global. Así, la
legislación gala criminaliza una realidad incuestionable, el dopaje, práctica tan
habitual en cualquier deporte que ya estaría «normalizada» de no ser por la doble moral
judeocristiana. Todo, sin embargo, se andará, porque hay demasiados intereses en juego.
Pasada la tormenta que ellos mismos han provocado con una ley tan inoportuna,
messieurs
les députés harán las enmiendas que sean necesarias y, el próximo Tour, tan amigos.
Pero, por favor, no despertemos el espectro de la francofobia ni satanicemos a la
policía, que sólo estaba cumpliendo con su deber constitucional.
Veamos ahora lo de la condena por el caso Marey. Como buen servidor del armazón
político-económico-social en el que está acomodado, el PSOE no podía menos que poner
el grito en el cielo ante lo inevitable del chaparrón que le está cayendo encima. Se
trata de un principio básico aprendido de los maridos infieles, que son quienes más
saben del asunto: «Niégalo todo, aunque te hayan pillado en la cama con
Fulanita, ya que
si uno acepta el desliz está perdido». Resulta, pues, chistoso observar desde aquí
fuera a toda la baronía vitalicia de Ferraz disparando contra los que se atrevan a
respirar. La mejor defensa siempre ha sido un buen ataque, deben de haber calculado, sobre
todo contra enemigos a los que se les podría aplicar sin injusticia el precepto bíblico
del «quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra».
Esta pelea de perros no es más que una leve avería en las bielas del poder, motor
bárbaro e inhumano donde los haya por muy recubierto que esté de elevados principios
éticos, el último de los cuales es ese acertadísimo eslogan publicitario del estado de
derecho, tan en boga desde hace algunos años entre escribidores, alcaldes, ministros,
guardias civiles, peluqueros, amas de casa, golpistas o tertulianos.
Ante dicha crispación en el Olimpo de los dioses patrios, ¿qué es lo que nos espera,
Virgencita de los Desamparados? ¿El caos? ¡Nada de eso, qué ordinariez! Se aplicarán
los parches Sor Virginia que hagan falta y a vivir, que son tres días (y queda uno).
Y volviendo a la pregunta inicial, la relación entre estas dos escandaleras estriba en
que sus protagonistas forman parte de la gran farándula mediática universal, esa que se
eterniza representando para la audiencia el honrado, simpático y adorable papel de Gary
Cooper. A veces algunos actores secundarios -policías franchutes o jueces de turno- leen
el guión al pie de la letra y montan un pollo, pero eso no altera la norma pactada de que
el espectáculo debe continuar. O, para decirlo en lenguaje de Hollywood,
the show must go on.
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LEVANTE-El
Mercantil Valenciano, viernes 7 de agosto de 1998 |
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