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País sin apellidos
MANUEL TALENS



Hay autores que proclaman sin ambages el dolor casi físico que sienten al enfrentarse con la página en blanco. No ha sido nunca ésa mi experiencia de escritor, pues para mí el hecho de combinar palabras suele convertirse en un acto gozoso, con el que trato de hacer preguntas al mundo que me ha tocado vivir. Sin embargo, hoy me abruma una tristeza infinita conforme aprieto las teclas de mi ordenador y veo aparecer las letras en la pantalla. Por el aire, proveniente de un cuarto contiguo, oigo el eco de un noticiero televisivo que narra las vicisitudes de la última infamia de ETA: el fratricidio de Miguel Ángel Blanco Garrido.

Muchas cosas se han dicho sobre el crimen durante estos últimos días. Yo quisiera añadir aquí el aspecto desoladoramente bíblico de todo este asunto. Cuando Caín acometió a su hermano Abel y lo mató, le preguntó el Señor: “Dónde está tu hermano? Y él respondió: No lo sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Y el Señor le replicó: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra” (Génesis 4: 10, 11).

Y me digo con angustia si acaso no estamos asistiendo a una representación actual de la misma escena del Antiguo Testamento al ver que los cabecillas de Herri Batasuna -vascos como Miguel Ángel, hermanos suyos- se desentienden cuando la sociedad les pide cuentas hoy de esa muerte, que ellos mismos habían anunciado con aquella cínica apostilla cainita de “la resaca después de la borrachera”.

Hemos presenciado una nueva vuelta de tuerca. Aún bajos los efectos del horror que nos produjo el largo secuestro de José Antonio Ortega Lara y de la crueldad del zulo en que fue mantenido durante 532 días, la muerte de este nuevo Abel, con su escalofriante escenificación, ha logrado sobrepasar un horror que ya creíamos no sobrepasable. Y mucho me temo que todavía no hayamos tocado fondo.

A los políticos siempre les gustó salir en la foto. Por eso, el hecho de ver a Cascos, a Zaplana, a Bono o a Pujol codo con codo en la manifestación de Bilbao, con ser importante y necesario, tiene menos valor para mí que todo ese gentío que desde Huelva a Gerona, desde Santiago a Almería, desde Cáceres a Valencia, se echó espontáneamente a las calles de nuestra vieja piel de toro, para gritar a los asesinos que cuando se mata a un vasco se nos está matando un poco a todos. Durante una semana ya, y ojalá por mucho tiempo, este crimen ha servido para difuminar las fronteras artificiales que nuestra joven democracia ha ido creando entre españoles, las diferencias absurdas que nos enfrentaban ayer mismo por el simple hecho de haber nacido unos kilómetros más arriba o más abajo.

Se ha dicho que, en circunstancias extremas, todos los seres humanos somos capaces de sacar lo mejor y lo peor que llevamos dentro. Con su muerte, Miguel Ángel nos ha dado la ocasión de ser un poco mejores y podemos estar orgullosos de nuestra respuesta. En los carteles que proclamaban ¡Basta ya!, en las gargantas de los millones de personas que corearon insultos a ETA, proferidos con las cuatro lenguas del Estado, no quedaban vestigios de lo que separa, no había Países Valencianos, ni Euskadis, ni Islas Canarias, ni Andalucías, ni Cataluñas ni Galicias. Era únicamente la voz de un país sin apellidos que dejaba a un lado las rencillas para llorar al último de sus mártires, caído sin culpa alguna por la libertad.

 

LEVANTE-El Mercantil Valenciano, viernes 18 de julio de 1997

 

© Manuel Talens 2002