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Dominus
vobiscum
MANUEL TALENS
La página editorial del diario decano de Valencia, el portavoz de nuestra añeja y muy
ortodoxa derecha, no suele tener desperdicio. Aunque parezca mentira, yo la leo con
fruición cada vez que me siento nostálgico del ayer, pues las diatribas que contiene,
más que de un periodismo de fin de siglo, parece el espectro amojamado de aquella prensa
que presumía del yugo y las flechas y de la batalla sin cuartel que libraba desde las
linotipias contra los enemigos de la patria.
Enfrascarme en sus panfletos mientras saboreo una buena taza de café es para mí como
entrar en el túnel del tiempo y volver a la adolescencia, cuando los periódicos
transformaban con descaro la realidad, convencidos de que éramos un pueblo infantil. Es
curioso de qué manera la mente juguetea con los recuerdos y termina por emulsionar
elementos dispares: la glorificación desmesurada y pelotillera al generalísimo que
practicaba el periodismo de aquellos años se mezcla ahora en mi memoria con la lucha del
pueblo vietnamita, con los acontecimientos del mayo francés y con el poso agridulce de
los primeros devaneos amorosos.
El diario decano de Valencia, conservado en naftalina intemporal, es aquella prensa. Sigue
altivo sin novedad en el Alcázar, huele a rancho de cuartel, a pelo engominado, a
bigotillo falangista y a desfiles bajo palio. Y si no me cree el lector, sírvase echarle
un vistazo durante una semana seguida.
El 10 de mayo pasado el argumento de sus artículos de opinión era de orden
eclesiástico. Juro por mi fe (lo cual no es mucho) que al empezar a desgranar aquellas
líneas sentí una tufarada de incienso en la nariz. Se trataba de conmemorar el día de
la Virgen de los Desamparados, la patrona de estas tierras.
Todos sabemos que España, inspirada por el cielo, fue durante muchos siglos un destino en
lo universal y que una religiosidad bondadosa, ingenua y a menudo cerril impregnaba los
corazones de nuestros abuelos. Sin embargo, los tiempos han cambiado, o al menos a mí me
lo parece. A punto de entrar en el tercer milenio, el genoma humano se halla a la vuelta
de la esquina y, para bien o para mal, tras el ejemplo de la oveja Dolly, el hombre está
en medida de crear otro hombre a su imagen y semejanza. Da miedo pensarlo, pero la figura
de aquel Dios único e insustancial, capaz de todas las cosas, es hoy de carne y hueso,
vive entre las probetas de los laboratorios, lleva bata blanca, apellido alemán o
anglosajón, no cree en la vida eterna, cobra un sueldo por su trabajo y, lo que es más
importante, se ha desprendido de la aureola sacrosanta que envuelve a los seres
invisibles.
Frente a eso, los ritos de la Iglesia católica -esa cueva oscura y anacrónica en la que
cualquier crimen todavía es posible- han dejado de poseer entre los menores de cincuenta
años el aspecto mítico, supersticioso y fetichista que caracterizó a épocas
anteriores. Pero el diario decano de Valencia, ajeno al correr de la historia, no se ha
enterado del cambio. El 10 de mayo, como iba diciendo, ofreció una demostración
inequívoca del tonelaje intelectual que impera entre la clase gobernante, a la que sirve:
los herederos de don Jaime I el Conquistador, reunidos para la ocasión al igual que
músicos de blues cuando organizan una jam session, le dedicaban un elogio a la Mare de
Déu que parecía una reseña de bobadas decimonónicas o franquistas. Allí estaba el
presidente de la Generalitat valenciana, el presidente de las Cortes valencianas, la
alcaldesa de Valencia y la reina del diario en cuestión: el poder en pleno. Y entre puras
y gozosas explosiones de inmenso amor, entusiasmo, fervor, faltas de ortografía y
devoción a la jorobadita, totalmente rendidos a sus pies, rizaron el rizo de los tópicos
nacional-católicos, y aquí paz y allí gloria. Ni siquiera faltaba en la esquinita de
abajo el anuncio publicitario de una peregrinación con enfermos a Lourdes.
Dominus vobiscum.
Sí, al inicio de la lectura sentí en la nariz una tufarada de incienso. Pero poco a
poco, imperceptiblemente, fue cambiando de naturaleza y mi cuarto se llenó de un efluvio
a azufre quemado. Me acordé entonces de Woody Allen y su última película,
Deconstructing Harry. ¿Será posible, me dije desamparado, que entre los pliegues del
manto virginal se haya escondido Lucifer?
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