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Despacio,
despacio
Manuel Talens
Solía decir mi abuela Carmen -una anciana hermosa a la que en su
juventud alpujarreña habían llamado la Reina- que la mejor manera de
crecer era dejarse arrastrar por la imaginación, y con tal fin nos
ayudaba a mi hermano y a mí contándonos historias en torno a la mesa
camilla. Eran los años en que la televisión aún no había llegado a
España y, por las noches, escuchábamos en la radio al cómico
argentino Pepe Iglesias el Zorro. Nuestra casa se encontraba a las
afueras de Granada, tan al límite que cien metros más lejos ya era
el campo andaluz. En el recibidor, a la derecha, había una estancia
pequeña, pomposamente llamada «el gabinete», con sillas tapizadas
de terciopelo escarlata y un mueble de estilo impreciso en cuyos
anaqueles relucían tesoros de todos los colores: eran libros. Una vez
que fui capaz de leer con soltura, empecé a pasar lo más claro de
mis vigilias enfrascado en aquellos mundos extraños y comprobé la
verdad de las razones de mi abuela, puesto que, efectivamente, seguía
creciendo sin cesar, según mostraban las señales que inmortalizaban
cada seis meses mis sucesivos estirones en el marco de la puerta de la
cocina.
No sé cuál sería el primer libro al que logré hincarle el diente
por completo, pero hay uno que me dejó una profunda impresión: tenía
tapas verdes, letras doradas en el lomo y un título sugestivo: Los
inocentes de París, de Gilbert Cesbron. En él compartí las cuitas
de una banda de gamins de origen modesto -Cipriano, Milord, Vévu y El
Pequeño- que se enfrentaban a un grupo de niños ricos del parque
Monceau. Recorrí con ellos la calle Trois-Novembre y la avenida Ville
de Bois, acaricié a su gato, llamado Monsieur Popoff, y franqueé el
Sena con el corazón encogido en dirección al Hospital Claude Bernard,
donde uno de aquellos amigos míos, casi tan palpables como los de la
realidad, moría en la última página y, sin darme cuenta, la novela
provocó en mí ese amor infinito por Francia que nunca me ha
abandonado.
Un buen cofre de tesoros por fuerza ha de guardar joyas de diferente
pelaje. El mueble del gabinete era heterogéneo como la cueva de Alí
Babá. Allí estaba la colección de El Coyote, de José Mallorquí
(La marca de El Cobra fue la novelita que más me agradó), Dombey e
hijo de Dickens, Recuerdos de la casa de los muertos de Dostoyevski,
La busca de Baroja, Nuestra Señora de París de Hugo, catorce
aventuras de Tarzán de los monos, Werther, El Lazarillo de Tormes,
Flor de leyendas de Alejandro Rodríguez «Casona», Espronceda, Bécquer,
Quevedo y bastantes cosas más.
Yo seguía leyendo. Perdí a mi abuela, pero ya no hubo manera de
parar. Fue poco después cuando descubrí el Quijote, y en Cide Hamete
Benengeli creí entrever la fuente donde algún día, si lograba
trabajar con tesón, en secreto, podría beber.
La vida, no obstante, le hace a uno dar pasos inesperados: terminé
por emprender un camino que poco o nada tiene que ver con la escritura
y que, quizá por eso, abandoné sin pesar. Una novia me partió el
corazón, otra me lo recompuso, salí de mi ciudad natal sin billete
de regreso y elegí el destino del nómada, pero siempre con una
novela bajo el brazo.
Los libros sirven no sólo para crecer, sino para seguir creciendo y,
por eso, no sería justo olvidar en este censo apresurado a los
escritores del boom o a algunos estadounidenses que admiro, desde
Faulkner a Richard Ford.
Muchos años después recuperé Los inocentes de París en la casa de
mis padres. Es una edición de la entonces incipiente Editorial
Planeta, sellada el mes de julio de 1954. No he vuelto a leerla, ni lo
haré nunca, por miedo a la decepción. Ignoro que habrá podido pasar
con los demás tesoros del gabinete. Con frecuencia he echado de menos
sus páginas envejecidas, pensando sin duda que si pudiera tocarlas
lograría resucitar las sensaciones que provocaban al hacerme crecer.
Los gustos cambian tanto como nosotros mismos: ya en la madurez, cada
vez me atraen más los libros de factura primorosa, donde no sobra ni
falta una palabra, prueba evidente de que fueron compuestos con
paciencia, sin prisas por llegar a la meta. Sigo leyendo novelas con
frenesí, como si el mundo estuviese a punto de terminar, pero escribo
las mías con lentitud de tortuga, pues mientras vivo con mis
personajes en cada una de ellas, disfruto con la misma intensidad que
de pequeño mientras admiraba París de la mano de Gilbert Cesbron,
quizá porque al igual que sucede en un cuento de mi amigo el leonés
Antonio Pereira, la literatura es maravillosa como una espalda de
mujer, con sus poros, sus lunares y el reguero de pelusa dorada por la
rabadilla, que al acariciarla sabe a poco y uno pierde el norte
deseando que se dé la vuelta despacio, despacio.
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