Bilingüismo
MANUEL TALENS
El oficio de traductor al castellano a veces lo pone a uno en situaciones inesperadas.
Hace poco me propusieron que vertiese al inglés en un par de días la sinopsis del
argumento de un proyecto cinematográfico, con vistas a obtener financiación de una
productora estadounidense.
Era martes. Eché una ojeada a los nueve folios y, con el aplomo de los grandes
insensatos, le quité hierro a la cuestión: No hay problema, les dije.
El jueves la tendréis. Me apliqué con la seguridad que a cualquiera le
presta el haber estudiado, hablado, leído y practicado una lengua ajena durante muchos
años y, el miércoles, tenía ya preparada una versión de la que me sentía pasablemente
orgulloso. Es cierto que en más de una oportunidad había titubeado al escoger un verbo,
un adjetivo o un modismo, pero al leerla en voz alta, sonaba bien. Sin
embargo, en el último instante mi experiencia de novelista -siempre a la búsqueda de
mejorar- encendió la llama de una duda. ¿Qué hacer?, pensé. Decidí enviar el texto a
un amigo mío, profesor de la Universidad de Chicago, con la petición expresa de que lo
revisara a fondo (el correo electrónico -una de las maravillas de este fin de siglo-
sirve para urgencias así).
Mi amigo, de una eficacia muy yanqui, me solucionó el asunto de la noche a la mañana. La
traducción era correcta, comentó, pero había encontrado no menos de treinta ocasiones
en que los matices requerían de un giro distinto si se deseaba que el lector no sintiese
el aliento de un extranjero.
Tengo ahora muy claro que el bilingüismo perfecto, ese que permitiría conocer
absolutamente todas las claves de más de una lengua como si fueran maternas,
no existe. Es posible que me lancen flechas por lo que voy a añadir, pero estoy
convencido de que las obras francesas de Beckett, Arrabal o Kundera o las
inglesas de Nabokov necesitaron asimismo de un amigo fiel.
¡Y qué más da! ¿Acaso lo importante no es el resultado?
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