<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Otros medios. Ana Rosa Quintana.

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Otros medios

Ana Rosa y los lobos
MANUEL TALENS



Desde hace más de un mes la habladuría en los foros de este país ha venido siendo el asunto del plagio cometido por Ana Rosa Quintana en su novela Sabor a hiel. Hubo de todo: chistes en los periódicos, descalificaciones en los mercadillos y en las sempiternas tertulias de la radio, artículos sesudos de las mejores plumas y hasta mensajes difundidos por correo electrónico que se burlan de la mujer famosa caída en desgracia, como ese que reproduce la portada de la edición que Martín de Riquer hizo del Quijote, sólo que en ella el nombre de Cervantes está sustituido por el de la presentadora metida a novelista. Cualquiera diría que la indefensa corderita sufre el hostigamiento de una manada de lobos bajados del monte para despedazarla y confieso que yo también caí en la maldad de reenviar a algunos amigos el susodicho Quijote de la Quintana que un día recibí en el buzón de mi ordenador.

La idea de acoso que transmite la película Ana y los lobos (Carlos Saura, 1972) traduce a mi parecer el espíritu de lo que pretendo comentar aquí y por eso no he vacilado al utilizarlo como título de estas líneas, aún a sabiendas de que, tal como está el patio, cualquiera podría acusarme de plagiar al director aragonés, lo cual es un delito artístico de lesa majestad.

El DRAE define así la segunda acepción del verbo plagiar: "Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias". Al incautarse en su libro de algunas páginas sacadas de novelas de Danielle Steel, de Ángeles Mastretta, de Colleen McCullough y quién sabe de cuántos autores más (que serán descifrados en su día), la Quintana se convierte en reo de uno de los crímenes literarios más perseguidos por la hipócrita sociedad judeocristiana occidental: el robo con alevosía de los derechos de autor. Los ejemplos son célebres: el beatle George Harrison fue condenado a pagar una fuerte suma en compensación por el plagio de los acordes en que supuestamente incurrió al componer su éxito de ventas My Sweet Lord y, en Francia, la escritora Calixte Beyala tuvo dificultades con la justicia por reproducir en sus novelas pasajes de otros libros, a lo que ella respondió que en la tradición oral africana de la que procede, precisamente por ser oral, todos cuentan historias al vecino y nadie se preocupa de atribuirles autoría. El caso que ahora nos ocupa huele a dinero fresco en abundancia y, por eso, no pasarán muchas lunas antes de que los abogados se lancen a la yugular de Ana Rosa Quintana o de su editorial, a la caza de un buen pellizco que echarse al cuerpo.

Sin embargo, las cosas no siempre fueron así y basta con echar una mirada al ayer para darse cuenta de que en otros tiempos el método utilizado en Sabor a hiel era habitual. Para dejar claro de qué manera sus contemporáneos habían de entender el Libro de buen amor, Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, dejó textualmente escrito en cuaderna vía que "cualquier hombre que lo oiga, si bien trovar supiere, puede más añadir e enmendar si quisiere" (cuarteta 1629). No olvidemos que durante el medievo -como todavía hoy en algunas zonas rurales del tercer mundo- la literatura era en gran medida oral y por eso Juan Ruiz dirigió el aviso a sus oyentes, no a sus lectores, pero idéntico principio puede ser aplicado a la letra impresa. Muy probablemente él, que sabía "bien trovar", utilizó material de otros para reelaborar su libro y, consciente de que el arte era algo comunitario, ofreció en justa compensación el terreno fértil de sus versos a quien fuera capaz de enriquecerlos. "Añadir e enmendar", ahí está la clave. No creo que exista concepto más hermoso en el quehacer de un escritor que el expresado por esas palabras mágicas del arcipreste: la creación como patrimonio universal.

El tiempo se encargó de quebrantar aquel estado de cosas. Gutenberg inventó la imprenta, la literatura inició el camino sin retorno que la alejaba de la oralidad y nació el autor, cada vez más deseoso de ver su nombre en la cubierta y de preservar el contenido de sus obras como pertenencia intransferible cuyo usufructo, dentro de una lógica muy capitalista, le corresponde en exclusiva.

Pese a lo cual, a dicha lógica se le pueden poner reparos, que no servirán de nada pero que al menos pretenden socavar unos principios hoy considerados como dogma. Basta con leer dos obras germinales de nuestra cultura, el Lazarillo o el Quijote, para advertir que cualquier libro que se precie no desdeña recurrir a préstamos del bagaje anterior, pues en el fondo la literatura, como la vida, es una cadena en la que todos vamos añadiendo eslabones. Lázaro de Tormes inicia el relato de sus andanzas citando a Plinio: "no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena". Acude luego a Tulio (Cicerón): "La honra cría las artes" y después procede sin descanso a una retahíla de alusiones ocultas -el texto está literalmente sembrado- al Asno de oro de Apuleyo, a Salustio, al Marqués de Santillana, a El Crotalón, a los Salmos, al Deuteronomio, a los profetas, a Tácito, a La Celestina, al Viaje de Turquía, a La lozana andaluza, al Amadís de Gaula, a Fray Antonio de Guevara y a muchos más, e incluso se permite juegos de palabras con pasajes de los evangelios de San Mateo y de San Juan (interrumpo aquí la lista para no aburrir al lector, que puede comprobar lo que digo acudiendo al esclarecedor estudio publicado por Francisco Rico en la colección Letras Hispánicas, de Cátedra). Ya metidos en el tajo de lo ridículo, si mediante una extrapolación temporal le aplicáramos al Lazarillo el razonamiento de estos lobos, quizá podríamos insinuar la hipótesis de que el motivo real que obligó al autor de la primera novela moderna a permanecer anónimo no fue dar credibilidad "autobiográfica" a su relato, sino evitar que algún inquisidor estreñido lo quemase en la hoguera por plagio.

¿Acaso alguien acusó a Pablo Picasso de plagiar a Velázquez por haberle fusilado Las Meninas o a don Miguel de haber plagiado a Ariosto al poner punto final a la primera parte del Quijote con el forse altri canterà con miglior plettro, tomado del canto 30 del Orlando furioso? ¿Qué pasaría si el insigne arábigo Cide Hamete Benengeli hubiese realmente existido, sería Cervantes un plagiario por haber adaptado al castellano la historia de la mejor novela de todos los tiempos? Supongo que los lobos más violentos de la jauría que ahora merodea en torno a Ana Rosa desconocen las innumerables ediciones comentadas de que ha sido objeto el Caballero de la Triste Figura, a empezar por la de Diego Clemencín, que muestran a Cervantes echando mano como un poseso de lo que tenía a su alcance, pues como todo buen artista, sabía por instinto que el verbo plagiar es epistemológicamente una solemne tontería.

El escritor trabaja con una herramienta básica, que se llama palabra. La palabra -cualquier palabra- carece de dueño, al menos hasta el día de hoy. Bien es verdad que, tal como evolucionan las cosas desde que triunfa el neoliberalismo tan caro a la derecha, no sería extraño que algún listillo se persone mañana en la oficina de patentes y registre a su nombre, digamos, el verbo amar, con lo cual todos los demás, a partir de ese momento, tendríamos que pagarle derechos de autor al enamorarnos. Se trata de un ejemplo bufo, pero que ilustra a las claras el debate en que se halla inmersa la Quintana, debate absurdo a mi entender, ya que las páginas "plagiadas" por ella están compuestas por distintas oraciones gramaticales cuya estructura, desde luego, no inventó Danielle Steel ni Ángeles Mastretta ni Colleen McCullough. A su vez, tales oraciones contienen combinaciones de palabras que, sin duda, ya utilizaba Fernando de Rojas, San Juan de la Cruz o cualquier siervo de la gleba. ¿En virtud de qué verdad inamovible son estas autoras actuales más propietarias de ellas que Ana Rosa Quintana? Los políticos suelen quejarse de que sus adversarios los citan fuera de contexto y ése es el quid de la cuestión: una vez extraído del tejido sintáctico en que nace, cualquier enunciado filológico pierde sus raíces y se convierte en otra cosa al relacionarse de novo con sujetos, verbos y predicados distintos. Las palabras son de una salud tan delicada que hasta el cambio de paisaje las marea y les hace perder el norte del sentido: "guagua", que en la península se las da de cosa baladí, en Canarias, Cuba y Puerto Rico sufre el delirio de creerse un autobús, en Colombia la quimera de ser un mamífero roedor y, en Chile, la alucinación de haberse convertido en un niño de pecho. Añado asimismo que durante mi primera infancia granadina llamábamos "guagua" a los perros, y es que, en suma, las palabras son susceptibles de infinitos disfraces, todos ellos únicos en su individualidad. Guardando las distancias, las podríamos comparar con los genes, que reproducen la especie humana sin que, en condiciones normales, dos seres sean jamás idénticos entre sí. Pero incluso si aceptamos que resulta posible obtener individuos genéticamente exactos -es el caso de la oveja Dolly, concebida a partir de una célula-madre de otra oveja, o el de los dos bebés que por el azar de una gestación manipulada nacieron así el año pasado en Barcelona-, los avatares a que se verán confrontados en sus respectivas andaduras harán que sean distintos. ¿O acaso no fue eso lo que ocurrió con los Quijotes de Cervantes y de Pierre Menard? Nada me extrañaría si Borges, que sabía mucho de estas lides y lo puso en práctica en esa ficción insuperable sobre el escritor de Nîmes, se carcajea cada noche en su lugar de sosiego ginebrino al oír los aullidos de los lobos.

Pese a todo lo anterior, y termino aquí con el símil geneticosemántico, el destino suele ser caprichoso, pues mientras los hombres -producto de los genes- hemos avanzado en Occidente desde la esclavitud a la libertad, la evolución de las obras literarias -producto de las palabras- ha seguido el camino inverso: desde la libertad a la esclavitud de la propiedad privada.

Umberto Eco se jactó sin rubor -exagerando al máximo para que el mensaje fuera bien comprendido- de no haber utilizado ni una frase de su propio coleto en la elaboración de El nombre de la rosa, que sería por lo tanto un centón ininterrumpido de citas. De acuerdo con el Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria de Angelo Marchese y Joaquín Forradellas, centón es toda "obra literaria producida por la mezcolanza de versos o sentencias pertenecientes a otras obras de uno o varios autores". He aquí un argumento jurídico que les obsequio a los leguleyos que en su día se ocuparán de defender a la Quintana ante los tribunales. Yo mismo, en mi novela La parábola de Carmen la Reina, utilicé como homenaje no menos de trescientas referencias escondidas pertenecientes a obras que admiro, desde la Biblia al propio Borges o a mi amigo Luis Landero, pasando por Berceo, por Quevedo, por Galdós, por García Lorca o por letras de tangos de Carlos Gardel, desligadas por completo de su trama original -distorsionadas o intactas- e inscritas formando cuerpo con la historia que conté, y lo hice con igual descaro que Eco, pues estoy convencido de que cualquier texto es tan mío -y tan de todos- como el aire que respiro. Además, me aplico el cuento: si a alguien le gusta lo que escribo, se lo regalo para que añada y enmiende lo que quiera… y ni siquiera le exijo el requisito de que sepa bien trovar. Al fin y al cabo, ya lo advirtió don Quijote, "cada uno es hijo de sus obras" y que cada cual responda de la calidad de las suyas.

¿Significa lo anterior que me mueve la voluntad de exculpar a Ana Rosa Quintana? Ciertamente no, y deseo dejar claro mi pensamiento en las líneas que siguen. Benjamín Prado -que no es uno de los lobos, ya que en su artículo Héroes, mártires y plagiarios (EL PAÍS, 30 de octubre de 2000) tiene la enorme delicadeza de elidir a la causante de esta polvareda- acude a los paladines de la escritura como fatalidad, como sino ineludible, y los contrapone a los cantamañanas de ocasión que ensucian la casa de la literatura, denominándolos "no-novelistas". Yo llego a sus mismas conclusiones, si bien me sitúo a contracorriente en la argumentación. En cualquier caso, los avatares vitales que él describe, por terribles que sean, sólo me interesan desde el punto de vista sociológico, pues siempre tuve dificultades a la hora de entrar en el juego -tan característico del Romanticismo como de la época actual- de mitificar a quienes se dedican al arte. Dicho de otra forma, me interesa la escritura, no el escritor, y eso sin negarle la calidad de héroes y mártires a los excelsos personajes que menciona Benjamín.

Pero volvamos a Ana Rosa. La sociedad mediática que hemos abrazado con tanto ahínco según el vacuo modelo de los Estados Unidos hace que entre nosotros florezca toda una cáfila de payasos en estado puro, de manantial, que al amparo de ciertos medios de comunicación viven como obispos chupando de la teta del "famoseo". La legión de rociítos, folclóricas, lequios, mazagateras y cantantuchos que hoy pululan en España es una auténtica ignominia, pero lo peor es que algunos de ellos, tal como ha dicho mi ilustre paisano Francisco Ayala con la gracia que lo caracteriza, una vez alfabetizados decidieron ser novelistas (¿y por qué no, podríamos preguntar, si la mentecatez carece de límites?), lo cual quiere decir, añado yo, que además de salir en el Hola suspiran por parecer curtos y el atajo ideal es ser escritós.

Creo (aunque no pondría la mano en el fuego) que Ana Rosa está algo por encima de la media en dicha fauna, pero es una víctima del ambiente social en que se mueve por voluntad propia, un entorno enrarecido de falsedades, puñaladas por la espalda, arribismos, codazos para ver quién trepa más y mala leche a manta. Con negro o sin negro escribiendo en la sombra Sabor a hiel, la maldición no le ha caído encima a la Quintana por citar textualmente hasta al lucero del alba, sino por buscar a cualquier precio -vanidad de vanidades- una gloria para la que quizá no esté preparada, utilizando de palanca algo tan vano como la imagen pública que transmite a diario por la pequeña pantalla.

Es tristemente posible que en la actualidad el medio sea el mensaje, tal como predijo Marshall MacLuhan, pero eso no convierte a una bonita cara en novelista de la noche a la mañana, pues no se aprende a serlo en los cócteles de gente guapa ni en los programas televisivos de marujeo. Los bestsellers y la literatura kleenex -de consumir y tirar- son otro espejismo más de esta época posmoderna, que engaña a los inocentes con su apariencia de facilidad, ocultándoles que escribir bien es un oficio arduo y tesonero, que se forja poco a poco a lo largo años en el silencio de un cuarto de trabajo, leyendo a los maestros que nos precedieron y emborronando cuartillas con el afán -casi siempre inútil- de poder un día estar a su altura.

Dado que la ignorancia suele ser mala consejera, alguien hubiera debido hacer un favor a Ana Rosa Quintana y advertirle dónde se metía cuando entregó el manuscrito. Con todo, lo verdaderamente grave, lo que muestra hasta qué punto sin retorno hemos llegado, es que más de cien mil incautos mordieran un anzuelo cuyo cebo -la fama de un rostro- pertenece al ámbito de la realidad virtual. Ya lo ha dicho Forges en otras ocasiones: ¡qué país!

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Completart.com, noviembre de 2000

 

© Manuel Talens 2002