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ARTÍCULOS DE OPINIÓN / ORO DE LEY  

Texto pronunciado en la tertulia literaria del Bar Matisse de Valencia

 

Retórica, realidad virtual y mundo novelesco

 Manuel Talens

 

    En el diálogo de Platón que lleva el nombre de Gorgias, la retórica está definida como «el arte de la palabra». Sócrates precisó luego que dicho arte es «creador de persuasión», de una persuasión que «produce una creencia, no algo que instruya sobre lo justo y lo injusto». Es, pues, la capacidad de servirse de la lengua, con su poder de sugestión y de emoción, para convencer a un auditorio y ponerlo de su lado. Y si observamos el mundo con ojos críticos, de lo que acabo de decir a definir la retórica como «el arte de engañar» no hay más que un paso.

¿Y qué es la realidad virtual? El diccionario de la RAE no define el binomio, demasiado reciente como para haber sido ya canonizado. Separadamente, define «realidad» como la «existencia real y efectiva de una cosa»; «virtual» merece tres definiciones; la primera es algo «que tiene virtud para producir un efecto, pero no lo produce de presente»; en segundo lugar, es algo «implícito, tácito» y en tercero, algo «que tiene existencia aparente y no real». Creo que esta última definición la que más se aproxima a lo que hoy entendemos por «realidad virtual»: «algo que tiene existencia aparente y no real». Aunque también podríamos definirla combinando las definiciones de «realidad» y de «virtual», lo cual nos daría el siguiente juego de palabras: «una existencia real y efectiva de una cosa cuya existencia es efectiva y no real»; lo cual parece un chiste, pero no lo es, ya que sus consecuencias van mucho más allá de los efectos especiales que vemos a diario en las películas de Hollywood o de los juegos de ordenador y de consola con los que una parte de nuestros jóvenes pasa el tiempo «matando marcianos» o «destruyendo enemigos de la libertad y de la democracia», utilizando en ello un tiempo de sus vidas que las generaciones anteriores dedicaban a erosionar el franquismo, lo cual no era realidad virtual, sino la realidad misma.

Y fijadas las premisas de los dos primeros bloques de esta charla: las de la retórica y las de la realidad virtual, pasaré ahora a ocuparme de la parte que más me concierne como narrador: el mundo novelesco. He publicado tres libros de ficción hasta el momento: La parábola de Carmen la Reina, Venganzas e Hijas de Eva, y los tres, salvo honrosas excepciones de críticos que saben leer entre líneas, han sido considerados como históricos, quizás porque, para seguir con las definiciones del diccionario de la RAE, son «obras literarias en prosa en las que se narra una acción fingida en todo o en parte y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances, que desarrollan su acción en épocas pretéritas con personajes reales o ficticios, tratando de evocar los ambientes, costumbres o ideales de aquellas épocas». Pues bien: sí, pero no, y trataré de explicar esta disyuntiva.

Alguien, que no era de derechas, dijo que «la historia la hacen los pueblos, pero la escriben los señores». Eso, que estaba dicho como una generalidad, puede aplicarse a cualquier discurso que pretenda historiar, es decir, narrar el transcurso y el desarrollo en el tiempo de una actividad humana.

Existen dos verdades que me parecen claras, definitivas e invariables: la primera es que nadie, por mucho que lo desee, puede situarse en el pasado, y esto por una razón elemental, y es que se vive en el presente y aún no se ha inventado el Túnel del Tiempo. La segunda verdad es que siempre, siempre, se habla —o se escribe— desde una posición ideológica y, por lo tanto, la neutralidad no existe. Dicho de otro modo, cuando se escribe la Historia —o la novela histórica—, dicha escritura no va tanto asociada al deseo de abordar analíticamente unos hechos que han sucedido en el pasado, cuanto a la necesidad de cooperar en la constitución de una determinada manera de ver esos hechos. En unas palabras, no se escribe un libro de Historia o una novela histórica para recuperar un pasado, sino para justificar una ideología presente. De ahí que la elección de los datos sobre los que narrar y que los criterios que hacen coherente la inclusión o la exclusión de hechos reales o de personajes ficticios no traduzca sino la voluntad de construir un referente a la medida, que justifique la manera de vivir y de pensar en el mundo presente, y de ahí también —y ahora me centro en España— que los diferentes regímenes ideológicos que hemos tenido hayan contemplado nuestro pasado con diferentes opiniones.

Y no es que la verdad no exista, que sí existe, sino que suele estar oculta, aviesa y voluntariamente oculta, y a mi entender, la función de todo artista, sea cual sea el arte que practique, es buscarla.

Salgo ahora del ejemplo de España para puntualizar con un ejemplo claro la relación existente entre retórica, realidad virtual y construcción ideológica de la Historia. Recordemos el ambiente que se vivía en el mundo occidental durante la pasada guerra del Kosovo. Las cadenas de televisión y la prensa, salvo honrosas excepciones, machacaron continuamente al público espectador o lector con una retórica de guerra  humanitaria para evitar un genocidio y acabar con un demonio llamado Milosevic. Mediante esta retórica, perfectamente planificada, en la que, por acción o por omisión, intervinieron vergonzosamente todos los poderes occidentales y los partidos de oposición —incluidos el Partido laborista inglés, el Partido socialista francés, el Partido socialista italiano y el PSOE— llegaron a crear un consenso a favor de una de las guerras más crueles de la historia reciente, con la destrucción sistemática de todas las infraestructuras de Yugoslavia, los bombardeos indiscriminados de civiles y de instalaciones sanitarias, lo cual dejaba al país completamente a la merced de enfermedades infecciosas, de penurias y de desnutrición; sólo me falta ya recordar lo que dice justamente hoy Eduardo Haro Tecglen en su columna de EL PAÍS: que Milosevic sigue en su puesto.

Aquella campaña indiscriminada en favor de la guerra, ¿no fue acaso un uso y un abuso de retórica? ¿No fue acaso utilizar —recordemos las definiciones de la retórica— «el arte de la palabra para producir una creencia, la creencia de una guerra humanitaria, en vez de una persuasión que instruyese sobre lo justo y lo injusto»?

Pero volvamos a la ficción. Yo creo que mis libros son históricos sólo de una manera muy superficial. Me explico. Estoy implicado en un proyecto narrativo relacionado con mi país, que es España, y en ese sentido escribo ficción histórica, pero sólo es histórica porque las coordenadas geográficas e históricas de mi narrativa son siempre precisas y bien documentadas. Todo lo demás es ficción. Sin embargo, no es narrativa histórica convencional en el sentido en que suele considerarse ésta. Creo, al menos conscientemente que yo no trato de explicar el pasado para justificar el presente, ya que ese presente me parece intolerable e injustificable y, por lo tanto, mi ficción, lo que pretende es darle voz a los vencidos, no a los vencedores, y por eso la Historia de España, en mis libros, está contada desde los ojos de aquéllos, con muchos toques de ucronía, es decir, de lo que me hubiera gustado que sucediera y no sucedió.

El arte es la única frustración de la Historia oficial. Dicho con otras palabras, el arte es aquello que siempre hubiera querido ser la Historia, porque no se puede ir sistemáticamente contra la ciudadanía y que el resultado sea sublime. Mi narrativa intenta ser arte alzándose contra la Historia oficial y tomando el punto de vista de la ciudad

 

 

29 de septiembre de 1997

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