Las
estatuas de sal
JORGE EDWARDS
El
episodio del general Pinochet en Londres ha provocado un remezón de
la memoria y a la vez una fijación y una vuelta de imágenes que
parecían enterradas. La fotografía del general de anteojos
oscuros, rodeado por sus ayudantes, pocas horas después del golpe
de Estado, ha recorrido de nuevo el mundo. En el momento en que
aquella fotografía salió a la luz, la leyenda negra empezó a formarse.
No podemos negar que el general y sus ayudantes contribuyeron a
formularla y a darle colores cada día más oscuros. Con entusiasmo,
con saña, con la más profunda inconsciencia. Nadie puede recordar
sin un escalofrío los detalles macabros de la muerte de Carmelo
Soria, del general Prats y su esposa, de los profesores degollados. El
problema del proceso de Londres existe, con su enorme complejidad
y con sus consecuencias desgraciadas para nosotros, porque la
conciencia internacional se vio bombardeada por datos, testimonios,
imágenes terribles, muy difíciles de tolerar. Me pregunto ahora
si nadie se dio cuenta de eso, de las consecuencias inevitables que
eso iba a tener, en el sector militar o civil del pinochetismo. Y me
pregunto en qué mundo se vivía, en qué delirio, en qué irrealidad.
Ahora, por obra de un complicado encadenamiento de circunstancias,
estamos obligados a mirar para atrás, a hurgar en nuestro pasado
reciente, aunque no nos guste. Otros países, como España, sin ir más
lejos, nuestra implacable acusadora, tuvieron más suerte en esta
materia
y en este siglo. A nosotros en cambio, se nos impuso la condena de
ser estatuas de sal, como en la historia bíblica. Tenemos que
mirar para atrás en forma fija, sin licencia para pasear la vista
por los lados, por espacios más amenos.
El
señor Robin Harris, asesor, según se dice, de Margaret Thatcher,
presenta en Londres un pequeño libro titulado A tale
of two Chileans: Pinochet and Allende, parodia de un célebre
título de Charles Dickens, A tale
of two cities (Una historia de dos ciudades). Robin Harris no es
Robin Hood, desde luego, y está muy lejos de ser Charles Dickens,
pero el Pinochet de las gafas negras, con su dureza, con su rabia, y
el otro, el del retrato entre cazurro y reblandecido de la casa de
Virginia Water, podrían ser personajes dickensianos. Pertenecen al
pasado, y el pasado suele ser negro. Ahora bien, la intención del
libro del señor Harris es mostrarle al público inglés que Allende
tuvo una responsabilidad política grave en los sucesos que
condujeron al 11 de septiembre chileno y al régimen militar. No hay
duda de que la tuvo, y de que también la tuvieron muchos otros, a
la izquierda y a la derecha del espectro político, desde el interior
y desde fuera del país, pero ocurre que las responsabilidades
políticas de un lado no eximen de las responsabilidades penales del
otro. El punto del señor Harris sólo tiene una validez parcial.
Se podía "salvar" a Chile del comunismo, del caos
económico, de lo que sea, con procedimientos mucho más dignos,
menos bárbaros.
Por otro lado, un juez está
obligado a conocer con ecuanimidad, con equilibrio, con espíritu
investigador, con paciencia, las circunstancias que rodearon los
hechos delictivos: las agravantes, pero también las atenuantes y
hasta las eximentes. Pues bien, nunca en mi vida he visto a un juez
tan apasionado, tan lleno de saña, tan perseguidor de su presa,
como el señor Garzón. Me da la impresión de que a Pinochet, antes
de haber comenzado el proceso, ya lo tiene archicondenado y
rematado. ¿Podrá comprender alguna vez las desgraciadas
circunstancias, los matices, los disparates de todo orden, que
condujeron a la destrucción de la vieja democracia chilena? Me
permito afirmar que tengo serias dudas a este respecto.
En
estos días Enrique Lafourcade, uno de los autores más prolíficos
y mejor dotados de mi generación, acaba de editar de nuevo su Salvador
Allende, una
especie de novela ensayo que apareció en Barcelona en las semanas
que siguieron al 11 de septiembre del año 73. Cuando leí el texto
por primera vez, me pareció un tanto desagradable, crudo, de mal
gusto. Lo curioso es que otros escritores chilenos de talento
escribieron textos parecidos en aquellos días, pero como nunca
fueron publicados, prefiero no entrar en detalles. Releo la novela
de Lafourcade, un monólogo interior de Allende en sus horas
finales, y me parece más interesante y reveladora que en mi primera
lectura. La obra recrea en forma notable la atmósfera cercana a
Salvador Allende, la de sus amigos más próximos, la de las palabras
y los hábitos de aquella pequeña tribu. La conocimos algo, de un
modo más bien indirecto, en el pasado, pero ahora resulta
sorprendente volver a esos climas intelectuales. Había escasa
autocrítica, poco estudio de los asuntos, una visión que
podríamos llamar "noctámbula" de las cosas, un franco
analfabetismo en materias económicas, además de algo que se
podría describir como mezcla de voluntarismo y de machismo ambiental.
Los periodistas españoles suelen decir que fui diplomático de
Allende, cosa que siempre traté de rectificar. Fui diplomático de
carrera desde 1957 y había sido allendista en mi juventud. En las
elecciones de 1970 me abstuve cuidadosamente, a conciencia, con
una intuición que los sucesos posteriores confirmaron, de apoyar la
candidatura de Allende en ningún sentido. Conversé sobre el asunto
más de una vez con Pablo Neruda. Neruda me dijo que él, en su
condición de militante comunista, no podía dejar de votar por
Allende, pero me lo dijo con muy pocas ganas, con una conciencia
lúcida. Y más tarde, dos semanas después de la elección, me
aseguró, con igual lucidez, que lo veía "todo negro".
En
su novela-monólogo-ensayo, Lafourcade nos muestra que la
anormalidad de la situación política, la profundidad de la crisis,
tenían una réplica en el estado psicológico del Presidente. Son
afirmaciones que me parecieron escandalosas y propagandísticas en
mi lectura de 1973, pero que ahora, a un cuarto de siglo de
distancia, han pasado a formar parte de los detalles
significativos de la historia. En los meses finales, según
testimonios
variados recogidos en la novela de Lafourcade, Allende bebía whisky
en exceso y tomaba dosis exageradas de somníferos. No tengo nada
contra el whisky, como se sabe, pero ahora es legítimo analizar su
efecto, por secundario que sea, en el desarrollo de una crisis
histórica.
En aquellos mismos meses, en momentos de confusión extraordinaria,
Allende le hizo una declaración terriblemente reveladora a don
Clotario Blest, que era un anciano apóstol del sindicalismo chileno.
"Aquí, don Clotario", le confesó, "yo no soy
presidente ni soy nada. Porque si ordeno algo, no se hace, y si lo
prohíbo, se hace".
¿Justifica
Todo esto el crimen, el atropello flagrante a los derechos humanos?
Por supuesto que no. Habría sido necesario ensayar a fondo otra
manera de resolver la crisis. La dictadura, seguramente por miedo, por
inseguridad, porque había focos de guerrilla en toda América Latina,
siguió el camino más fácil. Si no fui allendista en el año 70,
tampoco fui pinochetista en el año 73, y también a plena conciencia.
Eso causó mi expulsión inmediata de la diplomacia, a pesar de que
era miembro de pleno derecho de la carrara desde hacía diecisiete años.
Los errores del allendismo, en buenas cuentas, que llegaron a crear un
vertiginoso vacío de poder, no justifican en absoluto los atropellos
a los derechos humanos que siguieron. Pero explican, eso sí, la
dificultad de juzgarlos desde fuera, sin un verdadero conocimiento de
las circunstancias internas. Comprendo, por otro lado, que la
extraterritoriedad penal es un concepto que se abre camino y que tiene
una razón de ser evidente. La conciencia de este final de siglo no
admite la impunidad de los dictadores y sus secuaces. Pero los
internacionalistas de nuevo cuño deberían emprender una reflexión
seria, decisiva. ¿Van a juzgar solamente a Pinochet, en un acto de
justicia selectiva, o van a proceder contra todos los culpables de
atropellos a los derechos humanos que todavía sobreviven: los de Cuba
y China, los del Ulster y España, los de Grecia, Brasil y Europa del
Este? Por ejemplo, ¿Cómo va a recibir en su próxima visita oficial
a Francia el presidente Chirac a Laurent Desiré Kabila, cuando
lleguemos a la conclusión de que sus crímenes no son actos de Estado
y no están protegidos por la inmunidad soberana? ¿Va a mandarlo
directamente del aeropuerto Charles de Gaulle a la cárcel? Si la
justicia es pareja, para todas las personas y todos los países, estoy
enteramente de acuerdo. Sería el verdadero comienzo de una nueva época.
Pero si es unilateral, parcial, selectiva, y por lo tanto, en el
fondo, injusta,
nosotros, los condenados a la condición de estatuas de sal, a
mirar siempre un pasado negro, violento, sin derecho a doblar la página,
vamos a convertirnos en estatuas activas, exigentes, extremadamente
incómodas.
Jorge
Edwards
es escritor chileno
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