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La caja de los truenos
Manuel
Talens
Los
autores, o sus árbitros, o sus patrocinadores,
deberían
procurar un lenguaje claro, conciso y preciso.
Jorge Avendaño-Inestrillas
Panace@.1
Quienes ejercemos tareas de
traducción científica —en mi caso se trata de trasvasar al
castellano textos escritos originariamente en francés o en inglés—
estamos más que acostumbrados al lenguaje obtuso con que los médicos
suelen hoy poner sus ideas por escrito. Digo «los médicos» y
generalizo adrede porque en la actualidad lo contrario es una excepción.
Es cierto que la Medicina, como cualquier otra rama del saber, ha dado
a la letra impresa ejemplos de autores considerados maestros. La lista
es amplia, desde Rabelais a Diego de Torres y Villarroel, desde Baroja
a William Carlos Williams. Pero el tiempo, que todo lo destruye, ha
ido despoblando dicha lista cada vez con mayor celeridad, conforme
esta ciencia entraba en el ámbito molecular y sus oficiantes pasaban
de ser artistas a simples técnicos de lujo.
La próspera industria editorial
que se ocupa de las ciencias médicas ha dado lugar a una absurda
proliferación de publicaciones que cada mes aparecen en el mundo. Sin
embargo, como los escritos que representan un genuino avance científico
son poco numerosos, el resto ha de ser colmado con material de relleno
—divagaciones fantasiosas dignas de la ciencia ficción, historias
de caso más o menos extravagantes, revisiones de la literatura médica,
etc.—, que tienen la virtud de autoalimentarse al servir de cita y
apoyo a nuevas divagaciones (y éstas a otras y así hasta el
infinito), procuran a sus autores un currículum vitae para trepar en
la profesión y alimentan la vanidad que todo ser mediocre alberga de
ver su nombre encabezando textos de hipotético destino, pues suelen
terminar en el cesto de la basura y provocan, además, un auténtico
despilfarro de papel. Dicho despilfarro, con ser ya bastante grave, no
es lo peor: lo peor se encuentra en el lenguaje de buena parte de esa
llamada literatura médica, producida en serie con un frenesí
chaplinesco parecido al de la cadena de montaje de Tiempos
modernos.
La demanda de dicha industria es
de tal magnitud que a la puerta de cualquier revista especializada
acude cada día una cáfila de advenedizos cuyo mérito previo al acto
de escribir no incluye, en primer lugar, el dominio exquisito de esa
herramienta básica llamada lenguaje, sino la simple posesión de un
diploma de médico… con lo cual pasa lo que pasa, ya que si, stricto sensu y
desde el punto de vista semántico, todo texto es «una máquina de
producir significados», resulta lícito ampliar el concepto y afirmar
que todo texto mal escrito —por alguien técnicamente ducho en el
argumento, pero que en gramática roza el analfabetismo funcional,
como sucede con buena parte de los profesionales de la salud que hoy
salen de las facultades de medicina— es una máquina de producir
significados erróneos.
La traducción, como parcela
integrante de la literatura, también cuenta con miembros ilustres.
Baudelaire tradujo a Poe, Cortázar a Yourcenar, Borges a Melville. Lo
hicieron mayormente porque tenían que ganarse la vida, pero lo
hicieron bien. Igual sucede en la traducción científica, con la
pequeña injusticia adicional de que los nombres de quienes la
practican en revistas no suelen recibir crédito alguno, y eso a pesar
de que en buena medida los textos médicos vertidos hoy en día a otra
lengua poseen en general una calidad que les era ajena en versión
original —libres ya de aliteraciones, redundancias, cacofonías,
anacolutos o torpes neologismos—, pues el oficio de traductor
requiere, ex principio,
de alguien que ame el lenguaje y que sepa arreglar los
desaguisados. Lo cual me lleva a MedTrad.
El foro internético de MedTrad ha
tenido la virtud de reunir en poco tiempo a un puñado de traductores
curtidos en el razonar sobre tales asuntos, casi todos ellos nacidos y
educados en el territorio imaginario de la lengua de Cervantes. Nada
es aquí tabú, todo se puede preguntar, pues lo que importa no es el
pequeño ego de cada uno, sino la perfección de un producto bien
acabado. Los mensajes electrónicos de MedTrad hierven a diario en el
caldo de cultivo de siglas zarrapastrosas, neologismos imposibles,
latinismos cojos, exceso nauseabundo de la voz pasiva y barbarismos
que harían sonrojar a cualquier aprendiz de escritor, pero que los
grandes capitostes de la medicina mundial vomitan con candidez de
indocumentados, pues viven en su pequeña atalaya, tan lejos de la
cultura y tan cerca del centro mismo de la vida que, desdeñosos,
olvidaron aprender a llamar las cosas por su nombre. Menos mal que hoy
MedTrad existe, pues una vez que las impurezas pasan por su filtro,
renacen transformadas en algo inteligible.
Y como no quiero terminar esta
colaboración sin dar un ejemplo práctico de los desastres lingüísticos
con que solemos combatir cada día, he seleccionado al azar uno de los
casos que debatimos no hace mucho desde ambos lados del Atlántico.
Una compañera filóloga, Mónica Noguerol, lanzó un emilio en el que
preguntaba qué demonios era «insonada». La frase completa, en el
contexto de una técnica consistente en inyectar partículas sólidas
para obstruir el riego arterial de un tumor (partículas que producen
señales ultrasónicas capaces de ser detectadas), decía así: «Estas
señales o HITS representan el paso por la arteria insonada de partículas
microembólicas». En MedTrad dedujimos que «insonada» era un
anglicismo totalmente reprobable, relacionado con la ecografía.
Fernando Navarro, que forma parte de los expertos más solventes del
foro, puntualizó que viene del verbo inglés to
insonate, últimamente utilizado en las publicaciones médicas
anglosajones como sinónimo de to
sonicate y que en castellano significa «someter o exponer a
ultrasonidos», concepto algo más amplio que «ecografiar», pues
engloba también la ultrasonoterapia y la aplicación de ultrasonidos
a órganos mantenidos en baños de laboratorio. Para dejarlo claro,
entre «someter a ultrasonidos» y «ecografiar» habría, más o
menos, la misma diferencia que entre «radiografiar» y «exponer a
radiaciones».
Más tarde, desde México otro de
nosotros, Marco Contreras, llegó aún más lejos al encontrar en la
Red un artículo médico de una revista de Barcelona, en el que el
verbo adulterino «insonar» aparece conjugado de diferentes maneras.
Como soy curioso por naturaleza,
no pude resistir la tentación de echarle un vistazo en la pantalla de
mi ordenador, sin sospechar que con un golpe de tecla estaba abriendo
la caja de los truenos. La dirección electrónica del engendro es la
siguiente: <http://www.pareras.com/neuroxxi/xxi05/xxi05-05.htm>.
Invito al desocupado lector a que navegue por sus meandros.
Se trata de un artículo aparecido
en el volumen 2, número 2 de la sección Artículos Originales de la
revista española Neurocirugía
XXI [2(2):152-166, 1996]. Su autor es H. Roldán Delgado, médico
del Hospital Clinic i Provincial de Barcelona, y el título es «Vasoespasmo
en Hemorragia Subaracnoidea Aneurismática». En las líneas que
siguen me propongo analizarlo desde el punto de vista de la lengua,
sin entrar de ningún modo en sus bondades como texto científico,
tarea para la que no me siento preparado. Aclararé que no me guía
animosidad personal alguna hacia el autor —a quien no conozco— y
que su «obra» ha sido elegida entre docenas de similares características.
Pasaré de puntillas sobre el
claro menosprecio hacia nuestra lengua que supone por parte de Neurología
XXI el hecho de haber colgado un artículo en la Red en el que las
palabras de los créditos iniciales aparecen sin tilde: numero,
seccion, articulo, neurocirugia, Roldan
y aneurismatica. Iré,
pues, directamente al meollo, que es el texto. Con vistas a una mayor
claridad, para la versión electrónica de este escrito he coloreado
de rojo las citas pertenecientes a Roldán. Las cursivas en dichas
citas son mías.
Empieza diciendo que «el presente
trabajo trata de revisar la fisiopatología, diagnóstico, monitorización,
manejo clínico y tratamiento del vasoespasmo». Se ve que este hombre
empleó dicha fórmula verbal porque no las tenía todas consigo en
cuanto a sus competencias reales, a menos que desconociese que el
verbo «tratar» en función intransitiva (con la preposición «de»
más un infinitivo) significa «intentar el logro de algún fin». ¿Desde
cuándo alguien publica un intento, un propósito, y no un hecho
cumplido? Lo peor, no obstante, viene después.
Uno de los problemas de no «poseer»
inicialmente la propia lengua (enfermedad que aqueja a muchos galenos
de hoy) es que, a fuerza de leer sólo artículos médicos en inglés
—además, muy mal escritos— el desafortunado
facultativo-metido-a-plumilla termina por adoptar, sin darse cuenta,
giros y términos ajenos. En «es aún problemático el punto
de corte a partir del cual se debe considerar justificado el
inicio de medidas terapéuticas», Roldán traduce a lo tonto cut-off point, pues no sabe que en castellano sería más correcto
decir «umbral discriminatorio». Le sucede igual en la frase «pero
en estudios ulteriores a doble ciego no ha demostrado mejorar el pronóstico frente al
placebo», donde «a doble ciego» es una versión mimetizada de double
blind, binomio inglés que se traduce mucho mejor como «estudio
con doble ocultación» (pues es lo que de verdad sucede en dichos
estudios, ya que en ellos a nadie le falta la vista).
El largo párrafo «Creissard et
al. (6) demostraron que la sensibilidad del DTC si sólo se insona
la M1 es de 54% para vasoespasmo tras ruptura de un aneurisma de la
ACoA, 82% si de la ACI y 88% de la ACM, pero que estos resultados se
incrementan si se insonan la
M1 y la ACI hasta un 61 %, 95% y 88% respectivamente. Queda como
especulación si aún aumentarían más al insonar
además la A1.», además de enrevesado y confuso, sirve de ejemplo
para que el lector asista a los pasos balbucientes de un nuevo
bastardo: «insonar».
¿Y qué decir de los anglicismos by-pass,
clipar o salt
wasting, que lucirían con más brillo en su vertiente castellana:
«derivación», «grapar», «deshidratación isotónica»? Bien se
ve que los escritores diletantes de este pelaje, inmunes en su
fatuidad a las dudas lingüísticas, no conocen la existencia de
libros fundamentales como el Diccionario
crítico de dudas inglés-español de medicina de Navarro,
destinado a las personas sensatas que sí dudan cada día y no tienen
miedo de admitirlo.
¿Por qué llamar «drogas vasoactivas» a lo que son fármacos
vasoactivos, puesto que el término droga, en castellano, quedó
relegado a los estupefacientes? ¿Y cómo no reír a carcajadas ante
la frase «la TA sistólica se incrementa al
rango de 160-200 mmHg», estúpida traducción del inglés range,
que en este caso equivale a «límite», no a rango, palabra que en la
lengua de Castilla significa más bien jerarquía, clase, categoría
social? Mención aparte merece la torpeza de que es preciso hacer un «despistaje cuidadoso de hiponatremia», galicismo que no existe en
castellano (procede de una mala digestión de dépistage),
que sería fácilmente sustituible por «detección sistemática» y
que nos muestra, eso sí, el supino despiste del autor en su propia
lengua.
¿Se imagina el lector que una
enfermedad —que no pasa de ser una alteración de la salud y que, en
sí misma, ni siente ni padece— pudiera algún día adquirir
conciencia ontológica y se enfrentase con porte seco, adusto y poco
indulgente al médico que la combate? Se diría que me refiero al
argumento de una película futurista de David Cronenberg, pero no,
hablo de una nueva roldanada: «hipertensión severa»,
nacida por partenogénesis de una clonación poco venturosa del inglés
severe. Cualquier escolar
avispado sabe que severe significa
«grave», jamás severo/a, pero por desgracia no estamos tratando con
un escolar avispado, sino con un médico especialista que trabaja en
un hospital de prestigio y al que nadie le enseñó en su infancia que
las palabras no significan nunca lo que desea arbitrariamente quien
las escribe, sino lo que en verdad dicen dentro del texto en que están
engarzadas.
En otra perla, «estudios con
Doppler transcraneal seriado y seguimiento angiográfico han
demostrado recurrencias en
pocos casos», Roldán confunde el vocablo matemático «recurrencia»,
que según el DRAE significa la «propiedad de aquellas secuencias en
las que cualquier término se puede calcular conociendo los
precedentes», con el equivalente castellano del inglés recurrence,
a saber, recidiva. Por último, en la oración «aunque se determinan tanto
la velocidad sistólica y diastólica, generalmente se menciona la
velocidad media» asistimos a un calco en estado puro y cristalino de
la fórmula comparativa inglesa, que enlaza las dos proposiciones
comparadas con la conjunción copulativa and,
mientras que el castellano lo hace con un «como».
Si pasamos ahora a los giros
viciados y a las palabras lerdas, el texto de Roldán es una muestra
portentosa de escritura harapienta. En «porque el espasmo no es lo
suficientemente intenso para disminuir el flujo sanguíneo cerebral»,
el autor olvidó que «suficientemente intenso» pide a gritos la
conjunción subordinante adverbial comparativa «como». En «se ha
invocado una deplección de
los neurotransmisores vasodilatadores tras la HSA como causa de
vasoespasmo», pasa por alto que en vez de ese neologismo que nadie le
ha pedido —deplección—,
el castellano ya posee voces de raigambre como «agotamiento», «disminución»
o «reducción».
Podría llenar dos páginas más
con memeces lingüísticas de este tipo, unas relacionadas con esa
curiosa costumbre que tiene Roldán de elidir los artículos
determinados e indeterminados —lo cual presta a su texto la catadura
del infralenguaje que utilizaban los comanches para interpelar a los
rostros pálidos del séptimo regimiento de caballería en aquellos
deleznables westerns de serie B de nuestra infancia— o bien dedicarme a citar
los innumerables ejemplos de mala concordancia sintáctica entre el
sujeto (singular) y el verbo (plural) o, ¿por qué no?, desenrollar
la enmarañada madeja mental en que se enreda este médico a la hora
de usar las preposiciones «de», «en», «por» y «para» (al
parecer las considera intercambiables), pero no quiero aburrir al
lector. Básteme con añadir un último dislate, que pondrá la guinda
al pavo: en un momento dado de su artículo, Roldán se encuentra ante
una encrucijada, que expone como sigue: «La discusión se centra en
torno a la siguiente diatriba:
¿se debe iniciar el tratamiento exclusivamente cuando hay
sintomatología o disponemos ya de procedimientos diagnósticos
fiables que se adelantan a los signos clínicos con la suficiente
sensibilidad y especificidad?». Y así, transforma por arte de
birlibirloque lo que era un dilema o una alternativa —¿cuándo
iniciar el tratamiento?— en «un discurso o escrito violento e
injurioso contra personas o cosas», que es como el DRAE define «diatriba».
Un viejo refrán, que recomienda
ocultar con el silencio la falta de capacidad, dice así: «el bobo,
si es callado, por sesudo es reputado». Más de un científico
indocto debería quizá de aplicarse el cuento y no caer en la trampa
que otro refrán, con igual sabiduría, le previene de antemano: «por
la boca muere el pez». El público lector merece el respeto de un
texto bien escrito, pero escribir bien es un oficio serio y riguroso,
que requiere el conocimiento del código gramatical y un cierto bagaje
cultural, que ni se improvisa entre consulta y consulta ni se obtiene
de propina junto con el diploma ni tampoco está garantizado por la
elevada posición social que ocupa el médico en los países de
Occidente. Hasta que llegue el día —¿llegará?— en que mejore el
analfabetismo funcional de buena parte de los médicos, se impone la
presencia de correctores de estilo que eviten desaguisados como éste.
El artículo que acabo de comentar
es una auténtica vergüenza desde el punto de vista gramatical.
Desprestigia no sólo a su autor, sino también a un tal Dr. Jesús
Aguas a quien Roldán le agradece «sus acertados consejos,
imprescindibles para la realización de la presente revisión», así
como a las fuerzas económicas —esas que Jorge Avendaño-Inestrillas
llama árbitros o patrocinadores— situadas en la retaguardia de la
revista Neurocirugía XXI,
que son las responsables directas de que basuras de dicho calibre
salgan a la luz.
Por último, quizá valga la pena en este punto recordar las
palabras amargamente lúcidas del escritor portugués José Saramago:
«Se estrecha la cultura y se ensanchan las desigualdades.
No sólo las desigualdades entre ricos y pobres, sino entre los
que saben mucho y los que saben poco, y cada vez saben menos. La
ignorancia se está expandiendo en el mundo de una forma aterradora.
Hay una minoría que lo sabe todo y lo controla todo y una mayoría
que sabe poco y cada vez sabe peor lo que cree saber. La educación,
desde la escuela hasta la Universidad, es un desastre, es una fábrica
de producir ignorantes.»

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