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ARTÍCULOS DE OPINIÓN / ORO DE LEY  

Dos puntos de vista
MANUEL TALENS





Una de las consecuencias más notorias del nuevo orden mundial, que sustituyó a la guerra fría tras la desaparición del muro de Berlín y la hecatombre del bloque soviético, es el haber diezmado la militancia de la izquierda europea intelectual, refugiada ahora tras las siglas o en la vecindad de los viejos partidos “obreristas”, que en otra época pretendían revolucionar el mundo pero que hoy, quizá adocenados por el bienestar que otorga el poder o faltos de coraje, se contentan con administrarlo. Los intelectuales al estilo de Jean-Paul Sartre, siempre dispuestos a subirse al tren de las causas perdidas, ya no son legión, pues por así decirlo, buena parte de ellos están de vacaciones en las playas doradas del pensamiento único, que como una apisonadora aplana los conflictos de la ideología.

Era lógico, por lo tanto, que las publicaciones prestigiosas de amplia tirada y gran influencia, con una orientación claramente contraria a los desmanes del capitalismo salvaje, se viesen reducidas al mínimo en dicho entorno. Que yo sepa, Le Monde diplomatique es el único periódico de Europa a mi alcance que hoy cumple en exclusiva dicha función. En sus páginas, el lector sabe de antemano que encontrará un análisis pormenorizado del lado oscuro de la política global, pues todas las plumas que allí escriben están vacunadas contra la retórica ambiental que vende “guerras humanitarias”, “democracia” o “Estado de derecho” como si fuesen bienes de consumo. Junto al Diplo -así lo suelen llamar en Francia, pronunciado ‘dipló’- se alzan los grandes diarios europeos: Le Monde, The Guardian o El País, de sesgo mucho más polifacético, heterogéneo y abierto, donde aparecen intelectuales progresistas -Noam Chomsky o Manuel Vázquez Montalbán, por citar dos al azar- pero también otros francamente conservadores. La polémica está así servida: no son raros los encontronazos entre ellos. Me vienen ahora a la memoria los protagonizados en las páginas de El País por Mario Vargas Llosa y Manuel Vicent o aquel más reciente entre Fernando Savater y Eduardo Haro Tecglen.

Y hablando del novelista peruano, entraré de lleno en el asunto que me mueve a escribir estas líneas, relacionado con un artículo que publicó en El País el pasado 23 de diciembre de 2001 (y en Caretas, de Perú, el 28): ‘¡Fuera el loco!’, pues deseo contraponerlo con otro aparecido casi al mismo tiempo, el 27 de diciembre, en el portal internético de Le Monde diplomatique, firmado por Maurice Lemoine, redactor en jefe adjunto de dicho medio: ‘Du Venezuela à l’Argentine: Cacerolazos’. Ambos textos se ocupan de las vicisitudes que está padeciendo la Venezuela del presidente Hugo Chávez y constituyen un ejemplo paradigmático de las enormes discrepancias entre intelectuales de derecha e izquierda.

Vargas fue admirador en su juventud del régimen de Fidel Castro, si bien no tardó en dar un golpe de timón al barco de sus creencias para convertirse en martillo de dictaduras de todo signo -algo que lo honra- y en paladín a ultranza de unos principios neoliberales que exhalan un efluvio bastante más controvertido. Sus parrafadas a favor de la dirección que han tomado los asuntos planetarios en los últimos tiempos, incluidos libre mercado, guerras y nuevo orden mundial, lo sitúan entre los divulgadores más ilustres de este último en lengua castellana, pues el bien ganado prestigio que ha sabido labrarse a lo largo de cuatro décadas con una sólida obra narrativa hace que cualquier cosa que publique goce de una difusión casi ilimitada. ‘¡Fuera el loco!’ es a la vez compendio y arquetipo del pensamiento varguiano, ya que sus 1568 palabras encierran los latiguillos y las obsesiones que suele repetir en su faceta de ensayista.

No ahorra Vargas artillería alguna a la hora de calificar al presidente Chávez: ex-golpista, demagogo, inepto, ignorante, populista, personaje anacrónico y dañino y tirano en ciernes, además de cáncer social. Una vez establecido lo que piensa del venezolano y de recordarnos que, según los sondeos -indispensables en cualquier democracia creíble-, la gente ya no lo quiere e incluso le ha ganado el pulso de un paro nacional, pasa a exponer las ventajas del dogma neoliberal, consistente en ‘sistemas abiertos, de economía de mercado e integración en el mundo, y de resuelto apoyo a la inversión extranjera, la empresa privada y la reducción del intervencionismo estatal’, ya que éste es ‘el obstáculo mayor para la constitución de sistemas democráticos sanos y eficientes en los países pobres’. La prueba de que el intervencionismo estatal no funciona está, para el autor de La fiesta del chivo, en que ‘los partidos socialistas y social demócratas que lo promovieron en las décadas de los cincuenta y los sesenta […], por fortuna, reniegan de él’. Incluso Tony Blair, añade, adhiere en el Reino Unido a ‘las más efectivas políticas económicas liberales en el mundo’. Califica de ‘inquietantes’ las posiciones contrarias al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial y añade que el neoliberalismo aplicado a rajatabla en Chile y España es ‘óptimo’. Por último, para rematar la faena contra Chávez, no vacila en jugar a la política-ficción al considerar ‘improbable que el comandante se ciña a las reglas de juego democráticas por mucho tiempo más’.

El enfoque del francés Maurice Lemoine es de signo opuesto: Chávez no es para él un ex-golpista en quien descargar insultos, sino un presidente elegido y plebiscitado por el pueblo. Los ruidosos alborotadores que lo hostigan a golpe de cacerola están constituidos ‘por la burguesía y por una parte de la clase media’ , que ‘en nombre del “derecho sagrado a la propiedad privada”, refuerzan ‘una oposición que lideran ellos mismos y que incluye a la patronal y a los propietarios de los medios de comunicación’. La exitosa huelga general, que a Vargas le servía para demostrar la caída en picado de la popularidad del presidente, Lemoine la explica aclarándole al lector con una flecha envenenada que ‘cuando las empresas cierran sus puertas resulta difícil imaginar adónde podrían ir a trabajar los obreros”. Por fin, en vez de elogiar las imposiciones del FMI, afirma que ‘las políticas neoliberales […] se hallan incontestablemente en el banquillo de los acusados”.

Estos dos ensayos muestran hasta qué punto cualquier texto retrata a su autor. Al fin y al cabo, quienes ejercemos el oficio de escribir lo hacemos para pregonar a los cuatro vientos nuestro parecer sobre el mundo, con el deseo expreso de influir en los demás, pero sucede que el lenguaje nunca es neutro y hasta el más nimio juego de palabras lleva los genes de su origen social. Vargas Llosa proviene de la alta burguesía latinoamericana, esa misma que sería la primera en sufrir un revolcón si fuese alterado el statu quo que rige los destinos de aquellas tierras. Su antagonismo radical contra dicha amenaza, más que surgir de un análisis imparcial de las opciones en liza (algo por lo demás imposible, pues la objetividad en esta vida es pura falacia), puede ser interpretado como la racionalización de una visceralidad de clase que se mama desde la cuna y de la que muy pocos logran escapar: ricos y pobres no ven las cosas de la misma manera. Vargas Llosa da por sentado que el neoliberalismo es beneficioso, pero se calla las tragedias que su aplicación está causando en los cuatro rincones del globo: despidos masivos, miseria galopante y una diferencia cada vez mayor entre poseedores y desposeídos. Como colofón, termina el relato llevando el agua a su molino mediante una pirueta verbal difícil de digerir: insiste de nuevo en que los cauces parlamentarios de Occidente son la panacea universal del progreso y, todavía escocido por la dolorosa derrota que sufrió a manos de Alberto Fujimori, lo acusa de haber asestado una ‘puñalada trapera que puso fin por ocho años a la democracia en el Perú’. Nadie en su sano juicio pone en duda que el Chino fue una auténtica maldición, pero ¿de verdad cree Vargas que los millones de indigentes de su país, por mucho que ejerzan el voto cada varios años, han vivido alguna vez en democracia? La utilización machacona y vacía de términos como éste convierte su discurso en un ejercicio de propaganda.

Por su parte, Lemoine pasa de puntillas sobre los cuartelazos del ayer, acepta sin disquisiciones la aparente incongruencia de un régimen de partidos cuyo ejecutivo ha impuesto 49 decretos ley presidenciales (entre ellos el que prevé expropiar latifundios -‘un puñado de propietarios acaparan el 70% de la superficie cultivable’- para transferir la tierra al campesinado) y juzga con buenos ojos la actuación de Chávez, situándose de esta forma en los antípodas de Vargas Llosa.

La explicación de una desavenencia tan abismal en las opiniones de dos hombres de talento ante un mismo hecho se halla en que el dictamen que los intelectuales -cualquiera de ellos- ofrecen día a día sobre los avatares cotidianos es sólo un punto de vista personal, nada inocente, que busca justificar a posteriori las posiciones ideológicas en que decidieron situarse. El centro, que en geometría es una realidad, en política no existe (¿cómo contentar al mismo tiempo a un banquero y a un peón?) y los textos que acabo de comentar ofrecen con claridad meridiana al lector necesitado de puntos de referencia una visión precisa del pensamiento de derecha y del pensamiento de izquierda, con sus coherencias, sus inanidades y sus silencios, tan enfrentados hoy como en el pasado, cuando a nadie se le ocurría aún contestar la materialidad de la lucha de clases, lo cual es una prueba más de que el mundo sigue siendo un lugar dialéctico en que los mismos problemas sociales de antaño están por resolver.

 


SI DESEA LEER EL TEXTO DE MARIO VARGAS LLOSA EN EL SITIO WEB DE 'CARETAS' (PERÚ), PULSE SOBRE LA IMAGEN

 

SI DESEA LEER EL TEXTO ORIGINAL DE MAURICE LEMOINE EN EL SITIO WEB DE 'LE MONDE DIPLOMATIQUE', PULSE SOBRE LA IMAGEN

   

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30 de diciembre de 2001

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