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El
dios americano de las palabras
MANUEL TALENS
«En el principio existía aquel que es la Palabra y aquel que es la Palabra estaba con
Dios y era Dios». Así, de una manera tan semiótica, arranca el evangelio de San Juan.
Los otros tres, de Mateo, Marcos y Lucas, son menos imaginativos y, por eso, la exégesis
suele atribuirles un valor literario inferior cuando los compara con la obra maestra del
autor del Apocalipsis. Juan, que era un hombre culto y un magnífico novelista
avant la
lettre, no dudó en afirmar que el ser comienza con la palabra. Dicho de otra manera, sin
palabra nada existe, pues cualquier ente real o de ficción, cualquier objeto o cualquier
idea, necesitan ser nombrados para poder atravesar ese espacio que llamamos vida.
Pero los nombres no se deben al azar y pertenecen a la categoría de los códigos
inconscientes, como bien han señalado los psicoanalistas de estirpe
lacaniana, tan
devotos del significado oculto del lenguaje. Uno de ellos, Aldo Naouri, cuenta en su libro
de divulgación Madres e hijas el caso de un joven parisino que se fue dando un portazo de
la fábrica que iba a heredar, porque no soportaba la manera en que su padre -un racista
convencido- trataba al personal magrebí. Más tarde, el joven tuvo una hija, cuyo nombre, Houria, plasmaba a la perfección dicha ruptura con el pasado: Houria, en lengua árabe,
significa «independencia». Otro caso, mucho más simpático, era el de una mujer que
padeció toda su vida de resfriados. Como por casualidad, llamó a su hijo
Geffroy, que en
francés significa fonéticamente «tengo frío».
Y ahora, sentadas las premisas de mi exposición, me centraré en el nombre de un país
que recientemente fue objeto de enconados debates en los intercambios internéticos del
foro plurinacional de traducción al que pertenezco. El nombre no es otro que The United
States of America, alias America. Sí, los ciudadanos de Estados Unidos llaman América a
su propio país y, en consecuencia, se autodenominan «americanos». Sin embargo, América
es todo un continente, con más de treinta países, grandes y pequeños, que podrían
reclamar con el mismo derecho llamarse así. Nos encontramos, por lo tanto, ante un caso
flagrante de apropiación indebida y unilateral de un nombre común, algo que en clave
retórica podríamos calificar de sinécdoque o metonimia, es decir, el trasvase de
significado desde un término que designa un todo hasta una sola de sus partes.
Consciente del disparate, un argentino llamado Emilio Stevanovich -el intérprete más
joven que ha tenido la ONU-, acuñó durante la guerra fría la denominación de Estados
Unidos de Norteamérica, pero tuvo poco éxito, pues conduce a una nueva metonimia igual
de ilícita: la del gentilicio «norteamericano». Basta con echar un vistazo a cualquier
atlas para ver que en América del Norte, además de Estados Unidos, también «existen»
Canadá y México, asimismo norteamericanos.
Recientemente he visto la última película de Jean-Luc Godard, Éloge de lamour, un
lúcido y despiadado ejercicio sobre la memoria, y en ella el director deja bien claro que
Estados Unidos ha robado el nombre que utiliza. En la escena que a mí más me impresionó
vemos a un abogado hollywoodense adquiriendo los derechos cinematográficos de los
avatares durante la Resistencia francesa de un viejo matrimonio de judíos. Lee el
contrato en inglés y un intérprete traduce para la familia. En un momento dado, cuando
dice que los compradores son americanos, la nieta del matrimonio -militante contra la
globalización neoliberal- lo interrumpe: «¿Qué americanos?», pregunta. «De Estados Unidos»,
responde sorprendido el otro. «Pero los brasileños son también Estados Unidos»,
replica la joven. «De los Estados Unidos del Norte», continúa el abogado. «Los
mexicanos también están en el norte y son Estados Unidos. Lo que pasa es que ustedes no
tienen nombre, ni memoria.» Poco después, en un contrapunto extraordinario, aprendemos
que el matrimonio, cuyo apellido original era Samuel, ha conservado hasta la fecha el que
utilizaban en tiempos de la Resistencia, Baillard, porque ellos sí tienen nombre, y no lo
quieren olvidar.
Por supuesto, los causantes de la metonimia America ni siquiera se plantean el trastorno
que causa su impostura, pero en los aledaños del imperio se ha intentado remediar este
escollo semántico. Los términos «yanqui» o «gringo» hubieran servido, pero son
despectivos, como también lo es el malévolo «usano» -de USA, pero peligrosamente
limítrofe con gusano- sugerido por el periodista español Julio Camba. Por fin, apareció
la designación «estadounidense» (los franceses han comenzado tímidamente a utilizar
étasunien), que parece más neutral, pero el arreglo dista de ser perfecto, ya que el
nombre oficial de la antigua Nueva España es Estados Unidos Mexicanos y, al menos en
teoría, los nietos de Cuauhtemoc son también -y con toda la razón-
estadounidenses.
Las complicaciones no terminan aquí, pues no solamente los ciudadanos de Estados Unidos
carecen de nombre -lo cual ya es grave-, sino que el binomio «Estados Unidos» tampoco es
un nombre en sentido estricto. En general, los países suelen tener un apelativo
claramente identificable -Australia, Gabón o Venezuela, por citar tres al azar- y nadie
utiliza circunlocuciones extrañas a la hora de nombrarlos, pues una cosa es que existan
la República Francesa o el Reino de Marruecos y otra muy distinta que nos refiramos a
ellos así, salvo en documentos legales. En cambio, un nombre tan absurdo como Estados
Unidos de América ha necesitado la creación de abreviaturas. En inglés la sigla es USA.
¿Y en nuestra lengua? La discusión en el foro al que me refería antes empezó cuando se
intentó unificar la grafía castellana de la abreviatura de marras, con vistas a
establecer los criterios editoriales de una revista electrónica que hemos empezado a
publicar. Fue entonces cuando nos dimos cuenta del galimatías en que se ha enredado la
cuestión, pues, en España, el libro de estilo de El País recomienda EE UU -separado y
sin puntos-, El Mundo opta por EEUU -junto y sin puntos-, el Abc y
La Vanguardia se ciñen
al académico EE.UU. -junto y con puntos- y el Diccionario de dudas y dificultades de la
lengua española de Manuel Seco escribe EE. UU. -separado y con puntos-, mientras que el
Manual de español urgente de la Agencia EFE prefiere EUA (Estados Unidos de América) y
una rápida visita a la Red permite ver que, por ejemplo, el periódico mexicano
La
Reforma utiliza EU y El Mercurio chileno indistintamente EEUU o EE.UU. Elegir, en tales
condiciones, equivale a una lotería.
Una última posibilidad, que recientemente me ha sugerido un compañero, sería
renunciar por completo a traducir la sigla inglesa del país y derivar de
ésta el nombre de sus habitantes, que pasarían a ser «usamericanos», es decir,
americanos de USA. Eso acabaría de una vez por todas con la metonimia
original y con las discordancias citadas más arriba.
Está claro que a estas alturas de la historia, y dado el peso político planetario de
Estados Unidos, nos enfrentamos a un problema insoluble, susceptible de análisis pero
carente de remedio. Es irrebatible que tantas discrepancias sugieren, como poco, una
relación conflictiva de todos nosotros, los periféricos, con esa nación que desde
principios del siglo XX se arrogó el papel de gendarme del universo.
Pero volvamos a Lacan, para quien nada en las palabras es casual: si fuese cierto que
somos lo que nos dicta el nombre o el apellido que llevamos, algunos patronímicos muy
cargados de sentido imprimirían carácter a su portador. Veamos un ejemplo: Fidel Castro
permanece «fiel» a unos postulados que le bloquean en gran medida la
posibilidad de desviacionismo; su apellido, del latín castrum («campamento», origen del
término castellano «castrense»), me recuerda los tiempos del bachillerato, cuando
traducíamos en clase largos fragmentos de La guerra de las Galias, de Julio César.
Supongo que alguien habrá señalado ya estos detalles del líder cubano, que me parecen
de una evidencia cristalina: tengo para mí que estaba predestinado a ser un inflexible
soldado y que sus estudios iniciales de abogacía fueron solamente un desvío fugaz.
Veamos un segundo ejemplo, éste graciosísimo: Jacques Chirac, el actual Presidente
francés, instaló un circuito de retretes para alivio de paseantes en las calles de
París cuando fue alcalde de dicha ciudad. Eran bastante lujosos y se accedía a ellos a
cambio de unas monedas. Quién sabe si, muy a su pesar, cumplió inconscientemente con el
destino de su apellido -o al menos los franceses lo entendieron así-, pues en lenguaje
vulgar las dos sílabas de Chirac complementan lo escatológico (del verbo
chier, cagar) y
lo económico (del verbo raquer, pagar), de tal manera que a los pocos días de inaugurar
los retretes corría por toda Francia el siguiente eslogan humorístico, nacido en la
calle: avec Chirac, tu chies et tu raques, es decir, «con Chirac, cagas y pagas».
No es nada extraño tropezarse con ingenieros de caminos que se llaman Puente, con
policías Alguacil o con dermatólogos Pellejero, y así hasta el infinito. Todos ellos
-siempre según Lacan- eligieron la profesión que les dictó el apellido. De la misma
manera, el país America (es decir, su maquinaria política, no sus habitantes, a pesar de
que la contaminación existe) incluye en el ADN de sus cromosomas estatales la esencia del
depredador que luego ha sido, pues ya en 1787 inició su andadura expoliando un nombre
colectivo y, después, ha impuesto el lenguaje mercantilista de su industria del espectáculo
y de sus multinacionales, tanto por las buenas como por las malas.
Quién le iba a decir a San Juan que el dios de ficción de su evangelio, aquel cuya
metáfora era la Palabra, cobraría vida muchos siglos después, adoptaría el nombre del
continente en que está situado y, desde el despacho «oval» de una casa pintada de
blanco -símil embrionario del huevo fundador-, crearía un nuevo orden mundial -imitando
así el primer versículo del Génesis: «En el principio Dios creó los cielos y la
tierra»- y lo pondría a su servicio a través del control de las telecomunicaciones y la
propaganda, es decir, de las palabras.
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