Los
olvidos de Sanguinetti
MANUEL TALENS
El pasado 21 de junio el diario español EL PAÍS publicó un artículo de Julio María
Sanguinetti (Argentina, ¿fue o es?), en el que ex Presidente de Uruguay hace una dolorosa
reseña del estado crítico en que agoniza la nación hermana. Sanguinetti comienza su
exposición elogiando las cualidades que posee Argentina: Un magnífico territorio,
con todos los climas; recursos naturales notables, desde gas y petróleo hasta ríos y
tierras; una población con un nivel cultural promedio elevado, espíritu de iniciativa,
inquietud
, y pasa enseguida a recordarnos que, contrariamente a los japoneses
-que de la nada llegaron a convertirse en la segunda potencia capitalista global-, los
argentinos han hecho el recorrido inverso, pues a principios del siglo XX tenían un
producto por habitante superior a Alemania, Japón, Francia, Suecia u Holanda y en los
años treinta gozaban de prosperidad, democracia y eran una de las sociedades más ricas
del planeta, en suma, una auténtica tierra prometida.
El turista que hoy llega a Buenos Aires -continúa Sanguinetti- se queda sorprendido por
la grandeza belle époque de la ciudad y por la cultura de sus habitantes, pero pronto
descubre la realidad de un país enfurruñado, descreído de su futuro, agobiado por
reiterados ajustes económicos que no terminan de cuajar, pues Argentina
fue y ya no es.
¿Qué pasó? El ex mandatario uruguayo se adentra entonces en lo que a primera vista
parece el juicio esclarecedor de un sabio hombre de Estado que observa el mundo con el ojo
de la experiencia: Las explicaciones menudean. Se menciona la corrupción, pública
y privada. La falta de garantías jurídicas para la inversión. La debilidad de un
empresariado nostálgico del proteccionismo. La mediocridad de una vida política
canibalista en que los unos se devoran a los otros. La inestabilidad de políticas
económicas que se desvanecen detrás de cada cambio ministerial. Quizás haya algo de
todo ello en una cara de la medalla, pero en la otra bien podrían ponerse ejemplos de
honradez y eficiencia.
A estas alturas, conforme el texto va consumiendo líneas, la argumentación empieza a
mostrar los primeros signos de fatiga, pues Sanguinetti no parece desviarse ni un ápice
del tópico relato que conocen hasta los escolares de primaria. Por fin, tras un punto y
aparte, algo le indica al sufrido lector que acaba de llegar al momento de la verdad en
que, de pronto, se enciende la luz y lo embrollado se vuelve diáfano: Una
complejidad semejante no acepta explicaciones fáciles, ni eslóganes imaginativos, ni
recetas mágicas que puedan pedirse o darse desde el medio político.
¿Cuál es, pues, la difícil explicación que desde el Olimpo de los elegidos se dispone
a ofrecer el ex Presidente uruguayo, la coartada de su escritura? Ninguna, pues concluida
la exégesis simplista de las premisas políticas, económicas y sociales
caseras que llevaron a Argentina desde la prosperidad a la decadencia, el
lector se queda a media miel, ya que Sanguinetti hace una pirueta verbal y elide cualquier
esbozo de análisis investigativo, iniciando sin solución de continuidad el capítulo de
los consejos parternalistas: Cualquiera que sea el rumbo que se tome, la Argentina
tendrá que pasar por un reconocimiento profundo de su realidad [
] y, sobre todo,
recuperar la fe en sí mismo. [
] Pero ello pasa por dejar de soñar en lo que
fue para construir hoy lo que es; por no escuchar a los médicos
brujos que cada tanto le instalan la ilusión de un mágico elixir que recupera la
prosperidad perdida.
¿Para qué sirve, me pregunto yo, un texto como el que acabo de resumir? Me respondo:
para nada. Quizá su inútil verborrea reconforte el ánimo nacionalista de aquellos que,
entre nosotros, gustan de los elogios a nuestros tatarabuelos, que en el siglo XIX
llegaron de España e Italia con una mano detrás y otra delante y construyeron la
grandeza de Argentina. En apariencia, Sanguinetti enaltece la extraordinaria cultura que
pervive en la ribera sur del Río de la Plata -capaz de sobrevivir en medio de la
corrupción y la violencia internas-, pero desde el punto de vista práctico, y según una
expresión de aquellos pagos, su empresa periodística equivale a gastar pólvora en
chimango, pues ni por asomo menciona la corrupción y la violencia externas que se
abatieron a lo largo del siglo XX sobre ese país y hoy siguen actuando en el XXI, a las
que no fueron ajenas ni la CIA, ni Richard Nixon ni Henry Kissinger (los documentos
relativos al Plan Cóndor, hechos públicos por Washington, así lo prueban). Tampoco se
acuerda en su exposición del trío de ases formado por el Fondo Monetario Internacional,
el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (con sus planes obligatorios de
reestructuración, verdadera soga al cuello que asfixia y destruye cualquier posibilidad
de progreso allá donde son aplicados) y, con igual indiferencia, pasa por alto el papel
que la compañía española Iberia acaba de representar en la descapitalización de
Aerolíneas Argentinas, último acto, por ahora, de la tragedia. El anciano político
uruguayo no ofrece ningún nuevo indicio -¡ninguno!- que ayude a esclarecer el
diagnóstico etiológico de la enfermedad mortal que padece Argentina, y menos aún se
atreve a poner sobre el tapete el espinoso asunto de la responsabilidad moral o jurídica
que por fuerza habrá de ser imputada algún día en dicha hecatombe a la rapaz
globalización neoliberal de las compañías multinacionales, Telefónica incluida.
A mi entender, la omisión de lo anterior en el texto de Julio María Sanguinetti equivale
a un estéril ejercicio retórico de superchería intelectual, a una falsificación pura y
simple de la Historia, pues su lectura conduce inevitablemente a concluir que el pueblo
argentino es masoquista, tiene un comportamiento suicida o se destruye a sí mismo por
estupidez congénita, todo lo cual, además de una enorme maldad, es mentira, porque la
mayor parte de los ciudadanos argentinos son víctimas, no verdugos, y no merecen la
fatalidad que les ha tocado vivir.
El cantautor Raimon, padre de la nova cançó catalana, compuso durante el franquismo un
himno emblemático de protesta, Les mans, en el que se valía de una metáfora
estremecedora: manos sucias que matan, manos limpias que mandan matar. Julio
María Sanguinetti, sin sospecharlo, le ha rendido homenaje, pues enumera religiosamente
las manos sucias que han asesinado a Argentina, pero con sagacidad de
prestidigitador esconde en el sombrero trucado de su prosa las manos limpias
que financiaron la maniobra. ¿Por qué, cabría preguntar, por qué?
Sí, Argentina fue y ya no es. No obstante, un debate de altura
sobre esta muerte anunciada hubiese requerido la incorporación de pruebas de mayor
calibre, en especial cuando quien lo saca a la palestra es un señor ex Presidente que,
además, en los círculos del imperio tiene fama de hombre erudito. Para ese viaje, desde
luego, no hacían falta alforjas.
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27
de junio de 2001 |
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