Desde
las alturas
MANUEL TALENS
Esta vez el Eduardo se ha pasado, porque una cosa es contar mentiras terrenales y otra muy
distinta herir la sensibilidad del palomo con una foto que más bien parece sacada de los
tiempos en que el gallego andaba bajo palio, pero es que al Eduardo lo vi venir desde
pequeño, ya se lo decía yo entonces a mi hijo y al palomo cuando poníamos el ojo en
Cartagena: que parecéis tontos los dos, que no os dais cuenta de que ese niño es de los
trepas que se forran, y ellos que no, que tiene cara de honrado, sobre todo al tomar la
comunión, hasta que los dejé por imposibles
El palomo no piensa con la cabeza sino
con la ingle y ya hace tiempo que perdí definitivamente las esperanzas de que haga algo
de provecho: fue aquel día lejano en que lo solté para que bajara y estirase las alas y
armó un zipizape del que los hombres todavía no se han recuperado, ¡mira que andar
tortoleando con mujeres casadas!, menudo ejemplo
Y, claro, así va luego el mundo de
revuelto: el americano ese que manda ahí abajo se cree ahora en el derecho de que le
hagan un francés entre bombardeo y bombardeo
La culpa la tienes tú, palomo, lo
increpo a veces, por haber legalizado el adulterio deshonrando a aquella pobre muchacha y
al carpintero
Aunque lo de mi hijo todavía es peor, qué inocentón, mira que decir
el mes pasado delante de sus doce amigotes que el Eduardo es buena persona, y sólo porque
lo vio sonreír en Canal 9
Es que no escarmienta por muchos clavos que le claven,
con razón le pasó lo que le pasó, sangrando y hecho unos zorros me lo trajeron al
tercer día
Durante años de nada valieron mis advertencias respecto al asunto del Eduardo: hijo,
palomo, les repetía yo, no os dejéis engañar, que es peligroso, mucho más que su
maestro, porque hoy ya no está de moda pegar palizas y asustar viudas de rojos, y éste
hace las cosas a la chita callando, acordaos de lo de Benidorm y de la ganga de piso que
compró en Viveros y del tejemaneje con la reina del consuelo
¡Ay, la que se iba a
armar si yo abriera la boca en vez del polaco caradura que anda suplantándome por ahí en
el carricoche blindado!
Y nada, este pánfilo de hijo que tengo sentado a mi derecha
y el palomo desde la jaula me escuchaban como el que oye llover y sólo me han creído,
¡por fin!, al ver al Eduardo en esa foto que se hizo el 2 de mayo, la del recorrido de la
Mare de Déu del Lledó (a ella, que es algo beata, le gusta eso de salir en estampitas y
procesiones, pero no que la utilicen advenedizos)
y allí estaba el Eduardo en la
foto, junto al bajito que se ocupa de la escritura sin acentos y ese otro que parece un
padrino con gafas negras y peinado a la moda de Palermo, los tres con un cirio en la
mano
¡El cirio!, ¡ay, el cirio!, eso es lo que más le ha molestado al palomo, el
verlos tan ufanos con uno en ristre, el del bajito casi horizontal, porque la cultura
manda poco, el del pelo con gomina una miaja más crecido y el del Eduardo largo y bien
empinado, ¡qué machote!
Me invade la sospecha de que al palomo le molesta que
alguien vaya alardeando de tener más cirio que él y, en su desesperación, se ha puesto
a picotearle las llagas a mi hijo, que siempre paga los platos rotos
Hay momentos que daría cualquier cosa por no ser quien soy. ¿De qué me sirve verlo todo
desde las alturas si no puedo intervenir?
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Martes
11 de mayo de 1999 |
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