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ARTÍCULOS DE OPINIÓN / ORO DE LEY  

Madre no hay más que una
MANUEL TALENS



Pasada ya la fecha fatídica del 2 de mayo -recuerdos difusos del alzamiento popular contra Napoleón sustituidos por el mucho más aséptico Día de la Madre- forzoso es preocuparse de refrescar el magín de los más jóvenes sobre el origen social de una efemérides tan señalada. No es de extrañar que a mis amigos franceses les produzca alergia la sola evocación de este socorrido día en el que se rinde homenaje a la que nos trajo a la vida, ya que fue el mismísimo mariscal Philippe Pétain quien instauró la celebración oficial en el país vecino. Los buenos fascistas se preocuparon siempre de inculcar en sus ciudadanías los principios de Patria y Familia, y la figura más carismática que los representa es sin duda la madre. No en vano patria y libertad tienen género femenino. La horda de Danton y Robespierre le dio al segundo de estos conceptos imagen de mujer, tal como puede comprobarse en el cuadro La libertad conduciendo al pueblo de Delacroix, en el que una campesina de senos desnudos -los senos amamantan y dan vigor- guía a “sus hijos” en la destrucción revolucionaria de la asfixiante monarquía. En cuanto a la patria, ¿será preciso evocar que Brigitte Bardot, y luego Catherine Deneuve, encarnaron a la República?

En España a nuestro padre Franco -tocayo de Pétain- no se le ocurrió ni por asomo entronizar el rostro hermoso de alguna farandulera como madre alegórica, pues era tan meapilas que seguramente le pareció una herejía ver a la patria o a la madre representadas por Conchita Piquer, Lola Flores o Celia Gámez, ya que una cosa fue utilizar a esta última para meter el dedo en la llaga de los vencidos, recordándoles que hemos pasao, y otra muy distinta hubiera sido sacralizar a pecadoras de camerino destinadas a arder en los infiernos. Sin embargo, el generalísimo echó mano de alguien mucho más seguro y al abrigo de toda sospecha: la Virgen.

Mayo y el despertar de los campos me traen a la memoria los cánticos interminables dedicados a la Inmaculada en el colegio de los Maristas, donde estudié el bachillerato (a estos inefables “hermanos” les debo el inconmensurable favor de haber perdido la fe: aprovecho la ocasión para darles las gracias), y entre invocaciones de “venid y vamos todos con flores a María” nos pasábamos nada menos que treinta y una mañanas cada año recitando bobadas dignas del implacable bisturí felliniano.

Qué tiempos aquellos y cómo han cambiado las cosas, no sé si para bien, pues aunque no pertenezco a los nostálgicos que añoran el pasado y considero que cada época posee los demonios que se merece, preciso es constatar que, quizás, hemos perdido en el trueque o al menos hemos pasado de Herodes a Pilatos al sustituir los cirios, los ramos de rosas, las avemarías y el culto a una madre irreal (¿dónde estás, Virgencita?) por este otro del 2 de mayo a nuestra madre muy real, culto que, en el fondo y en la forma, es sólo una zancadilla de comerciantes, ansiosos por colocar sus mercaderías empaquetadas en la mistificación a ultranza de la maternidad, cuando en el fondo a ellos la madre, el padre, el abuelo o el sursuncorda les importan un carajo y sólo buscan beneficios.

Hoy, una vez que la religión se nos cayó por un agujero del bolsillo y la perdimos en la calle, ya no están los ánimos para aleluyas celestiales y hemos reemplazado la iglesia por el Corte Inglés. Sencillamente, la púrpura vaticana ha perdido la facultad de fascinar con la palabra, pues el viejo poder sacerdotal, aunque aún conserve la infraestructura que le permite sobrevivir, por primera vez en su historia ya no es de este mundo. Sí lo son, en cambio, las grandes compañías nacionales o multinacionales, que la suplantaron sin que se diera cuenta. Paciencia y barajar: ayer se nos vendía el cielo, hoy se nos venden bienes de consumo. El templo es diferente, sólo una cosa permanece igual: seguimos siendo clientes desvalidos, pues al igual que antes nos sucedía con los curas, llevamos las de perder.

¡Cómprele algo a su madre, que madre no hay más que una!, dicen los anuncios por todas partes. Y se evoca en el inconsciente colectivo el tipo de mujer abnegada y ñoña que quisiera para su rebaño el arzobispo de Valencia. Pero nuestras madres estudian carreras universitarias, trabajan en fábricas, colegios, oficinas, hospitales, se integran en el mercado laboral y, tanto ellas como nosotros, a poco que abriéramos los ojos habríamos de ser capaces de romper la puerta del redil y descifrar la descarada manipulación de que la madre es objeto a manos de intereses masculinos: la Iglesia católica, que las elevó simbólicamente a los altares para mejor neutralizarlas, es hombre, así como también hombres son en su mayoría los consejos de administración en donde se traman las campañas de ventas del Día de la Madre.

Propongo que el 3 de Mayo, tras la resaca de esa festividad artificial impuesta por unos cuantos tiburones de los negocios, el Estado nos regale a cada hijo una paga extraordinaria: pura justicia distributiva.

 

3 de mayo de 1999

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