| Este
artículo
recoge mis reflexiones a propósito del caso Pinochet, suscitadas por
un texto del escritor chileno Jorge Edwards en EL PAÍS (para leer
dicho texto, pulse aquí)
La
imposible neutralidad
MANUEL TALENS
Mal deben de andar los ánimos en Chile a la espera del veredicto de los lores sobre el
caso Pinochet cuando hasta el mismísimo Jorge Edwards, a quien nadie en su sano juicio
podría acusar de complicidad instrumental con el estamento militar de su país, parece
preparar mentalmente a lo peor a quienes defienden con tesón la inmunidad penal del
anciano salvapatrias. En su sombrío artículo Las estatuas de sal, aparecido el día 4 de
febrero, el admirado novelista -con quien tengo el honor de compartir sello editorial-
logra una especie de cuadratura del círculo ideológico, repartiendo
equitativamente culpas a la derecha y a la izquierda de unos hechos ya lejanos
que dejaron el rastro de un golpe de estado vandálico, más muchos miles de chilenos
muertos, torturados o en el exilio.
Es verdad que las tribulaciones actuales del general podrían ser tomadas a primera vista
por una especie de ensañamiento global contra un gobierno poco poderoso como el de Chile.
También es cierto que existen en la actualidad jefes de estado, elegidos
democráticamente, que tienen a sus espaldas tantos o más asesinatos que Pinochet y que
nunca se sentarán en el banquillo de los acusados. Sin embargo, ello no debería de ser
óbice para que cualquier ciudadano bien nacido se felicitara ante la posibilidad de que,
al menos una vez, prevalezca el derecho.
Nada tengo que objetar al deseo expresado por el creador de Persona non grata respecto a
que cualquier dictadorzuelo pueda o deba ser detenido y juzgado por sus crímenes, si bien
no creo -y coincido en dicho pesimismo con Eduardo Haro Tecglen-que eso llegue algún día
a suceder. Pero cuando Edwards pasa en su artículo a utilizar el plural mayestático -en
nombre de todos los chilenos, lo cual añade ya un tufillo sospechoso-, comparándolos con
estatuas de sal que estarían obligadas a mirar siempre un pasado negro y
amenazando con convertirse en estatuas activas, exigentes, extremadamente
incómodas si no hay justicia para todos, uno siente el deseo de pedirle que lo
haga(n), pero sin amenazas, con alegría.
¿A qué espera(n)? ¿Habría algo más hermoso que ver a todo un pueblo, y no sólo a sus
izquierdistas, clamar por un mundo más justo? Porque la izquierda chilena -y eso parece
ignorarlo Jorge Edwards- no necesita proferir dichas amenazas: está ya haciendo dentro y
fuera del país hermano todo lo necesario para crear precedentes y que el máximo
responsable de una triste época responda de sus actos.
Y mañana, como dicen los piadosos, Dios dirá. Y si nadie vuelve a molestar en el futuro
a ningún otro genocida, al menos éste -si al final es condenado- habrá caído en el
saco. Lo demás, las reclamaciones generalizadoras, el pataleo, el orgullo herido, son
nacionalismos inexplicables en un hombre cosmopolita como Edwards, que hacen dudar de la
cuidadosa pulcritud con que ha diseñado su texto, pretendiendo guardar una distancia
neutral ante los hechos, como si eso fuera posible en la vida.
La pluma, sin embargo, a veces es traidora y hace escribir lo que uno desea disimular. El
hecho de citar la novela-ensayo de Enrique Lafourcade para dejar caer, como si nada, que
en los meses postreros Salvador Allende bebía whisky en exceso y tomaba dosis
exageradas de somníferos, y de insinuar a continuación que eso tuvo algo que ver
en el desarrollo de una crisis histórica, me parece lo bastante perverso como
para tirar por tierra cualquier atisbo de ecuanimidad. Sobre todo porque Allende, al
contrario que Pinochet, está muerto y ya no puede defenderse, y pienso yo que echar
basura encima de la memoria de alguien que supo morir con las botas puestas es poco
elegante, por no decir algo peor.
Además, los consabidos argumentos sobre la dificultad de juzgar unos atropellos desde
fuera, sin un verdadero conocimiento de las circunstancias internas, suenan
demasiado a justificación, pues lo único que aquí se dirime, le guste a Edwards o no,
es que un presidente constitucional fue derrocado por las armas y que, después, el
régimen surgido de la violencia organizó matanzas, torturas y caza de oponentes, y como
luego proclamó una autoamnistía para blindarse contra posibles problemas, algún
tribunal habrá de ocuparse del asunto, ya que en Chile es ilusorio. ¿O acaso no lo es?
Añadiré una cosa más, antes de terminar: dice Edwards que nunca en mi vida he
visto un juez tan apasionado, tan lleno de saña, tan perseguidor de su presa, como el
señor Garzón. Me da la impresión de que a Pinochet, antes de haber comenzado el
proceso, ya lo tiene archicondenado y rematado. Curiosas afirmaciones,
pardiez,
porque a menos que yo esté viviendo en Babia y no me entere de las noticias, tengo
entendido que el juez Garzón todavía no ha abierto la boca ni ha hecho referencia
pública alguna al caso que nos ocupa. Únicamente se ha limitado a instruir el proceso
con meticulosidad de orfebre, como es su obligación.
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