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ARTÍCULOS DE OPINIÓN / ORO DE LEY  

Texto pronunciado en el barrio de Ruzafa (Valencia) durante una reunión de vecinos convocada por el Partido Comunista del Pais Valencià a favor de las 35 horas semanales

 

35 horas

 Manuel Talens

 

La revolución industrial y la creación de los movimientos obreros durante el siglo pasado sirvieron, entre otras cosas, para que el trabajo se empezara a considerar no ya como una maldición bíblica, maldición a la que había que plegarse a causa del pecado de Adán y Eva, sino como un derecho que se ejercía a cambio de dinero.

El análisis marxista de la vida desde este enfoque tuvo al menos el mérito de dejar las cosas claras y establecer de una vez por todas que las relaciones sociales se establecen siempre como un juego de poder, a través de lazos materiales, es decir, de dinero. A partir de dicha premisa resulta fácil ver que, puesto que el único capital que tiene la mayoría de la gente es su fuerza de trabajo, la minoría que posee el verdadero capital que conduce al poder -es decir, el dinero y no el trabajo- pronto tuvo claro que la mejor forma de controlar el mundo es administrar el acceso al trabajo de los demás. Sucede como en la expresión que empleamos los padres respecto a los hijos: “dar carrete”. Pues bien, dar carrete significa, ni más ni menos, controlar la libertad de los demás. Dar carrete, para las fuerzas del capital, que son las que controlan el Estado, se ha convertido en dar o no dar trabajo, pues como a través del trabajo se consigue el dinero y el dinero ofrece parcelas de poder, quien no tiene dinero no tiene poder y, por lo tanto, es un subordinado.

El trabajo es, por lo tanto y desde la revolución industrial, un derecho y una reivindicación material y monetaria, ya felizmente desprovista para siempre de cualquier aureola religiosa. Al trabajo como fuerza social tuvieron acceso primeramente los hombres y, mucho más tarde, las mujeres. Esta integración de la mujer al mundo laboral, pero sin dejar del todo el mundo del hogar, no ha hecho sino complicar las cosas, sobre todo para ellas, aunque también para los hombres, sus compañeros. A quien no le ha complicado la vida en modo alguno es al mundo del capital, pues a más mano de obra donde escoger, más control ejerce.

Este análisis somero y un tanto maniqueo del mundo, en el que parecen haber dos bandos: los buenos y los malos (en la práctica las cosas no son tan claras y hay zonas en que los buenos y los malos se difuminan) me permite plantear la discusión en un ámbito de lucha de clases, sobre todo teniendo en cuenta que quien me ha invitado aquí a hablar es gente del PC, con quien supongo que comparto parte de la ideología, pues aunque yo no pertenecí ni perteneceré nunca a ningún partido político, quien haya leído mis escritos periodísticos o mis novelas, o quien simplemente me conozca, sabrá que me considero un hombre de izquierdas o, como dice Eduardo Haro Tecglen, un rojo.

Y es que la lucha de clases, a pesar de que ya no se pueda plantear en los términos de los izquierdistas del siglo pasado ni en los de la guerra civil, sigue siendo el motor de la historia, por mucho que la derecha siga maquillando el asunto y hable del centro equidistante, que no es otra cosa que marear la perdiz. Esta reunión de hoy a favor de las 35 horas semanales es una prueba más de que el centro no existe, de que sigue habiendo derecha e izquierda, como siempre sucedió, pues a ver qué política centrista es capaz de poner juntos intereses tan contradictorios como los de la patronal y los del mundo obrero. Para la primera el interés está en obtener beneficios sobre un capital ya existente haciendo que sus subordinados trabajen más y, para el otro, en ganarse el pan de cada día, si es posible trabajando menos.

Hablaré, pues, del asunto de las 35 horas semanales. Es bien sabido que Francia, como en tantas otras cosas, es la pionera de una ley de este tipo. La llamada “ley Aubry” -la ministra Aubry es la hija del antiguo presidente de la Unión Europea Jacques Delors- establece que a partir del año próximo el horario laboral será de 7 horas diarias, lo que hace un total de 35 horas semanales. El principio que se busca es que, a trabajo igual y a menos horas de trabajo por cabeza, habrá más gente que podrá acceder a un puesto, con lo que disminuirá el paro. Ése es el principio, con el que estoy de acuerdo y por eso estoy aquí, aunque eso no significa que me haga muchas ilusiones. La historia de las luchas sociales está llena, parafraseando un libro de Lenín, de un paso adelante y dos atrás. El mundo de la derecha, tiene todas las armas, políticas, económicas, legales y de los medios de comunicación, para contraatacar y, de hecho, si miramos las cosas fríamente, en esta guerra por el poder, que nunca se acaba, por cada batalla que ha ganado la izquierda, la derecha ha ganado diez. Con eso quiero decir que no hay que hacerse demasiadas ilusiones. En España gobierna la derecha; aquí en el País Valencià gobierna la derecha, y la derecha nunca da duros a tres pesetas.

Pero hay que plantear batallas, y esta de las 35 horas es una de ellas. Y eso por pura dignidad.

 

10 de marzo de 1999

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