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ARTÍCULOS DE OPINIÓN / ORO DE LEY  

Fernando el Canario
MANUEL TALENS



Han pasado treinta años desde que apareciera en el mercado el hoy mítico Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles. La historia, por entonces, discurría de una manera mucho más parsimoniosa -o al menos nosotros lo creíamos así-, a pesar de que en el fondo del escenario la guerra del Vietnam se alimentaba sin descanso de su diaria ración de muertos. Eran tiempos de flores en San Francisco, de melenudos con quevedos a lo John Lennon, de sueños californianos, de flautas, de marihuana y de guitarras, y de una nueva esperanza que aún no había muerto en el mayo francés. Y aquel movimiento, bautizado con el nombre de hippy, se había extendido por la superficie de la tierra como una mancha de petróleo que las olas llevan a otro puerto a favor de la brisa.

Corría el 1967. En la isla canaria de Lanzarote un joven todavía imberbe -Fernando- soñaba con volar y experimentar aquellas sensaciones que las pantallas de televisión y las ondas de la radio traían a su pueblo. Y cual caminante que buscara hacer camino, inició un periplo que lo llevó primero a Gran Canaria, después a Formentera e Ibiza -que eran todavía tierras virginales- y más tarde a Londres, donde se casó con Kate y tuvo hijos. Por fin, buscando el sol de antaño y sin haber perdido un sólo ápice de las ilusiones adolescentes, cargó la camioneta con su familia y con sus cachivaches, y todos juntos se volvieron para España, dispuestos a instalarse en el primer rincón que el destino les señalara con el dedo de la suerte.

Ese lugar fue Chera, en Los Serranos, a 20 kilómetros al norte de Requena (Valencia). Allí, inmersos en el paisaje arcádico de una falda montañosa con árboles frutales y cascada cristalina que rumorea a lo lejos, Fernando y Kate regentan hoy el restaurante El Pino, una especie de venta a la antigua usanza en la que se guisan los mejores platos de la región -comida casera que Fernando cocina con un arte aprendido en su época de trotamundos- y donde clientes seleccionados pueden alquilar un par de habitaciones para dormir.

-Aquí nuestros niños corren y juegan sin ningún peligro -me dice Kate en un perfectísimo castellano, mientras éstos merodean por el terreno, rodeados de perros y gatos.

Y Fernando, con el gorro de cocinero sobre la cabeza, sonríe junto a ella dejando al desnudo unos dientes delimitados por un bigote y una barbilla de mosca que recuerdan al Paul MacCartney del Sergeant Pepper’s.

Hace un par de años tuve ocasión de entablar una cierta amistad con estos dos insólitos soñadores que han sabido guardar la inocencia, y decidí incluirlos como personajes fugaces de mi última novela, Hijas de Eva. En ella, Kate y Fernando el Canario -remedo del Juan Palomeque quijotesco- viven vidas de ficción, tan ilusorias como aquellos tiempos en los que la juventud de los sesenta aún creía en la paz universal.

 

21 de mayo de 1998

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