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pronunciado en el Instituto Cervantes de Bruselas el miércoles 6 de febrero de
2002, con motivo del encuentro La mirada del otro, en la
mesa redonda compuesta por Antonio Skármeta (Chile), Manuel Talens
(España), Luis Eduardo Rivera (Guatemala) y Guillermo Niño de Rivera
(Perú). Moderador: Jacques Joset.
España, Hispanoamérica y la historia
oficial
MANUEL TALENS
Ayer, en la mesa
redonda, se dio -o al menos, yo lo percibí- una visión
historicista tradicional de las relaciones entre España y Hispanoamérica,
así como entre los distintos países hispanoamericanos. Incluso se
llegó a afirmar que no existían diferencias entre éstos. A mi
entender, se trata de un mito, de la misma manera que también lo era
el de la supuesta unidad de las distintas regiones españolas entre sí,
mito que saltó hecho añicos con la muerte del dictador y el
nacimiento de la España de las autonomías. Las peculiaridades que
separan a un andaluz de un asturiano son equiparables a las que pueden
separar a un argentino de un mexicano. Lo que los une es la lengua.
Supongamos que hoy, de repente, trasplantamos a un andaluz al norte de
España. Seguramente entenderá todo lo que le dicen, pero no se
sentirá muy cómodo, al menos al principio, pues sus referentes son
distintos.
Esto
es lo mismo que sucede entre los países hispanoamericanos. Por lo
tanto, pienso que es muy relativo eso de afirmar que los pueblos son
iguales sólo porque hablen la misma lengua. Esta idea de la igualdad
sin matices es únicamente una construcción discursiva de la historia
y, en mi opinión, la historia oficial es una justificación, escrita
desde el presente, para absolver o borrar los delitos del pasado, ya
que siempre la escriben los vencedores.
Ayer,
también, la moderadora insistió una y otra vez en que los
intervinientes comentaran la incidencia de la actual globalización en
el asunto que nos ocupa. A mi parecer, la respuesta a este tema fue
evitada. Incluso creí inferir de lo que se dijo que el mundo es como
es y que la función del escritor no consiste en ponerlo en
entredicho. Es cierto que el mundo es como es, pero yo creo que el
artista tiene la obligación moral de ponerlo en entredicho y de
explorar posibles caminos para mejorarlo, pues de otra manera lo único
que estará trasmitiendo es un arte que no se moja, el denominado
“arte por el arte”. ¿Quién consume y ha consumido siempre el
arte como un objeto bello que se compra y que se vende? Está claro
que las clases poderosas, que se lo pueden pagar, lo cual nos lleva a
un tema para mí ineludible en esta mesa redonda: el de la globalización
neoliberal, que es una versión posmoderna de los antiguos
imperialismos.
La
historia de la humanidad es la historia de la transferencia de los
modelos culturales. Todos los imperios lo han hecho, de tal manera que
lo que hoy denominamos imperialismo no es sino eso, la aculturación
del vencido y el reemplazo de sus costumbres, de sus maneras de ser y
de su lenguaje de comunicación. El imperio romano sometió una parte
de Europa, destruyó lo que allí había de civilización –poco o
mucho- e impuso la suya. Quince siglos después España hizo lo mismo
en América y, más tarde, diversas naciones europeas repitieron la
experiencia: Portugal, Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica se
repartieron lo que quedaba de América, Asia, África y Oceanía y
transfirieron sus modelos culturales y económicos.
Esto
que acabo de decir es únicamente una narración lineal y superficial
de la historia, que elude las causas y los motivos. A mí lo que me
interesa es otra cosa: no la historia, sino el motor de la historia,
el porqué suceden las cosas. Una característica común a todos los
imperios es que poseen tecnología y estrategias de guerra superiores
a las de los conquistados, entre las que se encuentra la famosa
“divide y vencerás”, curiosamente utilizada por Julio César o
Hernán Cortés y adoptada hoy como herramienta guerrera por las compañías
multinacionales. Para mí la respuesta a dicho porqué es fácil: los
imperios buscan el control puro y simple de los conquistados, y ello
por motivos económicos y de explotación.
En
el caso que nos ocupa, ¿cuáles son las consecuencias de este
“divide y vencerás” o lo que es lo mismo “destruye y vencerás”
respecto a las relaciones entre los países hispanoamericanos entre sí
y respecto a España con todos ellos?
Si
nos centramos, por ejemplo, en el mundo de los escritores, el
desmantelamiento de los grandes centros editoriales en Hispanoamérica,
consecuencia directa de la deuda externa, precursora de la actual
globalización, ha hecho que para tener éxito hoy día como escritor
hispanoamericano sea necesario publicar en España, que dicho sea de
paso, sólo por razones geográficas es el primer mundo, ese mismo
mundo que sobrevive y se aprovecha de la política del “divide y
vencerás”. Por mucho que se pretenda lo contrario en el discurso
oficial, España e Hispanoamérica no están en un plano de igualdad,
lo cual incide sobremanera en la desigualdad cultural entre ambos.
Como todos sabemos, un obrero español puede, si lo desea, comprarse
un libro al mes. Un obrero peruano o nicaragüense no puede ni
siquiera comprarse un libro al año. En estas circunstancias, seguir
manteniendo el discurso de la igualdad entre España e Hispanoamérica,
sólo por el hecho de que hablemos la misma lengua, me parece una visión
voluntarista y clásica de los hechos, es decir, de nuevo, una
construcción retórica nada inocente de la historia.
Desde que España entró
en la Unión Europea no faltan críticos que achacan a los diferentes
gobiernos, antes socialista y ahora de derechas, el mirar demasiado
hacia el norte –donde tienen el bolsillo- y muy poco hacia el Sur,
donde tienen o deberían de tener el corazón. Me estoy refiriendo, en
lo tocante al Estado Español, a las directivas impuestas desde
Bruselas, lo cual quiere decir desde los países fuertes de la Unión
Europea, de unas leyes de inmigración duras y en buena parte
inhumanas que le impiden acoger a miles y miles de hispanoamericanos
desvalidos que llaman a su puerta. Y si llaman a su puerta, lo hacen
justamente a causa de la globalización, a la que España no es ajena.
Veamos si no el papel que desempeñan las multinacionales españolas
en los casos sangrantes de Telefónica, de Iberia o de los bancos españoles
en la Argentina, que demuestran, si es que todavía hacía falta
demostrarlo, que el capital no tiene patria y que destruye con la
misma voracidad allá donde se implanta. Pero quiero que quede claro
que ni Telefónica ni Iberia ni los bancos son el pueblo español. Son
el Capital Globalizador, que es algo muy distinto. Yo al menos, en
tanto que español, los siento tan enemigos míos como lo son del
pueblo argentino. El pueblo español es otra cosa y, hoy, ya sea en
Salamanca o en Barcelona o en Madrid, la gente con mayor conciencia
política, aquellos que no se creen la historia oficial, se echan a la
calle y manifiestan a cacerolazos a favor de la cancelación de la
deuda externa o contra el FMI. Es ahí donde se manifiesta la igualdad
que de verdad une a los pueblos, no en las bellas palabras de los
discursos fraternales de los gobiernos, sino en el sentimiento de
solidaridad, por encima de retóricas vacías.

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